Informe de las horas que vendrán

Novela Blog

Seis: [.álgido]

Antes de llegar al momento en que vivo hoy, tuve uno de mis ataques de siempre, posiblemente potenciado por el día después del Punto Cero de esta historia.

Temeroso de contraer síndrome de humanidad, cierro las ventanas. Desarmo íntegramente el televisor. Torturo sin piedad una radio. Quemo los diarios. Rompo el único espejo capaz de devolverme una imagen. Muere el último reloj capaz de devolverme el tiempo. El exterior es mi nuevo encierro. Basta de argumentos inválidos a favor del bienestar de ser sociable. Bombas a los cimientos de la mirada del otro. Dejé de ser yo, hace mucho tiempo. Solo y sólo espero una respuesta.

Días después de renunciar al trabajo dejé de tomar los medicamentos que tenía recetados. La realidad dejaba de comportarse como tal, en tanto y en cuanto lo real es lo normal. Pero donde todo se desvanece en el aire, donde los amigos desaparecen como personas, donde comienza a ser peligroso caminar por las noches, lo normal ya no es real. La invasión de elementos extravagantes no hace más que empañar el mundo. ¿Qué clase de percepción podría tener de ella con ese candado químico? Todo eso, solo lograría brindarme una versión distorsionada, como la realidad misma. Es posible que haya momentos en los que no pueda controlar los miedos. Pero es el precio que hay que pagar por todos los momentos de lucidez que ayudan entre otras cosas a salvar mi vida.

Si todos los que quedan de este lado fueran como yo, que poca suerte tendríamos de encontrarnos. Disfrutamos de una manera muy enferma nuestro encierro saludable.
De un día para otro en la oficina comenzaron a faltar compañeros de trabajo. En un primer momento pensé que eran los esperados ascensos, pero después comenzó a circular el rumor de las carpetas médicas. Tiempo después ya no quedaban muchas personas en mi sección. Hasta que un día fui el único en marcar tarjeta a las ocho de la mañana. Estuve una hora escribiendo una nota en la que presentaba mi renuncia indeclinable, y la deslicé por debajo de la puerta del supervisor, sabiendo a esa altura que nadie la leería. Pensando en que posiblemente tendría uno de mis períodos de hibernación fui a recorrer por última vez el supermercado. Detrás de la caja, el dueño, oriental y de pocas palabras, había aumentado los precios compartiendo cierta intuición con el resto de los mortales.

Meses después, los supermercados no son más que un santuario de lo que fuimos. Algunos más vacíos que otros, se han transformado en oasis para quienes de vez en cuando nos animamos a salir a la calle. El universo comestible se ha reducido a una gran exposición de Warhol. Latas de sopa, latas de arvejas, de carne, latas y más latas. Tengo una de ellas en la mano. He dejado de ser crítico en lo culinario hace bastante tiempo. Maldigo la ausencia del gas que impide calentarla. Gira bajo mi mano con la gracia perfecta del abrelatas. Tanteo en la penumbra en busca de una cuchara limpia. Se extraña la música a la hora de comer. Posiblemente mañana salga a caminar en plan de búsqueda. Si hubiera aprendido a conducir un auto… de nada me serviría. Podría conseguir uno de esos pequeños generadores, uno muy silencioso. Si algo me anima a salir es que no he visto a nadie en días, más allá del cadáver que sigue pudriéndose en la rambla. Pero eso no quiere decir que no los haya escuchado.

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Comentarios

  1. Comentario por Angel (palabras) | 2008/10/12 at 10:33:12

    Se mantiene el interes de esa historia, personal tras la que se deja ver la historia del mundo. Va todo muy bien.

    Sigo leyendo ;)


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