Diecinueve: [Rojo]
Hay una puerta entre ella y nosotros.
No sabemos su nombre, y hace un par de horas que está allí.
Volvemos un poco el tiempo atrás. Una de esas veces que salíamos a buscar comida. Las latas escaseaban y no era cuestión de empezar a delirar por no tener comida. Suficiente tenemos con esos dementes que andan por allí. ¿Es que nunca dejarán de ser como un coro imbécil de un recital de turno? Enfocar, no irse por las ramas.
La ida siempre resulta fácil, el regreso, con las mochilas cargadas se torna complicado. Metáfora poco sutil de nuestra historia. Vamos con nada, y con suerte, con algo volvemos. ¿Tan difícil es concentrarse en la trama principal?
Como usualmente lo hacíamos, caminábamos en silencio para no llamar la atención de nadie. Sólo era cuestión de prestar un poco de atención y escuchar por debajo de la capa de viento y saber que algunos grupos andaban por allí. No tan cerca como para preocuparse. Pero a su manera, patrullaban las calles.
Salió de un callejón tambaleándose. Nos miró a los tres con cierta sorpresa. “Ayuda” dijo, y se desplomó.
Habían pasado unos treinta segundos y seguíamos allí. Observándola cómo se mantenía inmóvil en el suelo.
“¿Dijo ayuda, no?” Gabriel quería confirmarlo. Pedro y yo asentimos.
“¿La dejamos ahí o qué?” El primero en adelantarse fue Pedro mientras terminaba de preguntar. Como grupo, era la primera vez que nos enfrentábamos a una situación así. Había signos evidentes de que aún razonaba. Llevaba una mochila, y una linterna colgando de la cintura. Su pelo de color rojo le cubría gran parte de la cara. Uno podría llegar a creer que su cuero cabelludo estaba sangrando si se observaba con poca atención.
Nos repartimos las tareas. Gabriel llevaba la mochila, mientras Pedro me ayudaba a cargarla en mis hombros. Era evidente que no pesaba mucho. Posiblemente era su peso normal o el simple producto de la escasez de comida.
“Debe tener la edad que tenía mi hijo” decía Pedro, mientras Gabriel retiraba su mirada con otras intenciones sintiendo alguna especie de vergüenza por sobrepasarse de analítico con sus ojos. Me miraba diciendo: “algunas cosas no se pueden evitar”.
La entrada al edificio estaba libre. Nos habían asediado durante días, y aprovechamos el primer momento libre que tuvimos para salir a tener suerte encontrando cualquier tipo de alimento en latas. Habíamos encontrado más que eso. Llevaba sobre mis hombros una desconocida sin nombre que aún no había vuelto en sí. Estaba amordazada, a modo de precaución, y también tenía las manos atadas. Ciertas cosas no las íbamos a saber sino hasta que despertara.
Ahora estaba allí, del otro lado de la puerta. Y ni siquiera su respiración se escuchaba. “Ahí mismo fue donde encerré a mi mujer antes de que…” Pedro nunca iba a terminar de pronunciar esa frase. En ese momento, una sirena sonando en la calle. Un sonido que en otro momento hubiera pasado un poco más inadvertido, ahora era un canto en solitario. Antes, cuando todo era normal. El hecho de dejar lo que uno estaba haciendo para dedicarle unos segundos a escuchar una sirena, ya sea de bombero, ya sea de ambulancia o de policía, era un hecho completamente egoísta. Era como acabar de apreciar el paso veloz de una estrella fugaz. Mientras más egoísta se era, más deseos se pedían. Que los bomberos no vayan a mi edificio, que se esté incendiando otra casa, que la ambulancia no vaya a recoger ningún conocido que haya terminado debajo de un auto. Tantos desconocidos pueden resultar accidentados, que esta vez se pueden salvar todos aquellos a los que estimo. Ese patrullero, a toda velocidad, espero no se dirija a un asalto en ese lugar que visito todos los días. Las sirenas anuncian que algo pasó en un lugar en el que no estás. La ambulancia no se detuvo en ningún momento. La sirena se perdió a lo lejos. Un par de esos se mostraron en la calle. Estaban nuevamente más cerca de lo que pensábamos. Seguramente volverían a bloquear la salida del edificio.
“Ayuda” se escuchó del otro lado de la puerta por lo que nuestras miradas no tardaron en cruzarse. “Es evidente que habla y eso es un buen comienzo” dijo Gabriel mientras acercaba su oído a la puerta.
Debíamos decidir si abrir o no la puerta. De tornarse peligrosa la situación, había una única salida, y se llamaba ventana. Ya había sido utilizada una vez, pero no íbamos a dudar en que suceda dos veces.
Pedro se adelantó hacia la puerta. Se acercó lo suficiente como para ser escuchado sin gritar, y habló. “¿Cómo se llamaban los Beatles?”
Se hizo un silencio. Existía una remota posibilidad de que nunca los haya escuchado, de que los haya escuchado poco, pero cualquier humano que se precie, en algún momento de su vida tiene que haber leído, pronunciado, o haber hecho referencia a cualquiera de los cuatro. O a los cuatro juntos.
Era evidente que ninguno de nosotros quería tirarla por la ventana. Ignorábamos en gran parte aquello que le había sucedido a la mayoría de la población. Pedro seguía asegurando que era un plan que había seguido algún gobierno extranjero. ¿Y cual era la razón por la que entre tanta gente nosotros éramos inmunes? ¿E inmunes a qué?
“George, John, Ringo y Paul” e internamente festejamos. Seguíamos probando la teoría de Pedro de que los afectados carecían completamente de memoria.
Gabriel abrió la puerta después de que Pedro se lo pidiera.
“Si van a hacerlo, háganlo rápido. Pero no me lastimen.” dijo, sin siquiera moverse del lugar donde se encontraba. Se quedó inmóvil, su rostro eran los grises entre la resignación y el asco. Evidentemente estaba esperando algo que no iba a suceder nunca. Estaba esperando un deja-vu que posiblemente había sufrido durante todo este tiempo.
Gabriel le acercó una botella de agua, y la tomó entre sus manos con desconfianza. Sus heridas no eran superficiales. Era muy posible que nosotros tres hayamos vivido bastante tiempo rodeados de la ignorancia. Habíamos visto nuestro pequeño mundo catastrófico de una manera parcial. Afuera, estaban las bestias.
Tomó el agua, lentamente. Sin dejar de mirarnos en ningún momento. Siempre esperando algo, siempre aguardando que suceda lo inevitable. Extrañamente, su voz denotaba mucho más fuerza que su aspecto exterior. Nos dijo que se llamaba Lourdes, y nos daba las gracias por haberla sacado de la calle.
“Al principio llevaba un arma. Crees que algo así te va a servir para poder sobrellevar los momentos más difíciles que se te ocurran. Pero sin saberlo, sin poder preverlo, me encontré rodeada por varios. Amenazarlos con el arma no resultó. Tampoco se detuvieron cuando uno de ellos se retorcía en el suelo con un tiro en el estómago. Algunos me sujetaban, mientras se turnaban para… tocarme y hacerme las peores cosas que se les ocurran. Incluso, la primera vez que me atacaron, el hombre que había recibido el tiro, también me violó. Recuerdo sus gritos de dolor, su risa maniática, su mirada perdida. Quitarme la sangre de encima fue lo de menos. Todavía tengo pesadillas con ese momento. Con respecto a todo lo demás, sabía que algo así podría pasar. Fui bastante previsora y por suerte estaba tomando pastillas. No llevo ningún recuerdo en mis entrañas.”
“¿En ningún momento buscaste encontrarte con otra gente para no andar sola por ahí y exponerte a este tipo de situación?” la pregunta de Pedro tendría su réplica.
“Ellos eran los que supuestamente me cuidaban. Hace tres meses aproximadamente que éramos una banda. De un momento a otro, se desataron de esa manera tan brutal. No me mataron porque era su trofeo. Me alimentaban como si fuera el lechón para las fiestas. Todos los días a la misma hora venían, y se descargaban. Las primeras diez veces me habré resistido, pero después, no fue más que una rutina. Mientras planeaba la manera de escaparme.”
Gabriel logró articular unas palabras preguntando cuanto tiempo había pasado hasta que logro escapar.
“Unos tres meses o cuatro. Más allá de las típicas agresiones, el resultado podría haber sido peor. Es decir… podría estar muerta. O ser uno de ellos.” Empezó a caminar hacia la ventana, y por unos segundos pensé que podría llegar a tirarse.
“Nuestro refugio era el Hospital Campos. En cada piso habitaba una comunidad distinta. Nadie se enteraba de lo que pasaba en otros pisos, situación que me ayudó a escapar. Era un buen refugio contra esos que andan afuera. Pero el precio que estaba pagando era muy alto.”
A lo lejos, de nuevo, la sirena sonando. Cada vez más cerca, viniendo por la misma calle. Esta vez atropella a uno, a dos, a tres, que quedan en el suelo. Sus gritos se escuchan por debajo de la sirena.
“Son ellos. No les debe haber gustado mi retirada, y me están buscando. Lamento haberles traído semejante problema.”
A veces, la sirena se dirige hacia otro lado.


