Informe de las horas que vendrán

Novela Blog

Quince: [Equidistante]

Es muy fácil determinar cuando la infancia comienza a arruinarse. Basta escuchar a esos niños preguntar por primera vez: ¿Qué hora es?, para saber que definitivamente han comenzado a caer en picada. De ahí a la adultez sólo hay tropiezos, que no dan paso a caminos libres, sino a otros tropiezos, choques en cadena, embotellamientos. La desgracia no es morir sin haber vivido lo suficiente, lo penoso es no morir a tiempo.

¿Qué hora es?, pregunto. Estuvimos corriendo como veinte minutos hasta que encontramos una casa abierta y desocupada. Gabriel abre la mochila y busca, revuelve, hasta que saca un celular, al azar, dentro de un montón de otros celulares. Lo enciende, espera. “Tiene batería todavía. Cinco de la tarde pasadas. Si de algo te sirve saberlo.” Le pregunto por qué lleva tantos celulares encima, si no le bastaría con tener uno solo. “Nunca se sabe cuando va a sonar alguno. Los que se mueren, sin batería los tiro. La mayoría tienen mensajes, son casi como botellas al mar. Nos encontramos en tal esquina, no te retrases. ¡Qué mierda! ¿Sabés qué está pasando? Muchos te quiero y mensajes desesperanzados de desencuentros. Son como mensajes arrojados a la deriva, a la espera de que alguien los encuentre. En este caso, yo.”

La radio. Pasadas las cinco. Siempre es una incógnita si allí en lo alto, donde sea que estén, si seguirán vivos. La enciendo y hay sólo estática, sin música, sin voces. Se han ido, los han matado, se han muerto, las opciones se multiplican. Nuevamente la estática, y la voz que regresa. “El equipo electrógeno a veces falla. Esta fue una de esas. Aun así, me sigo preguntando si alguien de verdad está escuchando, o estoy hablando al vacío sin sentido…” Te estamos escuchando, digo, y lo repito varias veces como si se tratara de un mantra. Gabriel me mira y dice tener una idea de cómo encontrarlos. Debemos encontrar un punto alto en la ciudad, un edificio del que se pueda observar todo, dentro del bolso tiene unos binoculares que harán el resto.

Llegar a la zona céntrica no fue una tarea para nada fácil. Esquivando diversos grupos, muchas veces debimos caminar varias cuadras de más con tal de llegar a nuestro objetivo. Irónicamente, el edificio al que queríamos llegar se llamaba Vigía II. En algún lugar de la ciudad también habría un Vigía I, y quizás un III también. Pero eso no importaba por el momento. Según Gabriel, la vista de ese edificio es la mejor de toda la ciudad, al no estar bloqueada por otros edificios grandes, el campo de vista es amplio y limpio. Otra de las raras veces en que de la II se ve mejor que la I. Pasar la barricada que bloqueaba la entrada no fue fácil, y mucho menos dejarla armada. Fue más ingenio que fuerza, pero logramos hacernos lugar para entrar. Al subir por las escaleras, escuchamos que nos habían visto entrar, y ya estaban en la puerta, con sus sonidos guturales y esas semi-frases sin sentido.

El piso nueve era nuestro nuevo refugio. A un paso de la terraza. La radio estaba en silencio, una nueva falla seguramente. Sería cuestión de esperar.
“Parece todo muerto desde aquí” dice Gabriel. Comenzamos a marcar los posibles candidatos a alojar nuestros amigos desconocidos de la radio. El primer censo arrojó unas quince posibilidades. Edificios de todo tipo y color, altura y tamaño. ¿Qué buscamos? Alguna luz, un destello, señales de vida. Más allá de intentar recibir, cada cierto tiempo usábamos el sol y un espejo para mandar mensajes hacia la nada. Más botellas al mar, sin saber a donde las iba a terminar llevando la corriente.
“¡Primer contacto!” dijo Gabriel. Y no resultó ser más que un ahorcado en un balcón mecido por el viento. La radio seguía captando estática. Ni música ni voces. Silencio de tumba. “Nada de nada. Sólo nuestro amigo el colgado. Mal por él.” ¿Cuántas veces había leído en las noticias sobre el marido que mataba a la mujer y luego terminaba suicidándose? Observaba al ahorcado en aquel balcón, preguntándome si no estaría frente a la presencia de Pedro, de la radio, y que debido a eso ya no podíamos escucharlo. Perder un hijo, quedarse sin comida, sin esperanzas, todo cae en un patético lugar común. Era eso, o el electrógeno que estaba fallando una vez más. Vigilamos el norte, y el sur, el audio también. La noche vino como vienen todas las noches. El sueño también. Después de unas latas a la hora de la cena, la tranquilidad de estar en algo así como una fortaleza nos dejó dormir placenteramente.

Apenas salía el sol, algunas horas después, y algo nos sobresaltó a los dos. “¿Escuchas eso?” dijo Gabriel aún sin poder despegarse de la voz somnolienta. Tanta coordinación al despertar sólo podía deberse a una alarma, o a un sonido completamente extraño a ese momento. Ciertas imágenes oníricas aún me poseían cuando me esforzaba por identificar el origen. Era un sonido mecánico, constante, cercano, viniendo desde abajo. Y la voz en la radio dijo: “Estamos de vuelta… ¿hay alguien que esté despierto a esta hora?”

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