Diecisiete: [Ignis]
“Pobres” dijo Pedro mirando por la ventana.
Nos habíamos hecho nuestro lugar en el departamento-estudio-de-radio improvisado. Ninguno de nosotros dos hablábamos. El don de la palabra radiofónica era exclusividad de Pedro. Y desde que estábamos allí, no habíamos vuelto a escuchar la voz de su mujer diciendo “hola” desde la cinta.
Éramos algo exactamente así como tres desconocidos. Tres personas sin ninguna razón previa para encontrarse, que ahora compartían una habitación. Una tríada de perfectos desconocidos que no hacia otra cosa más que influir en el transcurso normal del tiempo. El tiempo no avanza, se arrastra al estar con dos personas desconocidas, y por más que parezca, no es una desventaja. No es que tuviéramos mucho que hacer, más que conocernos.
“¿Quién eras?”. La pregunta estaba dirigida a Gabriel, que se miraba las manos sentado en un rincón. El silencio indicaba claramente que estaba ordenando sus pensamientos, buscando algún lugar para empezar, tratando de encontrar aquel momento en que uno deja de vivir para empezar a ser algo, a ser alguien.
“Trabajé por primera vez a los 17 años, en un local de Mc Donalds alejado del centro. Era la única manera de tener dinero para mis gastos. Ya me habían dejado bien en claro mis padres que no iban a cubrir de ninguna manera los gastos que no estuvieran relacionados con mi educación. Disfrutaba del trabajo de una manera masoquista. Aunque Lo hacia lo suficientemente bien como para llegar a ocupar un puesto de virtual segundo encargado. Es decir, con muchas menos responsabilidades que un encargado que está por debajo del gerente, casi como un no tan principiante con mayores responsabilidades. De ahí que a mayores responsabilidades, mayores riesgos. Como cuando comencé a pensar que si el local se incendiaba, no lo iban a volver a abrir. Me equivoqué. Volvieron a instalar una replica exacta en el mismo lugar. Como si nada hubiera pasado. El negocio seguía siendo rentable. Por lo que lo intenté una segunda vez. Y de las cenizas surgió el mismo local. Y así seguí unas…”
“Unas seis o siete veces – corté el relato, una imagen se venía a mi cabeza – me enteré por haberlo leído en un diario que ya no recuerdo cual era. Nunca hubo muertos, sólo daños materiales.”
Pedro lo miraba como quien entiende pero quiere hacerse el idiota para no caer del todo en la situación.
“Todos pensaron que era una trágica casualidad. Lo extraño era que a medida que los incendios iban pasando, la cantidad de gente que visitaba el local era cada vez mayor. Aunque ya visitaban el nuevo local, o la cuarta o quinta versión del mismo. Por lo que mis ganas internas de destrucción no llevaban a otra cosa que a un exitoso implacable. Decidí que seguir insistiendo con esa táctica era inútil, por lo que renuncié.”
Pedro también tenía algo para decir.
“¿No fue en ese mismo local donde el manager o como se le diga, aniquiló a diez clientes, masacró a los seis empleados después de atrincherarse durante una hora?”
Ese tipo se situaciones se fueron dando cada vez más. Solían pasar desapercibidas en las primeras planas, mientras la atención se enfocaba más que nada en las notas estúpidas de color y la pelea por los inútiles espacios de un poder que ya no sirve.
“Es por eso que no me dijeron nada cuando renuncié. Habían pasado tres días desde que había renunciado. Mis padres estaban enojados aún. Recuerdo que vinieron a abrazarme. Fue la única vez que lo habían hecho en mucho tiempo. También fue la última.”


