Trece: [Empatía]
El sol sigue vigente en su contrapicado meridional. Mi brazo izquierdo raspa una pared plagada de graffitis obscenos. El desconocido, con rostro y todo, me sigue, ante las pocas posibilidades existentes. Veo su figura como si quisiera negarla, como si fuera un espíritu que sólo puede ser visto de reojo, como una sombra. Lleva un arma escondida, por la manera en que camina con una mano en la cintura. Posiblemente haya aprendido a usarla en estos últimos tiempos, como hemos aprendido tantas cosas. Debe tener unos 20 años, ha perdido la mirada en batallas anteriores. Es uno de esos tantos chicos que ya estaban preparados para afrontar los desquicios de un mundo apaleado. Ya desde el antes todo era la simple génesis de la nada. Cree haber vivido todo cuando posiblemente no haya pasado ni siquiera el prólogo de su vida. Nos han arrancado páginas con una inusitada violencia y esto ni siquiera tiene aspecto de nudo.
“Lo terrible de todo esto no es que el mundo se haya terminado, sino que terminemos de darnos cuenta de que sigue tal cual como era.”
Su voz suena real. Como la radio, como eran las personas antes. ¿Se supone que tengo que responder algo?
“Estoy buscando una transmisión de radio.” digo, sin mirar a quien le estoy hablando. “Sólo sé que están en lo alto de un edificio, para poder transmitir mejor”.
“Cada cual con su fortaleza” dice, y empieza a caminar acelerando el paso. “La mayoría de las veces es demasiado mental lo mío. Pero rara vez me equivoco cuando creo que nos están vigilando, como ahora. Desde allá.” Señala una ventana sumida en la oscuridad. Una ventana como ojos negros que miran a la calle, atentos, vigilando. Y dentro, si se pudiera escuchar, hay una respiración, un murmullo, dedos mutilados. “Si quisieran podrían salir. Nada los detiene, pero no lo hacen la mayoría de las veces. Me atacaron un par de veces, y hasta creo que tuve que matar a uno. No estoy seguro. Hace tiempo que no estoy seguro, ni de nadie ni de nada ni de todo. Me llamo Gabriel, y detesto que me digan Gabi.
Atrás quedaron las charlas banales sobre música, sexo y fútbol. Su voz parece cansada, ni siquiera es un eco de alguien que debería estar eligiendo que hacer con su futuro, y sin embargo, parece un soldado inexperto al que lo han mandado al frente porque no queda otra posibilidad. Lo escucho hablar, y suena como yo hace algunos años. Acelero el paso, lo hago instintivamente al notar que comienza a hacerlo él.
“Espero que estés en estado. Porque ahí vienen.”


