Algunos días noto que me aferro demasiado a los sueños en esos momentos en que comienzo a despertarme. Sé que no hablo, porque nadie me escucha, porque todos siguen durmiendo como si nada, pero cuando empiezo a sentir el mundo real venir hacia mi, sé que me despierto gritando en silencio un “No” que queda retumbando en mis pensamientos. Inconcientes deseos de no estar y al despertar, descubro que debe haber gente que está peor. O que directamente no debe estar.
“A pesar de todo debemos vivir” dice Pedro, que siempre busca razones para que sigamos. Perpetuo idealista, nos empuja como si fuera el más joven de todos nosotros. Como si hubiera sido el que nunca hubiera sufrido nada. Tiene fuerzas extraídas del vacío. Siento como si el resto hubiéramos perdido un hijo y matado a una esposa.
“¿En qué año fue la guerra de Malvinas?” pregunta Pedro al aire. Y todos decimos a la vez, como si fuera un mantra: 1982… 1982… 1982. Seguimos recordando que fuimos algo, que somos algo, que donde empezamos a olvidar, comienzan los problemas. La memoria es una amante infiel. Vivíamos presos de nuestra modernidad. Queríamos libertad, pero en el fondo no sabíamos que hacer con ella.
Pedro tiene esa mirada de preocupación, que a veces se le escapa. Es una fuga hacia el horizonte como buscando algo. Cuando lo descubro siempre hace algo para llamar mi atención. Evidentemente hay algo que no quiere que sepa.
Extraño la uniformidad de las luces eléctricas. Ahora que todo es fuego y combustibles, las luces danzan y nuestros ojos con ellos. Pedro organizó un club de lectura. Tratamos de no leer de noche para no tener que generar luces artificiales. Gastar menos, ocultarse más. Constantemente estamos esperando que vuelvan a aparecer los hombres armados, alguna ambulancia acechando y principalmente aquellos que en algún momento fueron humanos.
Cambiamos de lugar otra vez. Dejamos un quinto piso en una calle angosta, por un octavo cerca de una avenida. Todo fue muy limpio, apenas tuvimos que arrojar dos cuerpos por el balcón para acondicionar nuestra nueva morada. Uno de ellos rebotó en la luneta de un auto que evidentemente estaba mal estacionado. El otro se enganchó de manera circense en una luminaria. La gravedad suele tener humor negro. Nuestro plan de movimientos tiene una regularidad de tres días. Salvo casos de emergencia en que debamos desplazarnos con rapidez. Marcamos una pared con un palote por cada vez que pasamos. Nadie sería capaz de descubrir que ese es nuestro código.
Los últimos días noté que Pedro se levantaba por los noches. La primera vez que lo vi pensé que era sonámbulo, pero sus movimientos no eran tan erráticos. Intentaba quedarme despierto para observar cuando regresaba pero me resultaba imposible. Durante cinco noches seguidas me desperté a la mañana, y él estaba allí, durmiendo como si no hubiera pasado nada. El sexto día, cuando desperté, ya no estaba allí. Aun sin querer despegar los ojos, entumecido y sobresaltado lo llamé por su nombre. No escuché ninguna respuesta. Lourdes y Gabriel abrían sus ojos, pero sólo uno de ellos preguntó que pasaba. “Pedro no está. Lo vi salir, como varias noches antes de que el sol salga.”
“¿Por qué no nos pusiste al tanto?” dice Lourdes con cierta cara de enojo.
Le comento que no me pareció una situación que tuviera que mencionar. “Deberías hablar más y pensar menos” dice ella. Pero ya no sé si está enojada o que. Nos preparamos como para hacer lo inevitable. Salir a buscarlo es la única opción. Ser menos de cuatro nos deja muy indefensos. Dentro de nuestro ideal, nos hace imperfectos. Somos demasiado cuadrados como para perder un lado. Nuestras falencias son geométricamente equiláteras. Como en todo grupo que se precie de tal, donde falla uno, triunfa el otro. Hasta que nos enfrentemos con nosotros mismos.
Al salir a campo abierto, siempre esperamos cualquier cosa. Nunca avanzamos caminando por el medio de la calle, siempre por la vereda, siempre pegados la pared. Así y todo, Pedro nos sorprende.
“¿Desayunaron?” pregunta, como si fuera uno de los días más normales de la historia de la humanidad.
“Si, nos tragamos tu ausencia. Sin café, sin nada.” le dice Gabriel mientras cariñosamente le da un golpe en el brazo. Si, siguen pareciendo padre e hijo, e inconcientemente los debe envolver esa nube tan familiar. Pérdidas que se encuentran en lugares y situaciones inhóspitas. Es probable que seamos lados perfectos.
“Ya que tienen todo encima. Vengan conmigo que les voy a mostrar lo que estuve preparando.” dice Pedro, y por un segundo tiene esa mirada perdida en el horizonte. Mi costado de pensamientos más terrible me hace presuponer que lo estamos perdiendo. Que finalmente va a caer en la locura de perder toda la parte humana que tiene. Esa mirada perdida me hace creer que se volverá uno de ellos, que tendremos que abandonarlo antes de que comience a automutilarse, antes de que venga por nosotros balbuceando frases incoherentes. Se acerca, siento su respiración junto a mi oído y dice: “No se te ocurra mirar para atrás en ningún momento. Actúa como si todo fuera normal.” Me da un abrazo, y lo primero que deseo es llevarle la contra. Quiero ver lo que vio. Caminamos un par de cuadras, cinco, seis, unas nueve en total. Y tengo que actuar que camino despreocupadamente. Nunca fui buen actor, nunca pude mentir descaradamente. Espero no se note al caminar. Gabriel patea una lata de gaseosa. La deja para no hacer ruido. Pegados a la pared no nos damos cuenta donde estamos, cuando Pedro nos aclara que llegamos a destino. Estamos frente a un cine. Se llama Opera, lo que no lo hace muy original. Ya que con ese nombre debe haber uno en todas partes.
“Lamento decir que no podremos ver una película completa.”- Pedro comienza con su pequeño discurso- “encontré el comienzo de La vida de los otros, primer rollo supongo, la mitad de American Pie, unos cuantos minutos de Memento, y el último rollo del Señor de los Anillos: Las Dos Torres. También me las arreglé para conseguir un poco de pochoclo, y les voy a decir que fue la tarea más difícil.”
Entramos en la sala, y es una de las típicas de barrio. No muy grande, con buen acústica, y desprovista de las últimas tecnologías en sonido, completamente virgen de los espejitos de colores del 3D.
El motor del generador para el proyector apenas se escucha dentro de la sala. Simulamos que hay más gente en el cine y que resulta difícil encontrar un lugar. Abucheamos y silbamos cuando se apaga la única luz que ilumina el lugar. Cumplimos con todos los rituales. Somos tres niños que por primera vez nos llevaron al cine. Tenemos la inocencia perdida y ganada en todo este tiempo. Aplaudimos cuando comienza. Pedro hizo y hace posible todo esto. Nos sentimos únicos por algunos momentos. Es probable que nadie esté haciendo esto, y eso nos hace sentir grandiosos y tristes a la vez. Nos reímos con American Pie por más que la hayamos visto muchas veces. El final con el Señor de los Anillos suena perfecto y lo esperamos impacientemente. Aunque la historia quede abierta. El personaje de Memento tiene problemas de memoria y de personas. En una escena poco trascendente, la pantalla se queda en blanco, y nosotros esperando las torres. Obviamente, empezamos a abuchear pidiendo que nos devuelvan el dinero de la entrada. Nos levantamos con ánimos de invadir la cabina de proyección, pero al llegar no encontramos a nadie. Sólo al generador y el proyector girando sobre la nada. Pero de Pedro, ninguna señal.
Escuchamos un disparo. Por un segundo creemos que todavía puede venir de la película, nos dura el entusiasmo, pero volvemos a la realidad y recordamos que la pantalla está en blanco. El ruido vino de afuera y ahora acompañado por un grito de dolor. No tenemos duda de que proviene de la entrada y es allí donde vamos. Lourdes se queda apagando el equipo para evitar que se queme el proyector, lo dice de una manera que parece entender del tema.
A tono con la temática del día. Encontramos una escena digna del final de una película. Nos quedamos parados en la puerta del cine, mientras observamos a Pedro con un arma en la mano, y a un hombre, arrodillado sobre unas cuantas manchas de sangre con un gesto que estaría balanceado entre el odio y el dolor. El hombre a medio arrodillar, sostiene su mano sobre la rodilla izquierda, donde evidentemente se está comenzando a desangrar. A un metro de él, junto a la taquilla del cine hay un rifle con una mira telescópica.
“Este sujeto nos venía siguiendo hace días. Primero noté el reflejo de la mira, a plena luz del sol. Fue el día que jugamos la carrera de una cuadra, ¿lo recuerdan? No quería alarmarlos. Siempre estuvo a distancia. Y mientras preparaba esto del cine, también me estuvo vigilando. Siempre de lejos. Yo siempre esperando que apriete el gatillo.”
“No tengo balas” se le escuchó decir entre gemidos.
“¿Dónde está Lourdes? ¿Por qué la dejaron sola?” dijo Pedro con aires de autoridad.
“Se quedó apagando el equipo, para evitar que se quemara. Eso dijo. - se escucharon pasos detrás nuestro – ahí viene.”
Los pasos se escucharon altos y claros, bajando la escalera junto al hall de entrada, acercándose a la puerta con rapidez. El silencio sólo se veía interrumpido por los gemidos del francotirador impotente, que intentaba detener como podía la hemorragia con su mano izquierda.
Todos pensamos todo el tiempo como reaccionaríamos a situaciones hipotéticas. De esa manera nos vamos preparando para cuando la realidad nos las arroja contra la cara de manera estrepitosa. Cuando la realidad sucede, ya hemos ensayado mentalmente si vamos a llorar, si nos vamos a reír, si vamos a salir corriendo o si lo vamos a enfrentar. Al menos ese es mi modelo de proceder. Otros dirán que es como si siempre te avisaran que te van a hacer una fiesta de cumpleaños sorpresa. Pues a mi no me gustan. Prefiero estar siempre preparado. Uno puede estar listo para cualquier cosa, pero creo… que nada te prepara para salir de un cine y encontrarte con que en el medio de un charco de sangre y con un tiro en la rodilla está tu padre. Al menos, Lourdes, nunca esperaba eso.