Dieciséis: [Memento]
La única manera de que alguien pueda conocerte definitivamente es si esa otra persona fueras tú mismo. Nadie es tan auténtico como lo es en soledad. De la piel para afuera actuamos, usamos máscaras, acciones protectoras, midiendo nuestras actos como si de ello dependiera la existencia del mundo. A solas no se es otra cosa más que un ensayo de una obra que nunca llegaremos a estrenar. Aunque, más de una vez hemos aniquilado nuestra sinceridad. Todo eso ha caído cuando el telón cataclísmico dio comienzo a esta función. Un brindis por aquellos que deseaban el caos. Si es que quedan fuerzas para levantar las copas.
Escuchar el sonido del motor y la radio al mismo tiempo nos dibujó una sonrisa. Buscábamos a lo lejos alguna señal, y teníamos todo cerca, tan a mano, como si sólo tuviéramos que subir un piso y encontrar una habitación. Por fin conoceríamos a Pedro y su mujer, la voz en la radio y su compañía. Una pizca de humanidad entre tanto desconcierto. Subimos por la escalera, mientras que las distintas fuentes de sonido iban mezclándose. Se escuchaba el ruido del generador de fondo, la voz de Pedro por la radio, su mujer que volvía a saludar, algo de música, el ruido de nuestros pasos, la voz que se silencia. Una puerta que se abre, y en menos de un segundo allí está, recibiéndonos con un arma en la mano. Nos observa unos segundos y pregunta en que año se jugó el mundial en Argentina. La pregunta desconcierta. “En el 78”, dice Gabriel. “Vengan, acérquense”, nos dice Pedro guardando el arma. “No tienen recuerdos” dice, por eso la pregunta. “Solamente permanece lo más básico, algunos instintos, algunas características. ¿Los han observado?”. Recorro con mis ojos el estudio improvisado. Una silla, el micrófono, una consola, algunos cds desparramados sobre la mesa, una grabadora tipo reportero. La curiosidad de Gabriel me gana de mano. “Queremos conocer a tu esposa. Puedes decirle que salga de su escondite, que no somos un peligro”. No hacía falta conocer a Pedro desde hace mucho tiempo para notar que sus facciones se habían endurecido rápidamente. “Si fuera radio podría seguir mintiendo, pero ya que están aquí, sólo les puedo decir la verdad.”
Camina lentamente, hay un peso en su espalda, sus hombros no deben ser los mismos. “Perdí un hijo allí en la masacre del estadio y poco me queda del resto, poco resto me queda. Pero esto de la radio me ha mantenido vivo, con esperanzas de encontrar gente como ustedes.” Toma entre sus manos la grabadora, rebobina y reproduce. Una voz de mujer dice “Hola” y aprieta el stop. “Eso es todo lo que me queda de ella. Eso, y los recuerdos”. Pedro recibe un abrazo de Gabriel. Sólo digo: “Lo siento mucho”. Y él me dice que ya va a pasar, que todo, en algún momento, pasa.
La consigna a continuación no es otra que no preguntar más. Gabriel me mira con culpa. ¿Como íbamos a saber? Al menos ahora somos tres, y una voz que no puede hacer otra cosa más que saludar.


