Habían pasado los días estipulados por la suerte de los dados.
Es probable que hayan pasado más rápido de lo esperado. Al contrario de nuestros días vacíos de contenido, sentimos que todo se acelera cuando estamos esperando algo.
A pesar de estar amordazada la mayor parte del tiempo, Lourdes se mantiene bastante habladora. En cierto punto, creo que lo hace más que nada para molestarnos. Cada tanto es de soltar alguna que otra palabra sin sentido y disfruta ver como nos sobresaltamos.
“¿Estaban esperando que intentara matarlos, no? ¿Que empiece a automutilarme y a balbucear frases sin sentido no?”
Es una pregunta retórica. El silencio es nuestra mejor respuesta. Gabriel, no sin demostrar lentitud, camina hacia ella y la desata. Lourdes amaga con atacarlo mientras emite un gruñido tétrico, y Gabriel queda tirado en el suelo con los ojos abiertos. Se ríe a carcajadas, nos reímos, pero Gabriel no. Trata de disimular bajo un supuesto enojo su orgullo herido. “Asustado por una niña” dice, y sigue sin reírse.
Lourdes acepta las disculpas por los días pasados. Llega a la conclusión de que hubiera hecho lo mismo. Nos quiere dejar bien en claro que era verdad cuando nos dijo que mentía. Pedro relata lo visto dentro del hospital. Agregando más detalles. Las imágenes se vienen a mi mente. ¿Qué necesidad tiene el destino de hacernos enfrentar con una habitación repleta de recién nacidos que solo alcanzaron a tener su último aliento como premio por haber venido a este mundo? Allí estuvieron Pedro y Gabriel. Contando sin querer contar, mientras el horror detiene el tiempo. Congela las articulaciones. Uno desea huir. Pero la curiosidad y el morbo pueden más. Las resistencias internas parecen ser elásticas, y uno desea que no se rompan.
Pedro sigue con su juego de preguntas y repuestas para testear nuestros recuerdos. En un kiosco encontró golosinas y nos premia como si fuera un entrenador de perros. Al menos es divertido tener un momento de diversión entre tanta expectativa por nada de lo que pase. Cada tanto nos planteamos que deberíamos abandonar la ciudad. Pero no encontramos alguna razón para convencernos definitivamente. Sencillamente no nos vemos como granjeros en el culo del mundo, cosechando y cazando para vivir. Es probable que no seamos ese tipo de gente, aunque estamos lejos de convertirnos en seres carroñeros. Mientras tanto, somos un par de sobrevivientes. Escapando a diestra y siniestra de limpiadores y limpiados. ¿Hasta donde llegaríamos escapando? Posiblemente toda frontera existente se encuentre vigilada por aquellos que no quieren dejar salir a nadie por temor a que todo sea peor de lo que imaginan.
“¿Recuerdan cuando intentaban buscar una cura? Los gobiernos no hacia más que disimular sus propias falencias bajo acciones que sólo buscaban camuflar las calamidades por venir. Todo el tiempo buscando explicaciones. Prácticamente éramos una cinchada entre la esperanza de que todo vuelva a la normalidad y la cruda realidad. Ya lo dijimos y lo seguimos pensando. Suerte de Alzheimer acelerado. Evidentemente está en nuestros genes. Mientras algunos no eran más que engranajes partícipes de la debacle. Otros no éramos mas que la figura principal del cuadro El Grito de Munch. Observando el futuro, con una cara poco metafórica de espanto.” – Pedro terminaba con su catarsis habitual. Y por lo general guardábamos silencio.
En ese momento, Lourdes levantó su brazo derecho, pidiendo la palabra.
“Este es el momento en el que ustedes deciden si creerme o no. Aunque ya expuse mis razones para mentir y supongo que habrán entendido. No debo seguir disculpándome. Antes de todo esto. Solía tener un padre. Con un trabajo importante. No importa el nombre, ya que posiblemente no haya tiempo ni oportunidad para escribirlo en una lapida. Estuvo hasta los últimos días en el Conicet como investigador. Durante meses fue tema de charla en la cena. Era interesante ver como todos los conceptos lo llevaban siempre a callejones sin salida. Lo único que sé es que sabían de algunos casos mucho tiempo antes de que todo explotara. Recuerdo que repetía como si fuera un mantra. Son incurables, son incurables, son incurables… todo el tiempo hablando de un tal Lesch-Nyhan, y de que era prácticamente imposible que se propagara de tal forma al no ser una enfermedad contagiosa… es algo genético, que no se contagia, sino que ya viene con nosotros desde el nacimiento.”
“Yo digo que la atemos otra vez, está delirando de nuevo” - llegó a decir Gabriel mientras sujetaba en su mano la soga al tiempo que Lourdes se echaba para atrás buscando una salida.
“Empate” siguió hablando mientras se reía. “Te la debía desde el momento en que te desatamos y te burlaste de mi. Ahora si estamos a mano.”
De algo hay que divertirse. Por mas que el mundo se esté cayendo a pedazos. Es muy posible que yo hubiera sido el que cuente el último chiste antes de entrar a las cámaras de gas. El que sugiere que abran los paraguas mientras empiezan a llover los misiles. El que hace reír al verdugo antes de que me deje colgado. Puedo dar una falsa impresión cuando se me conoce por primera vez. Pero si hay algo que nos va a salvar de todo esto, es reír de vez en cuando. Por más que nuestras risas no emitan sonido alguno, por temor a que nos escuchen. Tanto los unos, como los otros.


