Informe de las horas que vendrán

Novela Blog

No estamos muertos.
We’re not dead.
Ons is nie dood nie.
Ne nuk jemi të vdekur.
Մենք չենք մեռած.
Мы не мёртвыя.
No estem morts.
Mi nismo mrtvi.
Nejsme mrtví.
Vi er ikke død.
We zijn niet dood.
Me ei ole surnud.
Kami ay hindi patay.
Emme ole kuollut.
Nous ne sommes pas morts.
Non estamos mortos.
Wir sind nicht tot ist.
Δεν είμαστε νεκροί.
અમે મૃત નથી.
Nou pa mouri.
אנחנו לא מתים.
Nem vagyunk halottak.

No.

Estábamos con la mejor cena del mundo. El sólo hecho de su existencia la transformaba en eso. No salíamos hace días. El clima no era el mejor afuera. El invierno en estos casos ni siquiera sirve para inspirar una escena melancólica. Estábamos cenando y de repente todo se puso negro. Negro color inconsciente.
Me despierto en una celda de aislamiento. Obviamente solo, obviamente aislado. Levemente aturdido aun. Pruebo si la puerta se abre, sin suerte. La golpeo tres o cuatro veces, sin obtener respuesta. Hace tiempo me hubiera gustado tener una habitación así en mi departamento. Una habitación en el que el mundo no entrara. Una habitación donde los limites estuvieran extremadamente definidos.
Tu cabeza es esa habitación
Nuestro nuevo amigo, el doctor Recalde probablemente me brindó una cena especial. ¿O lo fue para todos? Lo único que falta es que nuestro amigo el doctor esté experimentando con nosotros. Me miro las manos para saber que siento los dedos. Imágenes de escalofríos me asaltan. Nunca terminar como ellos. Es algo que deberíamos haber prometido.
Golpeo una de las paredes como para que alguien me responda del otro lado. Es inútil gritar. No escucho voces, pero si golpean. Tres o cuatro y se cortan. ¿Quién estará del otro lado? ¿Pedro? ¿Gabriel? ¿Habrá encerrado también a su hija? ¿Y si empiezo a olvidar? ¿Y si dejo de preguntar?
La ventana tiene una puerta, o la puerta tiene una ventana. Se abre, veo un rostro que desde el rincón en el que estoy sentado no logro distinguir. Se queda observándome, va y viene. Me acerco y es Lourdes. Entonces ella no está encerrada. Y veo detrás de ella y están los demás. Soy yo sólo. ¿Hace cuanto tiempo que estoy acá? Cierra la ventanita y otra vez me quedo adentro. De nuevo al rincón. Pasan los minutos y escucho la puerta abrirse.
Salí – me dice Recalde. - Ahora le toca a ella.
“Si me hubieran querido ahí adentro, me podían haber pedido que entre solo y no por la fuerza de estar dormido”
Teníamos que hacerlo si o si de esa manera. - dice – las condiciones tienen que ser distintas para todos.
Siempre soy el que tiene que entender.
Tengo una teoría. Dice Recalde. Y estoy tratando de probarla. Sin que suena a perorata de autoayuda. Ustedes están sanos porque están juntos. Sus cabezas, para decirlo de alguna manera simple, transmiten a determinada frecuencia, que mantiene sus cerebros en sintonia. Es muy probable que si se separaran por algunos días, todos a caerían en la misma condición que hemos visto con todos los que están afuera.
¿Y como explicamos a los hombres armados que van recorriendo la ciudad? - dice Pedro.
Otras configuraciones de lo mismo. Otras frecuencias.
¿Entonces ya tenemos algo? Le digo. Y su rostro indica más dudas que certezas.
“Tener una teoría no es malo. Peor seria que siguiéramos en la nada. Como cuando estabas encerrado en tu departamento. Yo escribí con aerosol lo de “Sal, Neville” en la pared de tu edificio. No pude evitar la ironía. Y si. Te estábamos vigilando desde aquel momento. Básicamente vos lo sabias. Pero pensabas otras cosas. Te vimos un par de veces por las cámaras de seguridad vial. Hasta que dejaron de funcionar. Todos fueron sujetos de estudio.”
Y ahora tenemos que seguir confiando en él.
“Que se hayan juntado es un poco debido a la casualidad. Pero si no hubiera sucedido, habríamos procedido de otra manera. Si, tenemos nuestros métodos.”
Habla como si fueran muchos. Pero claramente está solo.
Un poco. Y nosotros.

Llegar a un nuevo lugar produce una de esas sensaciones que podrían definirse como únicas. No es vagancia de metáfora,, es que por más que uno se esfuerce, llegar a un lugar al que nunca se ha visitado es como llegar a un lugar nuevo. Y punto. Tantas imágenes mentales me había hecho durante el pasado sobre los hospitales psiquiatricos en general, ante el miedo de terminar internado ante un poco probable quiebre mental, que recorrer este psiquiatrico en particular resultó a priori una experiencia agradable. Los detalles escabrosos arruinaron luego la experiencia.
En contra posición con el desastroso mundo exterior, los pasillos y las habitaciones de todas las plantas no eran lo que esperábamos. Parecía como si se hubieran ocupado de que todos y cada uno de los puntos del lugar estuvieran confortablemente impolutos.
“Luego de que se desató la crisis” empezó a hablar el padre de Lourdes “fue mucho más fácil trasladarnos aqui que mover a los sujetos de estudio a nuestro laboratorio”.
Comenzaron a estudiar a aquellos que ya tenían patologías declaradas. Creyendo que allí estaba el centro de la cuestión. Una manera de limpiarle las culpas a aquellos aparentemente sanos. La primera vez que tuve una mascota, fue un perro. Dos años vivió. “No critiquen de antemano cuando vean a los que aun tengo encerrados, ya entenderán cuando les muestre porque lo hago”.
Eran celdas. Una al lado de la otra. Dentro de ellas había personas como nosotros. Sanas en su apariencia. Miraban tan perdidos como confusos. “Ya verán, ya verán” no paraba de repetir el padre de Lourdes.
Antes no queríamos venir. Dudábamos. Y ahora estábamos disfrutando de una comida como no lo hacíamos hace mucho tiempo. El placer de comer algo que no provenga de una lata era algo que practicamente teníamos olvidado. “Coman tranquilos que tenemos reservas para largo”. El silencio era total. Sólo interrumpido por el sonido de los cubiertos al chocar. “Tenemos agua de pozo, por lo que tampoco nos va a faltar”. El papel de anfitrión al padre de Lourdes le caía bien. Ella no se sentaba a su lado. La nueva situación a Gabriel le caía bien, y estaba sentado junto a él, disfrutando de la comida.
No había más gente en el lugar. A excepción de los que estaban encerrados. Algunos habían sido colaboradores del padre de Lourdes, y no encuentro por ningún lado su nombre. No lo recuerdo. ¿Lo habrá dicho? Y nuevamente la duda constante, la insistencia inconsciente de que algo en mi cabeza está cambiando. Ya no sólo es la experiencia de haber afrontado el vivir la libertad de ausencia de encierro. Físico en mi departamento, mental en mis pensamientos. No sueño. Hace días. No hay realidad de la que escaparse si estás tan dormido como despierto. En un perchero junto a una puerta, hay colgado un guardapolvo blanco con una identificación. Miguel Recalde. Y su foto. Levemente actualizada. Los últimos meses lo han tenido a mal traer. Es y no es el mismo que era. Los meses que han pasado lo han alejado notablemente de esa imagen. Un poco a todos nos ha pasado. No es que se pueda hacer mucho por la imagen cuando lo que más te preocupa es la vida. ¿En que estaba pensando? Que debería dormir.
Me despierto. Desayunamos. Liviano. No es cuestión de abarrotarse ante la ausencia de escazes. Nuestra habitación era especial para dejar afuera todos aquellos sonidos que venian interrumpiendo mi sueño en los últimos meses. Eso y la ansiedad por saberme despierto luego del descanso. Y no vagando sin conciencia entre otros seres sin pasado, ni presente, ni futuro. Seres cuya memoria ya no existe. Cuyo pasado es una existencia negada. Siempre creí que de esa manera íbamos a vivir sin preocupaciones, sin tener que solucionar conflictos del pasado. Sin tener motivos de revancha, de venganza, sin historias de rencor. Pero aqui estamos, en nuestra nueva celda de lujo. Cambiamos cine por psiquiatrico, algo definitivamente en nuestras prioridades no anda bien. O si. ¿Cuantas veces habíamos visto los fragmentos de películas? Lo suficiente como para que se vuelvan predecibles. Como algunos movimientos nuestros. Como algunas cosas que cuento. Como algunas palabras que digo. Miguel Recalde. Padre, ¿científico? Y ahora nuestra supuesta salvación. ¿Pero salvación de qué?

Nunca se debe decir que está todo bien cuando alguien te pregunta por tu estado. Siempre recuerdo una de las anécdotas que alguien contaba en aquel trabajo municipal que en algún momento tuve. Un amigo de un amigo de un amigo, como suelen empezar las anécdotas, estaba manejando por una ruta. Se detiene a descansar unos minutos para estirar las piernas. Deja el auto a un costado de la ruta, y llama al destino que tiene que arribar. Tan entretenido está en su conversación que no nota el camión que sale de la ruta, porque el camionero se quedó dormido. El auto, intacto, lo vendieron dos meses después a un precio razonable. A él lo enterraron tres días después a cajón cerrado. Y el número de la linea lo tiene otra persona que ya no lo usa. Por eso, cada vez que Pedro preguntaba como estábamos, trataba de responder cualquier otra cosa menos “Bien”. Así y todo, las cosas espantosas seguían sucediendo.
Es tan difícil acostumbrarse al traslado. El cine, era como un resquicio no solo materia, si no también lúdico. Nuestras mentes, aisladas del perpetuo exterior aterrador, sufrían de un ficticio descanso inundado inconscientemente por el suspenso de ser atacados o invadidos en cualquier inevitable momento. Stop.
Nuestro cine ahora estaba plagado de ellos. Entraron silenciosamente y ni siquiera podíamos soñar con tener balas como para matar a varios de ellos. Ahora eran otros espectadores, de otra función completamente distinta que disfrutaban de lo que habia sido nuestra sala.
A diferencia del plan anterior del padre de Lourdes, ahora nos dirigiamos voluntariamente al laboratorio donde había estado trabajando hasta ese momento. Portabamos todo lo que habíamos podido manotear ante la urgencia de tenerlos tan cerca, extendiendo sus brazos con sus dedos mordisqueados, y también llevábamos con nosotros lo más parecido a una esperanza a punto de perderse.
Caminamos por las calles, ya sin esas metas que cada uno se imponía dia a dia para poder darle un cierre adecuado y dormir con esa intranquila sensacion de paz, y que uno ha hecho algo por el lunes, por el martes, por el miercoles. Pero todo era repetición. Eventualmente, vendrá otro lunes, otro martes, otro enero, otro octubre. Ya a esta altura careciamos de esto. Abrir los ojos ya era una sorpresa. Observar los paisajes artificiales netamente cambiados. Caos. Creación de entornos.
Uno detrás de otro caminabamos por una vereda esquivando obstáculos, tratando de no llamar la atención. Al estar por primera vez tanto tiempo fuera, la invasión visual podría estar transformándose en un exceso. Confiaba en mi memoria, pero había lugares que evidentemente nunca había visitado. No sólo en lo que al mundo físico respecta, sino también en lo puramente mental.
“Les va a gustar el lugar” decía el padre de Lourdes cada tanto. Rengueaba mal, o rengueaba bien, con todos los defectos posibles. Cada tanto se apoyaba en una pared, como si buscara algo caído en el suelo. Esa frase, repetida con insistencia, se convertía en una advertencia. Por lo general, te está n prometiendo que vas a ir a un paraíso, pero terminas entrando en la cámara de los horrores. Típica utilización de las falsas expectativas como psicología inversa.
Aceleramos el paso cuando a lo lejos escuchamos disparos. No lamentamos ninguna víctima en una guerra que no parece ser nuestra. No hay trincheras, no hay bandos, no hay Generales.
Gabriel habla mientras caminamos. “Creo haberme dado cuenta de como venia la vida la primera vez que me enseñaron a andar en bicicleta. No me dejaron usar rueditas. Simplemente estaba arriba. Mi tío me empujó unos metros y me soltó. Resumiendo. Es una mezcla de emoción y miedo, hasta el punto que te enfrentas al momento en que estás más cerca del suelo que del equilibrio. Y mientras te estás levantando y empezando a sentir el dolor de algún que otro raspón, escuchas una voz de fondo que te dice: Pero no seas maricón, levantate y seguí aprendiendo a andar…”
“No falta mucho” dice el padre de Lourdes, después de haber caminado una media hora hacia el norte de la ciudad. Una zona donde el verde se acentúa un poco más, donde los parques solían ser un lugar de distracción. Ahora no eran más que una alfombra para acumular pilas de cadáveres.
Esperábamos encontrar uno de esos laboratorios de empresas internacionales, que en el subsuelo esconden más laboratorios, que siempre preparan algún virus secreto que por alguna razón que nunca sabemos se les escapa y pone en riesgo a la humanidad. No, con eso no nos encontramos. Coronando el parque, detrás de una arboleda, se encontraba un hospital psiquiatrico. El San Benito. Centro de muchas críticas, centro de rehabilitación. Destino de las más variadas personas. Incluso, algunos que nunca deberían haber pasado sus días allí.
Quizás, personas como nosotros.

En lo que obviamente es un sueño, abro los ojos y Pedro le esta apuntando con la pistola en la cabeza al padre de Lourdes. Es probable que me este sintiendo un poco cansado, como simetría estuviera perdiendo fragmentos de lo que sucede, de lo que se supone es mi historia. Probablemente sea mi turno de empezar a olvidar, y no me he dado cuenta. En este sueno, Pedro le apunta en la cabeza al padre de Lourdes diciendo que planea llevársela para continuar con las investigaciones en su laboratorio de “mierda”. Cito textualmente. Me voy a despertar en cualquier momento y será de noche. Todo estará a oscuras y apenas se distinguirán las butacas en la oscuridad. Nuestro cine es nuestra función continuada. Irónicamente deberíamos estar proyectando “Que Bello es vivir”. Dejando de lado los típicos análisis de los periodos oníricos, siento como si estuviera pensando demasiado. Cierro los ojos y pienso en despertar. “no pensas hacer nada?” dice Pedro, una o dos veces hasta que abro los ojos y el cansancio es traición para los sentidos. “por algún lado teníamos una soga, busquenla”. Lourdes esta muda detrás de una butaca, parece más chica de lo que es. Probablemente este deseando volver el tiempo atrás, cuando creía que su padre estaba muerto. Cuando éramos nada mas que cuatro. Por momentos yo deseo lo mismo. Quisiera volver el tiempo atrás, cuando era solamente uno. Sin tantas voces llenándome la cabeza, sin tantas caras con sus gestos. Con algunos ojos escudriñando desde los porta retratos como mucho, pero con todos los filtros que posibilita la modernidad para eliminar la inmediatez en la comunicación, y que ni hubiéramos llegado nunca a este punto.
Gabriel nos dice.
He dejado de escribir historias inventadas para escribir aquellas cosas que quiero que nos sucedan. En otras hojas escribo mis recuerdos. Me da miedo olvidar. En algún momento estas hojas serán mi refugio cuando mire hacia atrás y todo se vea borroso.
Ya no lo cuenta como si fuera una posibilidad. Básicamente, lo da por hecho.
Pedro explica todo. El padre de Lourdes quería llevársela por la fuerza. Decidido a transformarla en un objeto de estudio. Justificaba su accionar en como padre le daba derecho a velar por su seguridad y que si no había sufrido de ninguna condición hasta este momento, era necesario estudiarla para ver la posibilidad de que exista una cura. Una cura para algo que creían completamente irreversible. Nunca debí dejarte ir, dice, sin dejar de mirarla a los ojos.
“Creí que tu madre se iba a salvar, que por alguna razón, la falla en todos los enfermos era una cuestión genética, pero ahora que te veo, me doy cuenta que no. Ella también se enfermó. Supongo que estará encerrada en el laboratorio junto a los otros. Esperando que encontremos una cura. Asi y todo, supongo que te vas a negar a acompañarme.”
“Acompañarme” era un eufemismo según Pedro, cuando vio que el padre intentaba llevarse por la fuerza a Lourdes. ¿Y si el padre tenia razón? ¿Y si existiera la posibilidad de una cura? Nuestro conocimiento se basaba simplemente en tocar de oído. La desolación de todos nuestros paisajes nos llevaban a pensar que solo debíamos salvar nuestro mundo privado. Que el todo ya era la nada. Que movernos de a muchos en esta parte de la ciudad ya era peligroso, que el cine era nuestro refugio. En otros momentos también habíamos optado por refugiarnos en el cine, escapando de la realidad, y ahora estábamos en lo mismo.
“¿Qué seguridad tenemos allá?” Fue mi pregunta.
Continuamente nos estábamos desconfiando. Nos mirábamos de reojo como pensando en que momento íbamos a comenzar a desvariar. El espiral que nos lleva a la inconsciencia.
Esta historia continua de alguna manera.
En plena discusión desatendemos nuestro entorno. Que nos quedamos, que nos movemos, que el cine es un lugar seguro y cómodo, que si existiera la posibilidad de una cura deberíamos hacer algo. Lourdes en el fondo no cree que su padre esté mintiendo, y es posible que no podamos entenderla.
Tomar un helado sentado en la plaza junto unos amigos.
No los vimos llegar, y están todos junto a la puerta. Silenciosos, se arrastran, palabras sin razón. Caminan, con los brazos a los costados, agitándolos, tiemblan. Nuestro refugio ya no es lo que era. Es nuestra ultima función en el cine. A simple vista y con esa habilidad policíaca uno podría decir que eran unos 200. Tapando la entrada del cine por completo. Y nosotros discutiendo estupideces. O no tanto.
La parte de atrás del cine estaba completamente despejada. La puerta de emergencia da un callejón que desemboca directamente a la avenida principal. El padre de Lourdes puede caminar con cierta dificultad, la herida aun no ha sanado y nuestras preocupaciones tampoco. Nos espera el lugar elegido por él. Nunca es malo un cambio de aire, aunque sea de una manera tan obligada.

El cine era nuestra nueva base temporal. Éramos un numero más. Cinco contando la aparición levemente inesperada del padre de Lourdes. Tuvimos que utilizar todos los pocos recursos de primeros auxilios disponibles para evitar una desgracia aun mayor. Pronto deberíamos ir a saquear alguna farmacia para asegurarnos algunas provisiones. Cada vez quedaban menos negocios con provisiones útiles.
“Admiro la suerte que han tenido de encontrarse” fue una de las pocas cosas que pudo decir el padre de Lourdes mientras lo curábamos. “Admiro la puntería de tu amigo. Probablemente mi rotula nunca vuelva a ser la misma. Si es que logra cicatrizar.”
- Nada personal. – dice Pedro. – pero realmente temía que fueras uno de los que están limpiando la ciudad.
“Tuve que evitarlos también y estoy convencido que no tienen nada que ver con algo que en otro momento podríamos haber llamado gobierno. ¿Hace cuanto que los vengo siguiendo? Hace muchos días. ¿Por qué nunca entré en contacto con ustedes? Por temor a un supuesto contagio. Contagio que no existe. Lo tienes o no. Es una pequeña bomba de tiempo dentro de cada persona. Es cuestión de tiempo para que aparezca. Si, existen síntomas, pequeños avisos de que puede llegar a pasar.”
- La pérdida de recuerdos. – dice Pedro.
“Exactamente. – continua hablando el padre de Lourdes – un deterioro completamente acelerado de ciertas zonas del cerebro. ¿La causa? Teníamos algunas sospechas cuando estábamos trabajando en el laboratorio. Pero no llegamos a descubrir nada. De un día para otro tuvimos los primeros casos entre mis colegas. Un compañero terminó muriéndose luego de comerse ambos pies. Simplemente no nos dejaban matarlos. Teníamos que ver hasta donde llegaban. Luego tuvimos que ir encerrando uno a uno a nuestros colegas. Lo increíble era que en la sangre no tenían nada. Permanecía sin alteración alguna. El problema… está en otro nivel. Quedábamos dos, trabajando a contra reloj, prácticamente no volvía a mi hogar, y ella es testigo de eso. Yo terminé encerrando a mi ultimo compañero cuando me comentó que no podía leer una oración de corrido. Ya no quedaban celdas libres, por lo que decidí irme. Y aquí me tienen. ”
Le contamos del juego que llevamos adelante para hacer una especie de inventario de nuestros recuerdos. Nos dice que simplemente no sirve para nada. Que pueden mantenerse los recuerdos a largo plazo y desaparecer los recuerdos recientes, que podes olvidarte de algunas cosas, pero otras zonas del cerebro puede comenzar a desactivarse. Como entretenimiento está bien, pero dice que tiene cero utilidades. Con ese comentario, básicamente nos ha quitado esperanzas. Era como una salvaguarda a la hora de protegernos.
Es evidente que con la memoria que tengo, nunca voy a ser feliz. La felicidad completa es poder asumir, mediante un olvido, que la vida que poseemos ahora es mucho mejor. Pero esto, y el problema que se presenta ante la espantosa transformación que implica el olvidar, me ha sumido en una duda plenamente intolerable. Nos escuchamos, nos observamos. Y encima ahora, gracias a los consejos del padre científico de turno, descubrimos que nuestro juego de preguntas era un placebo. ¿Qué más nos debe faltar? ¿Es nuestra historia un callejón sin salida? ¿En que momento dejaré de hacer un racconto mental de nuestros días, para transformarme en un ser monopensante y autodestructivo?
La humanidad siempre se mantuvo viva, y ahora más que nunca, por la memoria. Salvación y condena al mismo tiempo. Era obvio que queríamos saber más. Estábamos llenos de preguntas. El padre de Lourdes quizás tendría algunas respuestas más. Pero su rostro no nos mostraba otra cosa más que un cansancio eterno. Se durmió con una mano en su rodilla. Y entre sueños murmuraba palabras que no llegaba a entender.

Algunos días noto que me aferro demasiado a los sueños en esos momentos en que comienzo a despertarme. Sé que no hablo, porque nadie me escucha, porque todos siguen durmiendo como si nada, pero cuando empiezo a sentir el mundo real venir hacia mi, sé que me despierto gritando en silencio un “No” que queda retumbando en mis pensamientos. Inconcientes deseos de no estar y al despertar, descubro que debe haber gente que está peor. O que directamente no debe estar.
“A pesar de todo debemos vivir” dice Pedro, que siempre busca razones para que sigamos. Perpetuo idealista, nos empuja como si fuera el más joven de todos nosotros. Como si hubiera sido el que nunca hubiera sufrido nada. Tiene fuerzas extraídas del vacío. Siento como si el resto hubiéramos perdido un hijo y matado a una esposa.
“¿En qué año fue la guerra de Malvinas?” pregunta Pedro al aire. Y todos decimos a la vez, como si fuera un mantra: 1982… 1982… 1982. Seguimos recordando que fuimos algo, que somos algo, que donde empezamos a olvidar, comienzan los problemas. La memoria es una amante infiel. Vivíamos presos de nuestra modernidad. Queríamos libertad, pero en el fondo no sabíamos que hacer con ella.

Pedro tiene esa mirada de preocupación, que a veces se le escapa. Es una fuga hacia el horizonte como buscando algo. Cuando lo descubro siempre hace algo para llamar mi atención. Evidentemente hay algo que no quiere que sepa.
Extraño la uniformidad de las luces eléctricas. Ahora que todo es fuego y combustibles, las luces danzan y nuestros ojos con ellos. Pedro organizó un club de lectura. Tratamos de no leer de noche para no tener que generar luces artificiales. Gastar menos, ocultarse más. Constantemente estamos esperando que vuelvan a aparecer los hombres armados, alguna ambulancia acechando y principalmente aquellos que en algún momento fueron humanos.

Cambiamos de lugar otra vez. Dejamos un quinto piso en una calle angosta, por un octavo cerca de una avenida. Todo fue muy limpio, apenas tuvimos que arrojar dos cuerpos por el balcón para acondicionar nuestra nueva morada. Uno de ellos rebotó en la luneta de un auto que evidentemente estaba mal estacionado. El otro se enganchó de manera circense en una luminaria. La gravedad suele tener humor negro. Nuestro plan de movimientos tiene una regularidad de tres días. Salvo casos de emergencia en que debamos desplazarnos con rapidez. Marcamos una pared con un palote por cada vez que pasamos. Nadie sería capaz de descubrir que ese es nuestro código.

Los últimos días noté que Pedro se levantaba por los noches. La primera vez que lo vi pensé que era sonámbulo, pero sus movimientos no eran tan erráticos. Intentaba quedarme despierto para observar cuando regresaba pero me resultaba imposible. Durante cinco noches seguidas me desperté a la mañana, y él estaba allí, durmiendo como si no hubiera pasado nada. El sexto día, cuando desperté, ya no estaba allí. Aun sin querer despegar los ojos, entumecido y sobresaltado lo llamé por su nombre. No escuché ninguna respuesta. Lourdes y Gabriel abrían sus ojos, pero sólo uno de ellos preguntó que pasaba. “Pedro no está. Lo vi salir, como varias noches antes de que el sol salga.”

“¿Por qué no nos pusiste al tanto?” dice Lourdes con cierta cara de enojo.
Le comento que no me pareció una situación que tuviera que mencionar. “Deberías hablar más y pensar menos” dice ella. Pero ya no sé si está enojada o que. Nos preparamos como para hacer lo inevitable. Salir a buscarlo es la única opción. Ser menos de cuatro nos deja muy indefensos. Dentro de nuestro ideal, nos hace imperfectos. Somos demasiado cuadrados como para perder un lado. Nuestras falencias son geométricamente equiláteras. Como en todo grupo que se precie de tal, donde falla uno, triunfa el otro. Hasta que nos enfrentemos con nosotros mismos.
Al salir a campo abierto, siempre esperamos cualquier cosa. Nunca avanzamos caminando por el medio de la calle, siempre por la vereda, siempre pegados la pared. Así y todo, Pedro nos sorprende.
“¿Desayunaron?” pregunta, como si fuera uno de los días más normales de la historia de la humanidad.
“Si, nos tragamos tu ausencia. Sin café, sin nada.” le dice Gabriel mientras cariñosamente le da un golpe en el brazo. Si, siguen pareciendo padre e hijo, e inconcientemente los debe envolver esa nube tan familiar. Pérdidas que se encuentran en lugares y situaciones inhóspitas. Es probable que seamos lados perfectos.
“Ya que tienen todo encima. Vengan conmigo que les voy a mostrar lo que estuve preparando.” dice Pedro, y por un segundo tiene esa mirada perdida en el horizonte. Mi costado de pensamientos más terrible me hace presuponer que lo estamos perdiendo. Que finalmente va a caer en la locura de perder toda la parte humana que tiene. Esa mirada perdida me hace creer que se volverá uno de ellos, que tendremos que abandonarlo antes de que comience a automutilarse, antes de que venga por nosotros balbuceando frases incoherentes. Se acerca, siento su respiración junto a mi oído y dice: “No se te ocurra mirar para atrás en ningún momento. Actúa como si todo fuera normal.” Me da un abrazo, y lo primero que deseo es llevarle la contra. Quiero ver lo que vio. Caminamos un par de cuadras, cinco, seis, unas nueve en total. Y tengo que actuar que camino despreocupadamente. Nunca fui buen actor, nunca pude mentir descaradamente. Espero no se note al caminar. Gabriel patea una lata de gaseosa. La deja para no hacer ruido. Pegados a la pared no nos damos cuenta donde estamos, cuando Pedro nos aclara que llegamos a destino. Estamos frente a un cine. Se llama Opera, lo que no lo hace muy original. Ya que con ese nombre debe haber uno en todas partes.

“Lamento decir que no podremos ver una película completa.”- Pedro comienza con su pequeño discurso- “encontré el comienzo de La vida de los otros, primer rollo supongo, la mitad de American Pie, unos cuantos minutos de Memento, y el último rollo del Señor de los Anillos: Las Dos Torres. También me las arreglé para conseguir un poco de pochoclo, y les voy a decir que fue la tarea más difícil.”
Entramos en la sala, y es una de las típicas de barrio. No muy grande, con buen acústica, y desprovista de las últimas tecnologías en sonido, completamente virgen de los espejitos de colores del 3D.

El motor del generador para el proyector apenas se escucha dentro de la sala. Simulamos que hay más gente en el cine y que resulta difícil encontrar un lugar. Abucheamos y silbamos cuando se apaga la única luz que ilumina el lugar. Cumplimos con todos los rituales. Somos tres niños que por primera vez nos llevaron al cine. Tenemos la inocencia perdida y ganada en todo este tiempo. Aplaudimos cuando comienza. Pedro hizo y hace posible todo esto. Nos sentimos únicos por algunos momentos. Es probable que nadie esté haciendo esto, y eso nos hace sentir grandiosos y tristes a la vez. Nos reímos con American Pie por más que la hayamos visto muchas veces. El final con el Señor de los Anillos suena perfecto y lo esperamos impacientemente. Aunque la historia quede abierta. El personaje de Memento tiene problemas de memoria y de personas. En una escena poco trascendente, la pantalla se queda en blanco, y nosotros esperando las torres. Obviamente, empezamos a abuchear pidiendo que nos devuelvan el dinero de la entrada. Nos levantamos con ánimos de invadir la cabina de proyección, pero al llegar no encontramos a nadie. Sólo al generador y el proyector girando sobre la nada. Pero de Pedro, ninguna señal.

Escuchamos un disparo. Por un segundo creemos que todavía puede venir de la película, nos dura el entusiasmo, pero volvemos a la realidad y recordamos que la pantalla está en blanco. El ruido vino de afuera y ahora acompañado por un grito de dolor. No tenemos duda de que proviene de la entrada y es allí donde vamos. Lourdes se queda apagando el equipo para evitar que se queme el proyector, lo dice de una manera que parece entender del tema.
A tono con la temática del día. Encontramos una escena digna del final de una película. Nos quedamos parados en la puerta del cine, mientras observamos a Pedro con un arma en la mano, y a un hombre, arrodillado sobre unas cuantas manchas de sangre con un gesto que estaría balanceado entre el odio y el dolor. El hombre a medio arrodillar, sostiene su mano sobre la rodilla izquierda, donde evidentemente se está comenzando a desangrar. A un metro de él, junto a la taquilla del cine hay un rifle con una mira telescópica.

“Este sujeto nos venía siguiendo hace días. Primero noté el reflejo de la mira, a plena luz del sol. Fue el día que jugamos la carrera de una cuadra, ¿lo recuerdan? No quería alarmarlos. Siempre estuvo a distancia. Y mientras preparaba esto del cine, también me estuvo vigilando. Siempre de lejos. Yo siempre esperando que apriete el gatillo.”
“No tengo balas” se le escuchó decir entre gemidos.
“¿Dónde está Lourdes? ¿Por qué la dejaron sola?” dijo Pedro con aires de autoridad.
“Se quedó apagando el equipo, para evitar que se quemara. Eso dijo. - se escucharon pasos detrás nuestro – ahí viene.”

Los pasos se escucharon altos y claros, bajando la escalera junto al hall de entrada, acercándose a la puerta con rapidez. El silencio sólo se veía interrumpido por los gemidos del francotirador impotente, que intentaba detener como podía la hemorragia con su mano izquierda.

Todos pensamos todo el tiempo como reaccionaríamos a situaciones hipotéticas. De esa manera nos vamos preparando para cuando la realidad nos las arroja contra la cara de manera estrepitosa. Cuando la realidad sucede, ya hemos ensayado mentalmente si vamos a llorar, si nos vamos a reír, si vamos a salir corriendo o si lo vamos a enfrentar. Al menos ese es mi modelo de proceder. Otros dirán que es como si siempre te avisaran que te van a hacer una fiesta de cumpleaños sorpresa. Pues a mi no me gustan. Prefiero estar siempre preparado. Uno puede estar listo para cualquier cosa, pero creo… que nada te prepara para salir de un cine y encontrarte con que en el medio de un charco de sangre y con un tiro en la rodilla está tu padre. Al menos, Lourdes, nunca esperaba eso.

Habían pasado los días estipulados por la suerte de los dados.
Es probable que hayan pasado más rápido de lo esperado. Al contrario de nuestros días vacíos de contenido, sentimos que todo se acelera cuando estamos esperando algo.
A pesar de estar amordazada la mayor parte del tiempo, Lourdes se mantiene bastante habladora. En cierto punto, creo que lo hace más que nada para molestarnos. Cada tanto es de soltar alguna que otra palabra sin sentido y disfruta ver como nos sobresaltamos.
“¿Estaban esperando que intentara matarlos, no? ¿Que empiece a automutilarme y a balbucear frases sin sentido no?”
Es una pregunta retórica. El silencio es nuestra mejor respuesta. Gabriel, no sin demostrar lentitud, camina hacia ella y la desata. Lourdes amaga con atacarlo mientras emite un gruñido tétrico, y Gabriel queda tirado en el suelo con los ojos abiertos. Se ríe a carcajadas, nos reímos, pero Gabriel no. Trata de disimular bajo un supuesto enojo su orgullo herido. “Asustado por una niña” dice, y sigue sin reírse.

Lourdes acepta las disculpas por los días pasados. Llega a la conclusión de que hubiera hecho lo mismo. Nos quiere dejar bien en claro que era verdad cuando nos dijo que mentía. Pedro relata lo visto dentro del hospital. Agregando más detalles. Las imágenes se vienen a mi mente. ¿Qué necesidad tiene el destino de hacernos enfrentar con una habitación repleta de recién nacidos que solo alcanzaron a tener su último aliento como premio por haber venido a este mundo? Allí estuvieron Pedro y Gabriel. Contando sin querer contar, mientras el horror detiene el tiempo. Congela las articulaciones. Uno desea huir. Pero la curiosidad y el morbo pueden más. Las resistencias internas parecen ser elásticas, y uno desea que no se rompan.

Pedro sigue con su juego de preguntas y repuestas para testear nuestros recuerdos. En un kiosco encontró golosinas y nos premia como si fuera un entrenador de perros. Al menos es divertido tener un momento de diversión entre tanta expectativa por nada de lo que pase. Cada tanto nos planteamos que deberíamos abandonar la ciudad. Pero no encontramos alguna razón para convencernos definitivamente. Sencillamente no nos vemos como granjeros en el culo del mundo, cosechando y cazando para vivir. Es probable que no seamos ese tipo de gente, aunque estamos lejos de convertirnos en seres carroñeros. Mientras tanto, somos un par de sobrevivientes. Escapando a diestra y siniestra de limpiadores y limpiados. ¿Hasta donde llegaríamos escapando? Posiblemente toda frontera existente se encuentre vigilada por aquellos que no quieren dejar salir a nadie por temor a que todo sea peor de lo que imaginan.

“¿Recuerdan cuando intentaban buscar una cura? Los gobiernos no hacia más que disimular sus propias falencias bajo acciones que sólo buscaban camuflar las calamidades por venir. Todo el tiempo buscando explicaciones. Prácticamente éramos una cinchada entre la esperanza de que todo vuelva a la normalidad y la cruda realidad. Ya lo dijimos y lo seguimos pensando. Suerte de Alzheimer acelerado. Evidentemente está en nuestros genes. Mientras algunos no eran más que engranajes partícipes de la debacle. Otros no éramos mas que la figura principal del cuadro El Grito de Munch. Observando el futuro, con una cara poco metafórica de espanto.” – Pedro terminaba con su catarsis habitual. Y por lo general guardábamos silencio.
En ese momento, Lourdes levantó su brazo derecho, pidiendo la palabra.
“Este es el momento en el que ustedes deciden si creerme o no. Aunque ya expuse mis razones para mentir y supongo que habrán entendido. No debo seguir disculpándome. Antes de todo esto. Solía tener un padre. Con un trabajo importante. No importa el nombre, ya que posiblemente no haya tiempo ni oportunidad para escribirlo en una lapida. Estuvo hasta los últimos días en el Conicet como investigador. Durante meses fue tema de charla en la cena. Era interesante ver como todos los conceptos lo llevaban siempre a callejones sin salida. Lo único que sé es que sabían de algunos casos mucho tiempo antes de que todo explotara. Recuerdo que repetía como si fuera un mantra. Son incurables, son incurables, son incurables… todo el tiempo hablando de un tal Lesch-Nyhan, y de que era prácticamente imposible que se propagara de tal forma al no ser una enfermedad contagiosa… es algo genético, que no se contagia, sino que ya viene con nosotros desde el nacimiento.”
“Yo digo que la atemos otra vez, está delirando de nuevo” - llegó a decir Gabriel mientras sujetaba en su mano la soga al tiempo que Lourdes se echaba para atrás buscando una salida.
“Empate” siguió hablando mientras se reía. “Te la debía desde el momento en que te desatamos y te burlaste de mi. Ahora si estamos a mano.”

Con algo hay que divertirse. Por más que el mundo se esté cayendo a pedazos. Es muy posible que yo hubiera sido el que cuente el último chiste antes de entrar a las cámaras de gas. El que sugiere que abran los paraguas mientras empiezan a llover los misiles. El que hace reír al verdugo antes de que me deje colgado. Puedo dar una falsa impresión cuando se me conoce por primera vez. Pero si hay algo que nos va a salvar de todo esto, es reír de vez en cuando. Por más que nuestras risas no emitan sonido alguno, por temor a que nos escuchen. Tanto los unos, como los otros.

Construimos nuestra vida pasada todos los días. Construimos recuerdos a cada minuto, desde los más importantes hasta los más insignificantes. Allá estuvo Pedro, alzando por primera vez a su hijo. Gabriel comprando su primer cd con su propio dinero. Me recuerdo en una de mis primeras crisis. Y Lourdes… sería bueno saber si podemos confiar en ella a partir de este momento. Es de madrugada. Serán más allá de las 5. El Sol que no ha salido empieza a teñir el cielo de colores indecisos.

Creemos que la repetición de un día igual al anterior nos llevara al mismo resultado. No hemos tenido algo así desde nunca. Somos la prueba irrefutable del descanso de la buena suerte. Debería ya no preocuparme el silencio de los que no me hablan, debería preocuparme por los que insisten en gritar verdades que nunca termino de entender. Allí está mi eclipse mental. Mi mente entra en un cono de oscuridad irreversible. Somos maquinas de movimiento perpetuo que se dedican a olvidar. En la oscuridad de la ausencia de nosotros mismos esta enterrado nuestro yo más insano.
Sin duda, en otro lado están sucediendo cosas que están por encima de nosotros. En algún lado la figura del héroe se está alimentando, y encontrara el desenlace que lo erguirá como tal. Siento que estamos en las afueras de la historia. Y quizás debamos continuar así. Pareciera que arribamos a todos los sitios a destiempo. Que alguien hizo lo que debía hacer, días antes, minutos antes, y allí llegamos los cuatro.
- Su mente debe estar jugando con ella.
Es Pedro, parecía dormido, todo acurrucado bajo una manta.
- Es muy posible que haya inventado todo con su mente. Es probable que no sea ese contagio del que todos estamos temiendo. ¿Deberíamos atarla? ¿Será seguro para nosotros? – de un momento a otro no sé si suena sensato o no.

¿Cuáles son las opciones si no sabemos particularmente nada? Todos esos científicos británicos murieron antes de tiempo. Antes de las balas, intentaron con vacunas. Luego, comenzaron a disparar soluciones a mansalva.
- Será una medida muy extrema si la atamos antes de que logre despertarse?
Le digo que desde mi punto de vista, y dada las circunstancias que estamos viviendo y que vivimos que no tiene porque molestarle…
- ¿Pero que les pasa? ¿Por qué me ataron así?
No fue difícil. Especialmente por la contextura física de Lourdes. Pedro culmina la obra amordazándola. No sabemos si son las palabras las que contagian. No sabemos nada.
Todos pensábamos lo mismo. ¿Ahora que hacemos? Nuevamente estábamos guiados por nuestro desconocimiento. Gabriel no se había despertado, pero al escuchar el reclamo de Lourdes abrió los ojos.
- Gracias por despertarme. Estaba teniendo una pesadilla.

El silencio indicaba que lo estábamos escuchando. Incluso Lourdes.

- Soñaba que era un partero. Pero al revés. Era el encargado de meter dentro de las mujeres unos espantosos fetos viejos. Era una especie de nacimiento al revés. Pero estos eran reabsorbidos por el cuerpo de la mujer como una especie de tratamiento estético. A todo esto… ¿qué hace ella atada?
Le explicamos el episodio del hospital, observado por sus propios ojos. El rostro de Lourdes permanecía inmutable. La desconfianza en sus recuerdos. La posibilidad de que finalmente se transforme en una de esas cosas. De que nos ataque. De que la realidad que ella postulaba ya no sea tal. Miles de etcéteras inundando nuestros dichos. Y nuevamente el miedo a que todos terminemos siendo como ellos.
Gabriel piensa. Tiene esa cara de estar mirando para adentro.
- Siempre he tenido problemas con los recuerdos. Siempre en las reuniones familiares terminaba contando anécdotas sobre mi que no me pertenecían. Resulta que todo lo que me había pasado cuando era chico, eran situaciones que habían vivido mis primos, o mis hermanos. Resulta que finalmente no había vivido lo que decía vivir. Todo mi yo estaba en mis falsos recuerdos. Una vez incluso estaba convencido de que me había quebrado una pierna. Tenia la imagen del yeso, de no poder caminar durante meses, pero no.
Se detuvo unos segundos para mirar a Lourdes.
- ¿Cuánto tiempo la tendremos así?

Deducimos que no tenemos forma de realizar un diagnostico de algo que sólo sabemos por haber visto un par de horrores aquí o allá. Por nuestra experiencia personal. El azar nos ha brindado información, y ahora todo lo que tenemos es la posibilidad de tener un caso entre nosotros. Entre nosotros que quedamos. No sabemos si son las miradas las que contagian. Le tapamos los ojos con otra venda. Es nuestra rehén. Gabriel sugiere que debemos tirar un dado para decidir cuantos días la dejamos atada. Ante lo imprevisto de toda situación, decidimos seguir ese camino. Nos damos cuenta que ella sigue la situación con especial atención. No deja de murmurar frases debajo de la venda. Es probable que si prestáramos atención nos daríamos cuenta de aquello que nos trata de decir. Arrojamos el dado, que rueda con su cúbica agilidad sobre el suelo determinando seis días. “Tenia todos los dados para jugar a la Generala” dice Gabriel. “Y se me fueron perdiendo. Este dado que me quedó es un amuleto de la suerte. Desde que lo tengo las cosas solo empeoraron. Pero me da pena tirarlo por ahí sólo por una mala racha.” Lourdes sigue intentando decirnos algo. Le sacamos la mordaza para darle una oportunidad.
- Todo fue mentira. Toda mi historia del hospital. De los ataques que sufrí. Inventé todo eso con el fin de protegerme. Supuse que si con tenerme lastima no me harían nada

Pedro le dice que está bien que haya sido precavida. Pero que en dos aspectos muy distintos, eso no le hubiera servido de nada. Simplemente lo hizo para protegerse de personas que no somos nosotros. Y de no haber sido nosotros, es muy probable que hubieran abusado de ella igual. Igualmente deliberamos unos minutos más. Ahora que sabemos que es mentira todo lo que sucedió podríamos cambiar nuestra postura de aislamiento. Eso o arriesgarnos a cualquier reacción inesperada. No podemos confiar en sus palabras, debemos esperar los hechos. Y todavía tengo en mi mente la imagen del conductor de la ambulancia pintado en sangre. Llegamos a una conclusión, no serán 5 días. Con cinco tiene que alcanzar. No le negaremos ni la comida ni el agua y nos quedaremos en el mismo lugar. Le decimos que la estaremos observando, que es por nuestro bien y por el de ella. Y que lo más probable es que la desatemos como regalo de navidad. Esa será nuestra razón para festejar. Que seguiremos siendo cuatro. Ni uno más, ni uno menos.

Esto es la mejor parte de mí. Cada canción es una fotografía de nuestra historia. Cada fotografía una celda de personas que fuimos a la espera de ser rescatadas con nuestra vista. ¿Que determina en estos momentos que nuestros recuerdos no sean otra cosa que elementos falsos? Somos cuatro desconocidos compartiendo un presente continuo y nada sabemos sobre aquello que nos haya pasado. Está Pedro y sus preguntas, que nos despabilan cada tanto. Pero mientras, solamente nos preocupa la sensación de sobrevivir que nos asalta. Cada paso, cada segundo son nuestros ojos abiertos esperando el momento en que nos debamos ocultar. Teorizamos sobre el pasado hasta transformarnos en expertos caseros sobre todas las teorías que se podrían ocurrir. Gabriel y su imaginación, mis pensamientos tendientes a lo espantoso, las teorías de Pedro y el pesimismo de Lourdes son más fuertes que cualquier tormenta de ideas.
- Pocas cuadras nos separan del hospital preferido de mis pesadillas. – dice Lourdes.
- ¿Y que les gustaria? – dice Pedro.

Es posible que estén esperando al propietario de la ambulancia. Es posible que no la hayan olvidado. Es probable que la quieran matar apenas la vean. A pesar de todo, Gabriel quiere aventurarse a entrar. Esperamos en una esquina. Pedro decide acompañarlo, antes de cometer la estupidez de dejarlo ir solo. Entran, desaparecen tras una puerta que en su momento era la entrada a la guardia. Esperamos. Como si no nos quedara otra cosa por hacer. Lourdes no mira. Sus dedos se entrelazan bajo su cabellera roja. Parece dormida. Pero es obvio que sus pensamientos están allí dentro, con ellos, sintiendo su miedo.
La calle parecía, si no fuera por los tiempos que corren, un sábado a cualquier hora desierta. Empiezo a preguntarme porque no entramos todos. Es posible que Lourdes no vuelva a pisar un hospital nunca más. Quizás los hospitales no vuelvan a funcionar nunca más como tales. Todo se irá volviendo mínimo, reducido, autosuficiente.
- De chica siempre le tuve miedo a los hospitales. – Lourdes se confesaba al aire, sin siquiera mirarme. - probablemente debo haber pasado dos o tres cumpleaños en una sala de terapia intermedia. Y después esto.
Pienso en atenerme a la elegancia de no preguntar que enfermedad tuvo. Son demasiados recuerdos como para traer al presente.
- Siempre pensé que mi madre no sentía el suficiente amor por mi, a pesar de los cuidados que me brindaba. Para mi, era la clase de mujer que sólo tuvo hijos con la única finalidad de poder jurar por ellos.
Le pregunto porque razón estuvo tantas veces en un hospital.
- Enfermedades, defensas muy bajas, y un accidente. Eso sin contar el haber nacido. Después de la adolescencia, sentí que más que nacer, me extirparon del útero de mi madre. A diferencia de mis hermanos, fui un tumor creciendo externamente.
Le sugiero que siempre se está a tiempo de hacer cosas. Salvo que el mundo tal cual lo conocíamos ya no exista y toda tu familia esté muerta, o delirando por ahí.
- Esa si seria una buena oportunidad de poder decirle algo a ella. ¿Ves? ¿Quien es la normal ahora? Apuesto que me causaría mucha gracia, o no.

Silencio. La puerta del hospital se abre de par en par. Gabriel y Pedro aparecen en escena corriendo. No logro ver sus rostros, pero es obvio que su velocidad no indica nada bueno. Lento significa paseo, rápido significa escapar, y una media marcha tal vez es “estoy llegando tarde”. Como medida preventiva enciendo la ambulancia por si tenemos que desaparecer del lugar. Siguen corriendo. Gabriel lleva la delantera, pero Pedro no le pierde pisada. Sus rostros, resultan extraños para estos días. Se están divirtiendo. “Gané” dice Gabriel, al momento de tocar la ambulancia. Suben a la ambulancia, la respiración entrecortada de Pedro denota que en un momento tuvo algún estado físico.
- Creímos escuchar voces. No nos quisimos arriesgar. Por eso salimos corriendo. Aunque el miedo no evitó que pudiéramos divertirnos.
- Estuviste bien viejo. Pero vas a tener que seguir entrenando.

Mientras Lourdes y Gabriel dormían en sus bolsas de dormir. Noté que Pedro no lograba conciliar el sueño de ninguna manera. Sus ojos se notaban abiertos y despiertos en la oscuridad. “Te preocupa algo” le dije. Hace un silencio. Piensa y se lanza a hablar.
- Entramos al hospital. Lo recorrimos bastante rápido, sin detenernos en los detalles. Llegamos a la nursery. Las puertas estaban cerradas pero si mirabas dentro, en las incubadoras, podías notar que habían dejado atrás, por alguna perversa razón, al menos cincuenta bebés muertos. No dije nada porque me pareció innecesario. Pero si hay algo que tenemos que tener en cuenta. El hospital estaba vacío. Completamente. Como si nadie hubiera estado ahí en mucho tiempo. Y cuando digo nadie, es nadie. Deberíamos plantearnos si confiar en los recuerdos de la señorita presente aquí.

No logré dormir en toda la noche. Todo el tiempo estuve esperando verla despertar.

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