Informe de las horas que vendrán

Novela Blog

Habían pasado los días estipulados por la suerte de los dados.
Es probable que hayan pasado más rápido de lo esperado. Al contrario de nuestros días vacíos de contenido, sentimos que todo se acelera cuando estamos esperando algo.
A pesar de estar amordazada la mayor parte del tiempo, Lourdes se mantiene bastante habladora. En cierto punto, creo que lo hace más que nada para molestarnos. Cada tanto es de soltar alguna que otra palabra sin sentido y disfruta ver como nos sobresaltamos.
“¿Estaban esperando que intentara matarlos, no? ¿Que empiece a automutilarme y a balbucear frases sin sentido no?”
Es una pregunta retórica. El silencio es nuestra mejor respuesta. Gabriel, no sin demostrar lentitud, camina hacia ella y la desata. Lourdes amaga con atacarlo mientras emite un gruñido tétrico, y Gabriel queda tirado en el suelo con los ojos abiertos. Se ríe a carcajadas, nos reímos, pero Gabriel no. Trata de disimular bajo un supuesto enojo su orgullo herido. “Asustado por una niña” dice, y sigue sin reírse.

Lourdes acepta las disculpas por los días pasados. Llega a la conclusión de que hubiera hecho lo mismo. Nos quiere dejar bien en claro que era verdad cuando nos dijo que mentía. Pedro relata lo visto dentro del hospital. Agregando más detalles. Las imágenes se vienen a mi mente. ¿Qué necesidad tiene el destino de hacernos enfrentar con una habitación repleta de recién nacidos que solo alcanzaron a tener su último aliento como premio por haber venido a este mundo? Allí estuvieron Pedro y Gabriel. Contando sin querer contar, mientras el horror detiene el tiempo. Congela las articulaciones. Uno desea huir. Pero la curiosidad y el morbo pueden más. Las resistencias internas parecen ser elásticas, y uno desea que no se rompan.

Pedro sigue con su juego de preguntas y repuestas para testear nuestros recuerdos. En un kiosco encontró golosinas y nos premia como si fuera un entrenador de perros. Al menos es divertido tener un momento de diversión entre tanta expectativa por nada de lo que pase. Cada tanto nos planteamos que deberíamos abandonar la ciudad. Pero no encontramos alguna razón para convencernos definitivamente. Sencillamente no nos vemos como granjeros en el culo del mundo, cosechando y cazando para vivir. Es probable que no seamos ese tipo de gente, aunque estamos lejos de convertirnos en seres carroñeros. Mientras tanto, somos un par de sobrevivientes. Escapando a diestra y siniestra de limpiadores y limpiados. ¿Hasta donde llegaríamos escapando? Posiblemente toda frontera existente se encuentre vigilada por aquellos que no quieren dejar salir a nadie por temor a que todo sea peor de lo que imaginan.

“¿Recuerdan cuando intentaban buscar una cura? Los gobiernos no hacia más que disimular sus propias falencias bajo acciones que sólo buscaban camuflar las calamidades por venir. Todo el tiempo buscando explicaciones. Prácticamente éramos una cinchada entre la esperanza de que todo vuelva a la normalidad y la cruda realidad. Ya lo dijimos y lo seguimos pensando. Suerte de Alzheimer acelerado. Evidentemente está en nuestros genes. Mientras algunos no eran más que engranajes partícipes de la debacle. Otros no éramos mas que la figura principal del cuadro El Grito de Munch. Observando el futuro, con una cara poco metafórica de espanto.” – Pedro terminaba con su catarsis habitual. Y por lo general guardábamos silencio.
En ese momento, Lourdes levantó su brazo derecho, pidiendo la palabra.
“Este es el momento en el que ustedes deciden si creerme o no. Aunque ya expuse mis razones para mentir y supongo que habrán entendido. No debo seguir disculpándome. Antes de todo esto. Solía tener un padre. Con un trabajo importante. No importa el nombre, ya que posiblemente no haya tiempo ni oportunidad para escribirlo en una lapida. Estuvo hasta los últimos días en el Conicet como investigador. Durante meses fue tema de charla en la cena. Era interesante ver como todos los conceptos lo llevaban siempre a callejones sin salida. Lo único que sé es que sabían de algunos casos mucho tiempo antes de que todo explotara. Recuerdo que repetía como si fuera un mantra. Son incurables, son incurables, son incurables… todo el tiempo hablando de un tal Lesch-Nyhan, y de que era prácticamente imposible que se propagara de tal forma al no ser una enfermedad contagiosa… es algo genético, que no se contagia, sino que ya viene con nosotros desde el nacimiento.”
“Yo digo que la atemos otra vez, está delirando de nuevo” - llegó a decir Gabriel mientras sujetaba en su mano la soga al tiempo que Lourdes se echaba para atrás buscando una salida.
“Empate” siguió hablando mientras se reía. “Te la debía desde el momento en que te desatamos y te burlaste de mi. Ahora si estamos a mano.”

De algo hay que divertirse. Por mas que el mundo se esté cayendo a pedazos. Es muy posible que yo hubiera sido el que cuente el último chiste antes de entrar a las cámaras de gas. El que sugiere que abran los paraguas mientras empiezan a llover los misiles. El que hace reír al verdugo antes de que me deje colgado. Puedo dar una falsa impresión cuando se me conoce por primera vez. Pero si hay algo que nos va a salvar de todo esto, es reír de vez en cuando. Por más que nuestras risas no emitan sonido alguno, por temor a que nos escuchen. Tanto los unos, como los otros.

Construimos nuestra vida pasada todos los días. Construimos recuerdos a cada minuto, desde los más importantes hasta los más insignificantes. Allá estuvo Pedro, alzando por primera vez a su hijo. Gabriel comprando su primer cd con su propio dinero. Me recuerdo en una de mis primeras crisis. Y Lourdes… sería bueno saber si podemos confiar en ella a partir de este momento. Es de madrugada. Serán más allá de las 5. El Sol que no ha salido empieza a teñir el cielo de colores indecisos.

Creemos que la repetición de un día igual al anterior nos llevara al mismo resultado. No hemos tenido algo así desde nunca. Somos la prueba irrefutable del descanso de la buena suerte. Debería ya no preocuparme el silencio de los que no me hablan, debería preocuparme por los que insisten en gritar verdades que nunca termino de entender. Allí está mi eclipse mental. Mi mente entra en un cono de oscuridad irreversible. Somos maquinas de movimiento perpetuo que se dedican a olvidar. En la oscuridad de la ausencia de nosotros mismos esta enterrado nuestro yo más insano.
Sin duda, en otro lado están sucediendo cosas que están por encima de nosotros. En algún lado la figura del héroe se está alimentando, y encontrara el desenlace que lo erguirá como tal. Siento que estamos en las afueras de la historia. Y quizás debamos continuar así. Pareciera que arribamos a todos los sitios a destiempo. Que alguien hizo lo que debía hacer, días antes, minutos antes, y allí llegamos los cuatro.
- Su mente debe estar jugando con ella.
Es Pedro, parecía dormido, todo acurrucado bajo una manta.
- Es muy posible que haya inventado todo con su mente. Es probable que no sea ese contagio del que todos estamos temiendo. ¿Deberíamos atarla? ¿Será seguro para nosotros? – de un momento a otro no sé si suena sensato o no.

¿Cuáles son las opciones si no sabemos particularmente nada? Todos esos científicos británicos murieron antes de tiempo. Antes de las balas, intentaron con vacunas. Luego, comenzaron a disparar soluciones a mansalva.
- Será una medida muy extrema si la atamos antes de que logre despertarse?
Le digo que desde mi punto de vista, y dada las circunstancias que estamos viviendo y que vivimos que no tiene porque molestarle…
- ¿Pero que les pasa? ¿Por qué me ataron así?
No fue difícil. Especialmente por la contextura física de Lourdes. Pedro culmina la obra amordazándola. No sabemos si son las palabras las que contagian. No sabemos nada.
Todos pensábamos lo mismo. ¿Ahora que hacemos? Nuevamente estábamos guiados por nuestro desconocimiento. Gabriel no se había despertado, pero al escuchar el reclamo de Lourdes abrió los ojos.
- Gracias por despertarme. Estaba teniendo una pesadilla.

El silencio indicaba que lo estábamos escuchando. Incluso Lourdes.

- Soñaba que era un partero. Pero al revés. Era el encargado de meter dentro de las mujeres unos espantosos fetos viejos. Era una especie de nacimiento al revés. Pero estos eran reabsorbidos por el cuerpo de la mujer como una especie de tratamiento estético. A todo esto… ¿qué hace ella atada?
Le explicamos el episodio del hospital, observado por sus propios ojos. El rostro de Lourdes permanecía inmutable. La desconfianza en sus recuerdos. La posibilidad de que finalmente se transforme en una de esas cosas. De que nos ataque. De que la realidad que ella postulaba ya no sea tal. Miles de etcéteras inundando nuestros dichos. Y nuevamente el miedo a que todos terminemos siendo como ellos.
Gabriel piensa. Tiene esa cara de estar mirando para adentro.
- Siempre he tenido problemas con los recuerdos. Siempre en las reuniones familiares terminaba contando anécdotas sobre mi que no me pertenecían. Resulta que todo lo que me había pasado cuando era chico, eran situaciones que habían vivido mis primos, o mis hermanos. Resulta que finalmente no había vivido lo que decía vivir. Todo mi yo estaba en mis falsos recuerdos. Una vez incluso estaba convencido de que me había quebrado una pierna. Tenia la imagen del yeso, de no poder caminar durante meses, pero no.
Se detuvo unos segundos para mirar a Lourdes.
- ¿Cuánto tiempo la tendremos así?

Deducimos que no tenemos forma de realizar un diagnostico de algo que sólo sabemos por haber visto un par de horrores aquí o allá. Por nuestra experiencia personal. El azar nos ha brindado información, y ahora todo lo que tenemos es la posibilidad de tener un caso entre nosotros. Entre nosotros que quedamos. No sabemos si son las miradas las que contagian. Le tapamos los ojos con otra venda. Es nuestra rehén. Gabriel sugiere que debemos tirar un dado para decidir cuantos días la dejamos atada. Ante lo imprevisto de toda situación, decidimos seguir ese camino. Nos damos cuenta que ella sigue la situación con especial atención. No deja de murmurar frases debajo de la venda. Es probable que si prestáramos atención nos daríamos cuenta de aquello que nos trata de decir. Arrojamos el dado, que rueda con su cúbica agilidad sobre el suelo determinando seis días. “Tenia todos los dados para jugar a la Generala” dice Gabriel. “Y se me fueron perdiendo. Este dado que me quedó es un amuleto de la suerte. Desde que lo tengo las cosas solo empeoraron. Pero me da pena tirarlo por ahí sólo por una mala racha.” Lourdes sigue intentando decirnos algo. Le sacamos la mordaza para darle una oportunidad.
- Todo fue mentira. Toda mi historia del hospital. De los ataques que sufrí. Inventé todo eso con el fin de protegerme. Supuse que si con tenerme lastima no me harían nada

Pedro le dice que está bien que haya sido precavida. Pero que en dos aspectos muy distintos, eso no le hubiera servido de nada. Simplemente lo hizo para protegerse de personas que no somos nosotros. Y de no haber sido nosotros, es muy probable que hubieran abusado de ella igual. Igualmente deliberamos unos minutos más. Ahora que sabemos que es mentira todo lo que sucedió podríamos cambiar nuestra postura de aislamiento. Eso o arriesgarnos a cualquier reacción inesperada. No podemos confiar en sus palabras, debemos esperar los hechos. Y todavía tengo en mi mente la imagen del conductor de la ambulancia pintado en sangre. Llegamos a una conclusión, no serán 5 días. Con cinco tiene que alcanzar. No le negaremos ni la comida ni el agua y nos quedaremos en el mismo lugar. Le decimos que la estaremos observando, que es por nuestro bien y por el de ella. Y que lo más probable es que la desatemos como regalo de navidad. Esa será nuestra razón para festejar. Que seguiremos siendo cuatro. Ni uno más, ni uno menos.

Esto es la mejor parte de mí. Cada canción es una fotografía de nuestra historia. Cada fotografía una celda de personas que fuimos a la espera de ser rescatadas con nuestra vista. ¿Que determina en estos momentos que nuestros recuerdos no sean otra cosa que elementos falsos? Somos cuatro desconocidos compartiendo un presente continuo y nada sabemos sobre aquello que nos haya pasado. Está Pedro y sus preguntas, que nos despabilan cada tanto. Pero mientras, solamente nos preocupa la sensación de sobrevivir que nos asalta. Cada paso, cada segundo son nuestros ojos abiertos esperando el momento en que nos debamos ocultar. Teorizamos sobre el pasado hasta transformarnos en expertos caseros sobre todas las teorías que se podrían ocurrir. Gabriel y su imaginación, mis pensamientos tendientes a lo espantoso, las teorías de Pedro y el pesimismo de Lourdes son más fuertes que cualquier tormenta de ideas.
- Pocas cuadras nos separan del hospital preferido de mis pesadillas. – dice Lourdes.
- ¿Y que les gustaria? – dice Pedro.

Es posible que estén esperando al propietario de la ambulancia. Es posible que no la hayan olvidado. Es probable que la quieran matar apenas la vean. A pesar de todo, Gabriel quiere aventurarse a entrar. Esperamos en una esquina. Pedro decide acompañarlo, antes de cometer la estupidez de dejarlo ir solo. Entran, desaparecen tras una puerta que en su momento era la entrada a la guardia. Esperamos. Como si no nos quedara otra cosa por hacer. Lourdes no mira. Sus dedos se entrelazan bajo su cabellera roja. Parece dormida. Pero es obvio que sus pensamientos están allí dentro, con ellos, sintiendo su miedo.
La calle parecía, si no fuera por los tiempos que corren, un sábado a cualquier hora desierta. Empiezo a preguntarme porque no entramos todos. Es posible que Lourdes no vuelva a pisar un hospital nunca más. Quizás los hospitales no vuelvan a funcionar nunca más como tales. Todo se irá volviendo mínimo, reducido, autosuficiente.
- De chica siempre le tuve miedo a los hospitales. – Lourdes se confesaba al aire, sin siquiera mirarme. - probablemente debo haber pasado dos o tres cumpleaños en una sala de terapia intermedia. Y después esto.
Pienso en atenerme a la elegancia de no preguntar que enfermedad tuvo. Son demasiados recuerdos como para traer al presente.
- Siempre pensé que mi madre no sentía el suficiente amor por mi, a pesar de los cuidados que me brindaba. Para mi, era la clase de mujer que sólo tuvo hijos con la única finalidad de poder jurar por ellos.
Le pregunto porque razón estuvo tantas veces en un hospital.
- Enfermedades, defensas muy bajas, y un accidente. Eso sin contar el haber nacido. Después de la adolescencia, sentí que más que nacer, me extirparon del útero de mi madre. A diferencia de mis hermanos, fui un tumor creciendo externamente.
Le sugiero que siempre se está a tiempo de hacer cosas. Salvo que el mundo tal cual lo conocíamos ya no exista y toda tu familia esté muerta, o delirando por ahí.
- Esa si seria una buena oportunidad de poder decirle algo a ella. ¿Ves? ¿Quien es la normal ahora? Apuesto que me causaría mucha gracia, o no.

Silencio. La puerta del hospital se abre de par en par. Gabriel y Pedro aparecen en escena corriendo. No logro ver sus rostros, pero es obvio que su velocidad no indica nada bueno. Lento significa paseo, rápido significa escapar, y una media marcha tal vez es “estoy llegando tarde”. Como medida preventiva enciendo la ambulancia por si tenemos que desaparecer del lugar. Siguen corriendo. Gabriel lleva la delantera, pero Pedro no le pierde pisada. Sus rostros, resultan extraños para estos días. Se están divirtiendo. “Gané” dice Gabriel, al momento de tocar la ambulancia. Suben a la ambulancia, la respiración entrecortada de Pedro denota que en un momento tuvo algún estado físico.
- Creímos escuchar voces. No nos quisimos arriesgar. Por eso salimos corriendo. Aunque el miedo no evitó que pudiéramos divertirnos.
- Estuviste bien viejo. Pero vas a tener que seguir entrenando.

Mientras Lourdes y Gabriel dormían en sus bolsas de dormir. Noté que Pedro no lograba conciliar el sueño de ninguna manera. Sus ojos se notaban abiertos y despiertos en la oscuridad. “Te preocupa algo” le dije. Hace un silencio. Piensa y se lanza a hablar.
- Entramos al hospital. Lo recorrimos bastante rápido, sin detenernos en los detalles. Llegamos a la nursery. Las puertas estaban cerradas pero si mirabas dentro, en las incubadoras, podías notar que habían dejado atrás, por alguna perversa razón, al menos cincuenta bebés muertos. No dije nada porque me pareció innecesario. Pero si hay algo que tenemos que tener en cuenta. El hospital estaba vacío. Completamente. Como si nadie hubiera estado ahí en mucho tiempo. Y cuando digo nadie, es nadie. Deberíamos plantearnos si confiar en los recuerdos de la señorita presente aquí.

No logré dormir en toda la noche. Todo el tiempo estuve esperando verla despertar.

Pareciera que nuestra marcha no tuviera algún destino fijo. Pero me cuesta creerlo. No hacemos más que avanzar en un camino levemente indicado por los avatares de los días. Nuestros ojos son testigos de la decadencia de la humanidad, pero no sabemos hasta que punto todo no será más que un carnaval de nuestras mentes desamparadas. Se van alternando al volante mientras los demás vigilamos. Estamos pendientes del celular por si vuelven a llamar, casi sin esperanzas. A esta altura, las redes deberían estar cortadas. Todo tiende a continuar incomunicándonos. Llegará un momento en que sólo tendremos la posibilidad de hablarnos cara a cara para decirnos las cosas. Las distancias ya no serán las mismas. “¿Cuántos serán los muertos?” pregunta Lourdes. Se la pasa tirando preguntas al aire, y cuando alguien las responde ella dice que no es necesario, que lo suyo es una metralleta de cuestiones retóricas. Gabriel la acusa de usar palabras raras de vez en cuando. Es interesante ver como de alguna manera vamos congeniando. Éramos perfectos desconocidos, y este huracán nos terminó juntando, y en el fuero más íntimo sabemos que aun no ha dejado de soplar. Un, dos, tres, cuatro y paramos de contar. Andamos como si fuéramos sin techo. Pensamos escapar de la ciudad, pero no sabemos donde ir. No sabemos que habrá más allá de nuestros ojos. Hemos recuperado las sensaciones de nuestros antepasados. Quizás terminemos creyendo que la tierra es plana. Que está sostenida por una tortuga gigante y unos elefantes. Que en algún kilómetro se termina. Somos recolectores, no producimos. Excavadores de supermercados. Hacemos lo imposible por conseguir combustible para poder llegar lejos. Nos enojamos con el poco éxito que conseguimos. Estamos encerrados en una ciudad que conocemos desde siempre, pero que con el correr de los días se nos hace más y más extraña, pero nuestra vida nómada invariablemente cada vez mucho más normal.

Gabriel y sus posibles guiones.
“Esta historia sucede en un pueblo minero. Alto porcentaje de individuos masculinos en la población. Los individuos femeninos no son ningún premio para nadie. Cualquier concurso de belleza quedaría definitivamente desierto. Muchos preferirían recurrir al incesto antes de tocar algún espécimen de ganado ajeno. Debido a esto y la presencia de las buenas costumbres, suele ser un deporte local el masturbarse en la bañadera. Años y años de depositar semen en las alcantarillas, crean un monstruo asesino que por las noches sale a matar mujeres vírgenes. Obviamente, los análisis genéticos dan como culpables a todos los hombres del pueblo, inclusive a aquellos que figuran muertos desde hace mucho tiempo.”
- Muy delicado – dice Lourdes – una historia que seria taquillera sin duda. El publico ansioso por ver al monstruo, la transformación, el como está conformado. No entiendo porque tengo ganas de vomitar…
- Al estilo de las películas clásicas de monstruos – Pedro era un buen entendedor de las buenas artes del cine - pero con un toque bastante de principios de siglo decadente.

Se espera escuchar muchas palabras, pero nada que junte en una misma frase un insulto seguido de una referencia a la falta de combustible. Nuestra ambulancia, ahora pintada de negro, para disimular un poco antes los posibles ojos, se encontraba detenida en medio de una avenida sin nombre.
- ¿A quien le toca esta vez salir a buscar nafta? – Pedro no termina la frase que todas las miradas me apuntan a mi. Con la vista intento adivinar donde está la mayor cantidad de autos, posibles abastecedores de combustible, y empiezo a caminar. El gusto amargo de la nafta no llega a desaparecer nunca. Salvo cuando una comida lo supera. Quizás sea la única vez que queda escondido bajo otro sabor. Éxito en el primer intento. No suele pasar seguido, pero esta vez parece haber mejor suerte. Es cuando diviso a lo lejos el primer grupo de personas. Avanzan a paso lento. Codo contra codo. Se alcanzan a ver en sus manos las armas. “…están limpiando la ciudad… están matando todo lo que encuentran a su camino… ” La piel de gallina. Evidentemente aun no me han visto. El bidón se llena, y salgo corriendo. En el apuro dejo atrás la manguera colgando del tanque de nafta, pero ya no puedo volver atrás. No sin ser visto. Evidentemente algo notan en mi cara al llegar.
- ¿Qué sucede? Tenés esa cara de “Rápido, salgamos de aquí.” – Pedro no saca la vista de donde me ha visto venir caminando.

Es evidente que con la poca nafta que contamos, otra vez no llegaremos tan lejos. Pero será lo suficiente como para escondernos. Me preguntan cuantos. Creo que unos 20. Es posible que no sean los únicos. Sobrevivir todo este tiempo para terminar en una balacera no es nada auspicioso.
Pensar que creíamos que lo de las Torres Gemelas era el comienzo de una era de terror. No fue otra cosa que el triunfo del marketing global. Falsas religiones, falsos reclamos, justificaciones ideológicas, imposiciones de ideales, supuestas razas supremas. Desde las grandes matanzas hasta los accidentes fatales en las esquinas. Todas justificaciones para actos similares de locura y genocidio. Es posible que pasen años hasta que alguien pueda mirar atrás y decir: esto es lo que sucedió. Ahora es todo un presente continuo. Somos seres humanos que han retrocedido a la mínima expresión de las relaciones sociales. Desconfiaremos por siempre de aquel que no sea el otro inmediato. ¿Cómo creer en salvadores cuando no somos otra cosa que una bomba de tiempo a punto de explotar en sangre? Hoy no se necesita una justificación para la barbarie ya que nadie funciona como espectador de los acontecimientos. La espiral nos está devorando. Es posible que nos estemos transformando en una humanidad sin historia.

Sigue sonando. Como las voces en mi cabeza. Atiende el celular de una vez por todas, lo encuentra entre cadáveres en su mochila. Lo típico hubiera sido que Gabriel dijera “Hola”, pero sin embargo se quedó en silencio.
“Deberías decir algo” le digo. Sigue en silencio, con cara de no escuchar nada del otro lado. “¿Quién es?” dice, y sigue pareciendo como si no escuchara nada. “¿Quién es?” vuelve a repetir, y se queda en silencio escuchando.
Se escuchan palabras, murmullos eléctricos. Cara expectante, no asiente ni niega. Escucha, como si tuviera que prestar mucha atención. “¿Y por qué me estas contando esto?” dice Gabriel. “Cortó.” Y sigo pensando que es cuestión de tiempo para que las centrales y las torres dejen de funcionar. Otro pequeño salto hacia una verdadera incomunicación. No dejamos de observar la ambulancia, detenida a unos metros de esa masacre pintada de diversos tonos de rojo.
“En el teléfono. Me han dicho que están limpiando la ciudad, y probablemente las ciudades. Que están matando todo lo que encuentran a su camino. Y todo es todo. Esos, nosotros, los demás.”
“¿De donde te llamaba? ¿Te dijo?” pregunto Pedro, sin dejar de mirar la ambulancia.
“No lo dijo, en ningún momento. Simplemente describió lo que estaba sucediendo.”

“Necesitamos esa ambulancia” dijo Pedro, y al instante le pidió prestada la pistola a Gabriel. Abrió la puerta del local donde estábamos escondidos y encaró al calle con decisión. Desde donde estábamos era difícil observar la posición del conductor. Tampoco se podía saber si estaba armado. Al acercarnos, se podía escuchar la música que venia escuchando. Nada reconocible, pero melodía al fin. El conductor estaba arrodillado junto a uno de los cadáveres, murmurando algunas palabras. Parecía estar rezando. Sus dedos se entrelazaban con furia, se sonaba los dedos de una manera completamente masoquista.

“Duele. Especialmente si dejo de hacerlo.”
Nos escuchaba, pero no prestaba atención a nuestra presencia. Éramos las voces en su cabeza. Sus ojos inyectados en sangre no miraban ni veían. “Si dejo de hacerlo…” repetía una y otra vez, mientras seguía torturándose las manos. “¿No van a detenerlo?” dijo Lourdes llamando nuestra atención. Extrañamente el hombre se detuvo. Sus manos eran un completo desastre. En un segundo buscó abalanzarse sobre ella, y Pedro lo detuvo con una certera patada en la cabeza. Se revolcaba en el suelo, pero sin mostrar señas de dolor. Volvió a incorporarse para intentar un nuevo ataque. Esta vez no fue un golpe lo que lo detuvo, sino un tiro en la pierna. Ya no hablaba, no murmuraba, y los sonidos resultaban más familiares que antes. Un poco más animales. Quedó arrodillado en el suelo, sangre fresca sobre la sangre fresca anterior, colores sobre colores. Nos subimos a la ambulancia y con alivio comprobamos que arrancaba sin problemas. La sirena también, y costó un par de segundos adivinar como se apagaba. Arrancamos sin destino fijo. Dejábamos detrás los restos de una persona explorando brutalmente los límites del no dolor. No era difícil adivinar lo incomprobable en experiencia propia. El dolor en ellos es inverso. Se infligen castigo o sufrimiento para dejar de sentir un tormento que no llegamos a comprender. Hemos visto convertirse a una persona conciente, capaz de conducir un móvil, en alguien que fluctuaba en un estado intermedio entre esas larvas y nosotros. Es posible que en algún momento entendamos que nos sucede. Mientras tanto, andamos. Mientras tanto, están limpiando la ciudad y espero que no nos encuentren.

Tengo tantas cosas para decir que es posible que me quede sin palabras.
Somos el esfuerzo desesperado e inútil por intentar conectar con alguien.
La mirada perdida de los que se van, la transición que ocurre de un segundo a otro.
Nos sentamos a la orilla del río, somos el agua y el cadáver del enemigo que vemos pasar flotando
Así como aquellos que fueron dejando de ser humanos al ir perdiendo fugazmente sus recuerdos. Intentamos mantenernos vivos y concientes con todo aquello que nos fue construyendo.
Era el cumpleaños de Gabriel. Por mil razones me había guardado mi fecha, pero él decidió compartirla. No teníamos muchas opciones como para prepararle algo que se asemejara a una fiesta. Las perspectivas no eran muy buenas en tanto y en cuanto nos quedaba un litro de combustible para el generador. La radio moriría y con ella se llevaría la poca luz artificial de la que se podía disponer. Una vez que eso suceda, tendrá poco sentido permanecer en este lugar.

Gabriel se la pasaba escribiendo en un cuaderno. Pocas veces comentaba algo de lo que volcaba en el papel. Murmuraba algunas palabras mientras seguía con su tarea. Un día, plenamente llevados por la curiosidad le preguntamos. Escribe cosas que recuerda por temor a olvidarlas. Escribe tramas argumentales de historias que algún día piensa publicar. Es un gesto de esperanza. Teniendo en cuenta como se ven las calles, el regreso del mundo editorial es algo que parece poco probable, y demasiado lejos en términos temporales. Nos habíamos olvidado de reír. Tan pendientes de estar en silencio para no llamar la atención sobre nadie indeseable, que el silencio nos fue empujando a la amargura.

“Los extraterrestres invaden la tierra. Es una versión escatológica de El dia que paralizaron la tierra. Durante días impiden que toda la humanidad pueda cagar. Los extraterrestres dicen que debemos parar de contaminar el planeta, de tener guerras entre nosotros. De otra manera no nos liberaran. Mucha gente empieza a morir, Especialmente los más viejos. Pero nadie, por más que lo intente, puede cagar. Cuando los muertos siguen aumentando, se firma un documento intergaláctico de compromiso. La nave extraterrestre se aleja, y nos liberan de esa prisión fecal. Han pasado siglos, y es un chiste que se sigue contando en todas las reuniones de amigos interplanetarios.”
Risas. Eso es lo que nos va regalando. Momentos en los que nos olvidamos que vivimos lo que vivimos.

Finalmente, el momento en que la energía eléctrica llegó. Estaba sonando un tema de Creedence. Pedro se había despedido con pocas palabras, por si alguien estaba escuchando. En silencio fuimos juntados nuestras pertenencias, y encaramos el pasillo del edificio, con calma y paso seguro. Con algo de esfuerzo atravesamos la barricada, y la calle estaba poblada de ausencias. Los autos comenzaban a lucir tristemente abandonados. Algunos como tumbas tétricas de manufactura en líneas de producción. Ataúdes otrora rodantes ahora estancos. Pensaban llegar muy lejos y sin embargo, se quedaron. Chocados, enredados, abrazados entre si, en fusión violenta. Por más airbags, cinturones de seguridad y precauciones etcéteras que intentaban colocarles las automotrices, no hacían más que vender estuches de muerte. En un paso nivel, un tren detenido era una muralla, como una serpiente muerta. Recostada, yaciendo atragantada por un colectivo de la línea 163. Había sido su ultimo bocado hace tiempo y había quedado allí, esperando ambulancias, bomberos, o alguien que viniera a ayudar. Los vagones eran una colmena de enfermos dormidos. Una colmena esperando a ser alborotada.

“¿Cómo fue que no los vimos antes?” – dijo Pedro mientras intentaba bajar la voz – “No avancemos un paso más.”
La vista debía acostumbrarse a los ojos y el oído apenas recibía una alerta. Estábamos parados como cuatro condenados esperando el apunten-fuego.
Es muy interesante como un ser humano puede llegar a convertirse en un asesino serial. Como animales que éramos, y sin tener conocimientos avanzados de psicología, podría decir que conservamos apenas cuatro costumbres básicas de los animales. Comer, dormir, tener sexo y matar. El hombre, hasta lo poco que sabemos, es el único que mata por placer. Pero al nivel de las metáforas, y hablando de impulsos, uno podría decirle a otra persona, “te comería toda/o”, “esta para matarla”, pero no así con dormir. He ahí, donde el asesino reemplaza todo por la pulsión de matar. Mata porque no disfruta del sexo, mata porque no disfruta de la comida, mata porque no disfruta dormir. Como un animal, pero más humano.

Allí estamos. Frente a lo que puede ser un cargamento de seres que por instinto, por olvidos, por haber sido humanos en algún momento, sólo piensan en matar. Allí están, como larvas esperando ser despertadas. Creemos que escuchan más de lo que alguien normal podría. Somos los cuatro, esperando que pase la nada.

La realidad nos llama sonando en forma de celular.
Bajate ese ringtone horrible de algún lugar, que sonará en el momento más inoportuno.
Es la mochila de Gabriel. Sus celulares en forma de botellas tiradas al mar. Con mensajes viejos que buscan un paradero de alguien que ni siquiera llegaremos a conocer.
Suena. Y los despierta. Son ojos vacíos que nos miran desde la ventana de los vagones. Son tres, son cuatro, cinco, seis. Finalmente no los podemos contar, pero empiezan a caminar. Murmullan esas palabras que no llegamos a entender. El celular que no deja de sonar. Las chances dicen que puede ser una alarma. ¿Y si es alguien del otro lado, llamando?

Comienzan a avanzar con pasos tan errantes como seguros. Cruzamos la avenida corriendo, buscando algún escondite. Algún lugar donde poder apagar ese maldito celular. Una sirena a lo lejos viene a interrumpir nuestra huida. Nuestros perseguidores se confunden. Quedan estáticos en medio de la calle. Pareciera como si fueran a cortarla en forma de protesta. Flashback. Conservamos cosas de nosotros mismos por más que olvidemos como bestias. La ambulancia avanza con pocas intenciones de detenerse. Lourdes escucha la sirena y se estremece. Todo era básicamente tomado como una novedad. Estábamos en peligro, pero toda influencia fortuita que devenga en trágica modificación del entorno, se percibía como un movimiento poético. Pinceles de retazos humanos que trazan sobre el lienzo del asfalto con tonos carmesí un rorschach involuntario con un innecesario cuerpo artístico. Desde una posible vista aérea no podría sugerir otra interpretación más que la idea, la palabra, el temor a la inesperada muerte. Explícita en su destrucción, desde el volante se encapricha en ejecutar su sinfonía a la perfección. Por debajo de la sirena, uno podría adivinar que una risa placentera inunda la cabina, que detrás de esa sonrisa se esconde no la perversidad, si no la precisión asesina de un hombre dentro de sí. Frenó sobre su obra, y el conductor miró a ambos lados de la avenida. Buscándonos, y no para darnos una bienvenida.

Cuatro es un buen número para desplazarse.
Es increíble la cantidad de cosas que comienzas a dejar de lado cuando lo que prima es la supervivencia. Hablamos de recuerdos como un acto reflejo. La memoria es un acto de Fe. Creemos que hay un pasado que existió. Confiamos en que lo sucedido son hechos que nos anteceden. Que hay desgracias que no se volverán a repetir, que lo malo siempre ha quedado atrás. Mientras tanto, el compartir recuerdos más que un acto involuntario de mentirse a si mismo se ha transformado en una credencial de supervivencia. Lourdes quiere olvidar, pero no podrá ni en mil años. Gabriel quiere recordar hasta determinado momento en que sus padres intentaron matarlo, y Pedro tiene algunas fotos mentales de su esposa que quiere olvidar.

Es mediodía. Pedro tiene un reloj que todavía funciona y el sol está bien a lo alto. Pasábamos las horas en silencio. A veces, Pedro se lanzaba con sus monólogos frente al micrófono. Tenemos la esperanza de que alguien siga escuchando, mientras el combustible del generador se va agotando.
Es la voz de Pedro, como si la escuchara por la radio, pero delante de mi.

“El dilema de la política siempre fue la transformación de la realidad. No cambiarla, si no transfórmala a su medida, en improbables estadísticas, para que los medios puedan rumiar los restos y hacerle digerir a las personas el resultado final de todas esas acciones. Cómplices de un crimen que nadie juzgó, el gobierno entregaba la información que se le antojaba y los periódicos, la televisión y también la radio, publicaban lo que les parecía menos adecuado para la percepción del ciudadano medio común sin ningún sentido. Siempre se estaba en riesgo por las elecciones que vendrían, y los calendarios no hacían más que sumirnos en un estado permanente de expectativa y angustia.

Es de común acuerdo que todo empezó hace aproximadamente un año. Fue 2008 y para cuando había que festejar el año nuevo, en las calles se seguían escuchando tiros en vez de fuegos artificiales. Me pregunto si los Mayas habrían escrito algún apartado en su calendario finito acerca de esto.

Desapariciones de personas, cuerpos que nunca más volvieron a aparecer, el reclamo de justicia, y la información que no hacia más que apabullar. Muchos comenzaban por perderse. Los encontraban en la calle y los encerraban en psiquiátricos. Resultó alarmante cuando la población empezó a crecer de manera desmedida. “Un signo de los tiempos” decían los especialistas. Transformaron a los hospitales en caldos de cultivo, y los pasillos en batallas campales. Los limites desbordaron, y pronto ni las puertas pudieron contenerlos. Aun recuerdo las imágenes de un canal de televisión, los gases lacrimógenos intentando contener lo incontenible. La inhumanidad de lo presenciado, el avance de lo absurdo por las calles…”

“Ese fue el día de la balacera en la 9 de Julio…”- escuchar la voz de una mujer en la habitación seguía siendo algo inesperado para nosotros. ¿Hace cuanto que no escucho la palabra “balacera”?
“Las imágenes en la televisión resultaron muy chocantes. Toda esa gente avanzando por la calle, interrumpiendo el tráfico en la hora pico, saltando sobre los techos de los autos. Al principio creyeron que era una protesta o algo preparado. Es posible que alguno haya pensado que estaban filmando una película. Formaron un cordón policial a la altura del obelisco. Muchos conductores se bajaron de los autos ante los ataques. Los golpearon, los pisotearon. Eso acobardó a muchos que no se atrevieron ni a salir a mirar que pasaba.” Era muy posible que Lourdes haya estado allí, observándolo todo.

“Insistían en que eran hechos aislados. Cosas que pasan, hechos que suceden, y sin embargo, la realidad no hacia más que repetirse como si de dos espejos enfrentados se tratara. Los dejo con algo de música, por si alguien todavía está escuchando.” Después de cerrar el micrófono, Pedro pone la música al aire para que la escuchen muchos, algunos o nadie.
“Estamos muy seguros aquí. Pero opino que deberíamos irnos. Avanzar. Cambiar de locación. ¿Cuánto tiempo va a pasar hasta que nos quedemos sin alimentos?” – digo algo así, sin recibir respuesta.

El miedo a lo nuevo por sobre lo malo conocido. ¿Qué puede ser peor que no hacer nada? Nuevamente los gritos en la calle nos recuerdan que no estamos solos. Al menos, somos cuatro. Un buen número para desplazarse.

Hay una puerta entre ella y nosotros.
No sabemos su nombre, y hace un par de horas que está allí.
Volvemos un poco el tiempo atrás. Una de esas veces que salíamos a buscar comida. Las latas escaseaban y no era cuestión de empezar a delirar por no tener comida. Suficiente tenemos con esos dementes que andan por allí. ¿Es que nunca dejarán de ser como un coro imbécil de un recital de turno? Enfocar, no irse por las ramas.

La ida siempre resulta fácil, el regreso, con las mochilas cargadas se torna complicado. Metáfora poco sutil de nuestra historia. Vamos con nada, y con suerte, con algo volvemos. ¿Tan difícil es concentrarse en la trama principal?

Como usualmente lo hacíamos, caminábamos en silencio para no llamar la atención de nadie. Sólo era cuestión de prestar un poco de atención y escuchar por debajo de la capa de viento y saber que algunos grupos andaban por allí. No tan cerca como para preocuparse. Pero a su manera, patrullaban las calles.

Salió de un callejón tambaleándose. Nos miró a los tres con cierta sorpresa. “Ayuda” dijo, y se desplomó.
Habían pasado unos treinta segundos y seguíamos allí. Observándola cómo se mantenía inmóvil en el suelo.
“¿Dijo ayuda, no?” Gabriel quería confirmarlo. Pedro y yo asentimos.
“¿La dejamos ahí o qué?” El primero en adelantarse fue Pedro mientras terminaba de preguntar. Como grupo, era la primera vez que nos enfrentábamos a una situación así. Había signos evidentes de que aún razonaba. Llevaba una mochila, y una linterna colgando de la cintura. Su pelo de color rojo le cubría gran parte de la cara. Uno podría llegar a creer que su cuero cabelludo estaba sangrando si se observaba con poca atención.

Nos repartimos las tareas. Gabriel llevaba la mochila, mientras Pedro me ayudaba a cargarla en mis hombros. Era evidente que no pesaba mucho. Posiblemente era su peso normal o el simple producto de la escasez de comida.

“Debe tener la edad que tenía mi hijo” decía Pedro, mientras Gabriel retiraba su mirada con otras intenciones sintiendo alguna especie de vergüenza por sobrepasarse de analítico con sus ojos. Me miraba diciendo: “algunas cosas no se pueden evitar”.

La entrada al edificio estaba libre. Nos habían asediado durante días, y aprovechamos el primer momento libre que tuvimos para salir a tener suerte encontrando cualquier tipo de alimento en latas. Habíamos encontrado más que eso. Llevaba sobre mis hombros una desconocida sin nombre que aún no había vuelto en sí. Estaba amordazada, a modo de precaución, y también tenía las manos atadas. Ciertas cosas no las íbamos a saber sino hasta que despertara.

Ahora estaba allí, del otro lado de la puerta. Y ni siquiera su respiración se escuchaba. “Ahí mismo fue donde encerré a mi mujer antes de que…” Pedro nunca iba a terminar de pronunciar esa frase. En ese momento, una sirena sonando en la calle. Un sonido que en otro momento hubiera pasado un poco más inadvertido, ahora era un canto en solitario. Antes, cuando todo era normal. El hecho de dejar lo que uno estaba haciendo para dedicarle unos segundos a escuchar una sirena, ya sea de bombero, ya sea de ambulancia o de policía, era un hecho completamente egoísta. Era como acabar de apreciar el paso veloz de una estrella fugaz. Mientras más egoísta se era, más deseos se pedían. Que los bomberos no vayan a mi edificio, que se esté incendiando otra casa, que la ambulancia no vaya a recoger ningún conocido que haya terminado debajo de un auto. Tantos desconocidos pueden resultar accidentados, que esta vez se pueden salvar todos aquellos a los que estimo. Ese patrullero, a toda velocidad, espero no se dirija a un asalto en ese lugar que visito todos los días. Las sirenas anuncian que algo pasó en un lugar en el que no estás. La ambulancia no se detuvo en ningún momento. La sirena se perdió a lo lejos. Un par de esos se mostraron en la calle. Estaban nuevamente más cerca de lo que pensábamos. Seguramente volverían a bloquear la salida del edificio.

“Ayuda” se escuchó del otro lado de la puerta por lo que nuestras miradas no tardaron en cruzarse. “Es evidente que habla y eso es un buen comienzo” dijo Gabriel mientras acercaba su oído a la puerta.
Debíamos decidir si abrir o no la puerta. De tornarse peligrosa la situación, había una única salida, y se llamaba ventana. Ya había sido utilizada una vez, pero no íbamos a dudar en que suceda dos veces.
Pedro se adelantó hacia la puerta. Se acercó lo suficiente como para ser escuchado sin gritar, y habló. “¿Cómo se llamaban los Beatles?”

Se hizo un silencio. Existía una remota posibilidad de que nunca los haya escuchado, de que los haya escuchado poco, pero cualquier humano que se precie, en algún momento de su vida tiene que haber leído, pronunciado, o haber hecho referencia a cualquiera de los cuatro. O a los cuatro juntos.

Era evidente que ninguno de nosotros quería tirarla por la ventana. Ignorábamos en gran parte aquello que le había sucedido a la mayoría de la población. Pedro seguía asegurando que era un plan que había seguido algún gobierno extranjero. ¿Y cual era la razón por la que entre tanta gente nosotros éramos inmunes? ¿E inmunes a qué?

“George, John, Ringo y Paul” e internamente festejamos. Seguíamos probando la teoría de Pedro de que los afectados carecían completamente de memoria.
Gabriel abrió la puerta después de que Pedro se lo pidiera.

“Si van a hacerlo, háganlo rápido. Pero no me lastimen.” dijo, sin siquiera moverse del lugar donde se encontraba. Se quedó inmóvil, su rostro eran los grises entre la resignación y el asco. Evidentemente estaba esperando algo que no iba a suceder nunca. Estaba esperando un deja-vu que posiblemente había sufrido durante todo este tiempo.

Gabriel le acercó una botella de agua, y la tomó entre sus manos con desconfianza. Sus heridas no eran superficiales. Era muy posible que nosotros tres hayamos vivido bastante tiempo rodeados de la ignorancia. Habíamos visto nuestro pequeño mundo catastrófico de una manera parcial. Afuera, estaban las bestias.

Tomó el agua, lentamente. Sin dejar de mirarnos en ningún momento. Siempre esperando algo, siempre aguardando que suceda lo inevitable. Extrañamente, su voz denotaba mucho más fuerza que su aspecto exterior. Nos dijo que se llamaba Lourdes, y nos daba las gracias por haberla sacado de la calle.

“Al principio llevaba un arma. Crees que algo así te va a servir para poder sobrellevar los momentos más difíciles que se te ocurran. Pero sin saberlo, sin poder preverlo, me encontré rodeada por varios. Amenazarlos con el arma no resultó. Tampoco se detuvieron cuando uno de ellos se retorcía en el suelo con un tiro en el estómago. Algunos me sujetaban, mientras se turnaban para… tocarme y hacerme las peores cosas que se les ocurran. Incluso, la primera vez que me atacaron, el hombre que había recibido el tiro, también me violó. Recuerdo sus gritos de dolor, su risa maniática, su mirada perdida. Quitarme la sangre de encima fue lo de menos. Todavía tengo pesadillas con ese momento. Con respecto a todo lo demás, sabía que algo así podría pasar. Fui bastante previsora y por suerte estaba tomando pastillas. No llevo ningún recuerdo en mis entrañas.”

“¿En ningún momento buscaste encontrarte con otra gente para no andar sola por ahí y exponerte a este tipo de situación?” la pregunta de Pedro tendría su réplica.

“Ellos eran los que supuestamente me cuidaban. Hace tres meses aproximadamente que éramos una banda. De un momento a otro, se desataron de esa manera tan brutal. No me mataron porque era su trofeo. Me alimentaban como si fuera el lechón para las fiestas. Todos los días a la misma hora venían, y se descargaban. Las primeras diez veces me habré resistido, pero después, no fue más que una rutina. Mientras planeaba la manera de escaparme.”

Gabriel logró articular unas palabras preguntando cuanto tiempo había pasado hasta que logro escapar.
“Unos tres meses o cuatro. Más allá de las típicas agresiones, el resultado podría haber sido peor. Es decir… podría estar muerta. O ser uno de ellos.” Empezó a caminar hacia la ventana, y por unos segundos pensé que podría llegar a tirarse.
“Nuestro refugio era el Hospital Campos. En cada piso habitaba una comunidad distinta. Nadie se enteraba de lo que pasaba en otros pisos, situación que me ayudó a escapar. Era un buen refugio contra esos que andan afuera. Pero el precio que estaba pagando era muy alto.”

A lo lejos, de nuevo, la sirena sonando. Cada vez más cerca, viniendo por la misma calle. Esta vez atropella a uno, a dos, a tres, que quedan en el suelo. Sus gritos se escuchan por debajo de la sirena.
“Son ellos. No les debe haber gustado mi retirada, y me están buscando. Lamento haberles traído semejante problema.”
A veces, la sirena se dirige hacia otro lado.

“¿Me podés repetir la pregunta?” le digo a Pedro que está pasando revista a nuestros recuerdos para saber si nos estamos yendo o si aun estamos aquí.
“¿Cuántos años duró la segunda guerra mundial?” repite mirándome a los ojos.
Respondo, y quiero creer que está bien. Su cara no denota nada de nada, se lo ve cansado.
Mis pensamientos se debatían si estábamos compartiendo la habitación con un pirómano o con un rebelde nihilista sin causa alguna. ¿Reducir a cenizas un local de comidas rápidas para probar si su teoría era real?
“Entonces… ¿desde el primer momento fue intencional el incendiar por completo tu lugar de trabajo?” Gabriel me mira y sonríe. No logro distinguir si lo hace de puro maniático o intenta ser simpático.
“Fue casualidad. Me olvidé una freidora prendida durante toda la noche, y las alarmas no estaban funcionando. Desafortunadamente había algunas cosas inflamables cerca. Reconozco que después se hizo mucho más fácil…”

Todos hemos perdido algo. Gabriel sin padres, Pedro sin esposa e hijo, he dejado atrás familia y novia. Todos hemos perdido a alguien. Pero no extrañamos a nuestros muertos, los envidiamos. Íbamos vestidos de negro a los funerales, posiblemente igual que el cadáver dentro del cajón, con la esperanza de que nos confundan y nos lleven también. Pacientes, esperamos. Vivimos toda la vida esperando morir. Tengo en mi haber un desfile de doctores, psicólogos, todos con sus ecos pidiéndome que piense en positivo. Mi madre por otra parte incitándome a la lectura de incontables libros de autoayuda. Hoy esas páginas servirían para calentarnos la comida.

Hablamos sobre el origen de todo. Nos hemos vuelto por momentos monotemáticos, pero es lo que nos rodea. Hablamos de nuestros recuerdos donde todos están vivos, el pasado nos sonríe en fotos blanco y negro, hoy somos una mueca ni siquiera irónica.
“Entonces… de un día para otro la gente se volvió loca y comenzaron a atacar a los demás… y luego hubo un contagio y los que no estaban locos se volvieron así y todo fue una gran cadena y los que no estamos de esa manera debemos escondernos para evitar que nos maten…” Pedro sonaba tan tranquilo por la radio, que escucharlo de esa manera era poco acorde con la realidad. “¿Y todo eso vino de la nada? ¿No hay historia? ¿Cuál es el punto de sobrevivir con tantas imágenes imborrables? Hasta donde voy a tener que volver a soñar una y otra vez con mi mujer siendo empujada por mis manos a través de la ventana, luego de que intentará ahorcarme mientras pronunciaba un sinsentido de palabras interminables? ¿Quién me va a borrar eso? Hay veces que desearía ser como ellos. ¿Cómo? Ah si, me di cuenta que había empezado a olvidar, como si fuera un Alzheimer a velocidades asombrosas. En dos días, olvidó mi nombre y llegó a no reconocerme. Después de eso se puso violenta. Me despertó un día con sus manos en mi cuello, apenas podía respirar. La encerré en una habitación. Logró escapar tres veces, y las tres veces intentó matarme. Bailaba una música siniestra en su cabeza, murmuraba palabras como un mantra. No dejo de hacerlo mientras caía. Aun escuchaba sus gritos, no de dolor, cuando estaba allí en el suelo. Luego se la llevaron, la arrastraron por una de las calles. Es algo que apenas pude mirar. Quien sabe que habrán hecho, o porque tienen ese comportamiento. Eran la manada no dejando atrás al herido, eran los sospechosos no dejando atrás ninguna prueba.” Casi como un tic, toma el grabador en sus manos, da vuelta el cassete, aprieta play y el silencio entre nosotros se corta. La voz está a medio camino del humano y el animal. Es una garganta que hace gárgaras con su propia saliva. Las palabras no se llegan a entender. Son ráfagas, zapping vocal descontrolado. Dolor. Angustia. Vacío. Entre un hola y esos ruidos era evidente que todo estaba muy mal encontrado, descarriado, perdido.

Sigo creyendo que no existió ningún agente externo para que esto sucediera. Que la semilla de la destrucción es y será nuestro ser, o la ausencia del mismo.
“Deberíamos esperar a que venga alguien más y después intentar salir de la ciudad. Tendríamos que turnarnos para hacer llamados. Así fue como llegaron ustedes dos…”
De casualidad, le digo. Deberíamos decir la dirección del edificio donde estamos. Alguna dato preciso. ¿Qué podemos perder con todo lo que hay por ganar?
Empezamos con los mensajes cada una hora, indicando la dirección del edificio en el que estamos atrincherados. Al otro día, casualidad o no. La entrada del edificio estaba llena de seres murmurando, gritando y maldiciendo en su lenguaje de gárgaras.

He aquí nuestro pequeño proyecto. Una sencilla razón para despertarse por la mañana. Alguien en algún punto de la ciudad, posiblemente esté escuchando una radio, alguien vendrá, y saldremos camino hacia algún lugar, incluso si afuera está sucediendo lo mismo que acá.
“¿Recuerdan las primeras líneas del Martin Fierro?” Asi fue como una nueva ronda de preguntas empezó. Y muchos recuerdos, seguían intactos.

“Pobres” dijo Pedro mirando por la ventana.
Nos habíamos hecho nuestro lugar en el departamento-estudio-de-radio improvisado. Ninguno de nosotros dos hablábamos. El don de la palabra radiofónica era exclusividad de Pedro. Y desde que estábamos allí, no habíamos vuelto a escuchar la voz de su mujer diciendo “hola” desde la cinta.
Éramos algo exactamente así como tres desconocidos. Tres personas sin ninguna razón previa para encontrarse, que ahora compartían una habitación. Una tríada de perfectos desconocidos que no hacia otra cosa más que influir en el transcurso normal del tiempo. El tiempo no avanza, se arrastra al estar con dos personas desconocidas, y por más que parezca, no es una desventaja. No es que tuviéramos mucho que hacer, más que conocernos.

“¿Quién eras?”. La pregunta estaba dirigida a Gabriel, que se miraba las manos sentado en un rincón. El silencio indicaba claramente que estaba ordenando sus pensamientos, buscando algún lugar para empezar, tratando de encontrar aquel momento en que uno deja de vivir para empezar a ser algo, a ser alguien.

“Trabajé por primera vez a los 17 años, en un local de Mc Donalds alejado del centro. Era la única manera de tener dinero para mis gastos. Ya me habían dejado bien en claro mis padres que no iban a cubrir de ninguna manera los gastos que no estuvieran relacionados con mi educación. Disfrutaba del trabajo de una manera masoquista. Aunque Lo hacia lo suficientemente bien como para llegar a ocupar un puesto de virtual segundo encargado. Es decir, con muchas menos responsabilidades que un encargado que está por debajo del gerente, casi como un no tan principiante con mayores responsabilidades. De ahí que a mayores responsabilidades, mayores riesgos. Como cuando comencé a pensar que si el local se incendiaba, no lo iban a volver a abrir. Me equivoqué. Volvieron a instalar una replica exacta en el mismo lugar. Como si nada hubiera pasado. El negocio seguía siendo rentable. Por lo que lo intenté una segunda vez. Y de las cenizas surgió el mismo local. Y así seguí unas…”
“Unas seis o siete veces – corté el relato, una imagen se venía a mi cabeza – me enteré por haberlo leído en un diario que ya no recuerdo cual era. Nunca hubo muertos, sólo daños materiales.”
Pedro lo miraba como quien entiende pero quiere hacerse el idiota para no caer del todo en la situación.

“Todos pensaron que era una trágica casualidad. Lo extraño era que a medida que los incendios iban pasando, la cantidad de gente que visitaba el local era cada vez mayor. Aunque ya visitaban el nuevo local, o la cuarta o quinta versión del mismo. Por lo que mis ganas internas de destrucción no llevaban a otra cosa que a un exitoso implacable. Decidí que seguir insistiendo con esa táctica era inútil, por lo que renuncié.”

Pedro también tenía algo para decir.
“¿No fue en ese mismo local donde el manager o como se le diga, aniquiló a diez clientes, masacró a los seis empleados después de atrincherarse durante una hora?”
Ese tipo se situaciones se fueron dando cada vez más. Solían pasar desapercibidas en las primeras planas, mientras la atención se enfocaba más que nada en las notas estúpidas de color y la pelea por los inútiles espacios de un poder que ya no sirve.

“Es por eso que no me dijeron nada cuando renuncié. Habían pasado tres días desde que había renunciado. Mis padres estaban enojados aún. Recuerdo que vinieron a abrazarme. Fue la única vez que lo habían hecho en mucho tiempo. También fue la última.”

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