Diez: [Morbus]
El placer inentendible por la decadencia y la destrucción. El regocijo por esos momentos de desconcierto. La certeza de saber que todo lo establecido había sucumbido bajo el implacable avance del terror urbano. Pocos eran los menos que iban quedando. Lamentos nocturnos al pasar, ecos de recuerdos de la normalidad. La perpetua sensación del momento de aquello que no ha acontecido pero va a suceder. Y por sobre todas las cosas, delirios.
[Rod Stewart deja de sonar]
[Ruido de micrófono que se acomoda]
[Estática]
“Una vez más. Tal vez para ningún oído, tal vez para muchos. Escuchan mi voz y me llamo Pedro. Como el trago, como Picapiedras, como El Grande. Y no quiere decir nada que haya hecho la relación de mi nombre en ese orden. No soy un erudito, pero tampoco un ignorante.”
[Silencio]
“El micrófono no los capta. Pero mis oídos si. De nuevo están en la puerta del edificio. Algunos gritan como si fuera lo último que tuvieran que hacer en sus vidas.”
Dejo la radio a un lado. Bajo el volumen, me acerco a la ventana con la intención de escuchar esos mismos sonidos que deberían venir de la calle. A lo lejos, están a lo lejos. Pero sospecho que son demasiados los focos sonoros como para identificar uno en particular. Subo el volumen nuevamente, y vuelvo al rincón.
“…decir que si tengo calle. Mis ojos tienen llagas. Se terminó la época en que era enfermero en una guardia de urgencias médicas. Los últimos tiempos, los últimos y definitivos tiempos fueron demasiado para alguien que creía haberlo visto todo. Así fue como empezaron a llegar las primeras víctimas. No eran las situaciones comunes de los pacientes de madrugada que se transforman en anécdota de sobremesa. Estuvo esta mujer, de unos sesenta años que había sido atropellada en una esquina. En una situación normal no hubiera pasado de una cadera fracturada, poco más, poco menos. Desafortunadamente el conductor no escapó dejándola abandonada en esa esquina. Detuvo su auto, caminó hasta donde estaba ella y comenzó a torturarla con patadas en las costillas hasta que alguien lo detuvo. Según los testigos, parecía estar disfrutando de ese momento tan morboso.”
[Silencio]
Sin duda era la misma cara que pude ver en el ascensor. Destellos de sadismo, explosiones de masoquismo en bucles, la reencarnación del eslabón perdido entre la inteligencia y el desgarramiento del antiser humano.
[Estática]
“Mucho antes del episodio del Estadio… las morgues no daban abasto. Le temíamos a algo que no sabíamos si existía. Aun así, temíamos que fuera contagioso. Creíamos que le habían puesto algo al agua, pero parecía una idea propia de un pasquín paranoide. Ahí están gritando de nuevo. Me pregunto si saben que estamos aquí. He visto lo que le hacen a las personas cuando son capturadas, y ni siquiera mi trabajo en la guardia del hospital me preparó para algo así. Los dejo con Rod. Es hora de comer algo.”
[Estática]
[Comienza a sonar Rod Stewart]
La posibilidad de encontrar a esta gente en una gran ciudad como la que sobrevivo es nula. Algo tengo que hacer con la vida que me queda. La otra que tenía ha dejado de existir por obra y gracia del caos imperante. Esa vida se fue, y yo sigo vivo de otra manera.


