Veinte: [Oblivion]
Cuatro es un buen número para desplazarse.
Es increíble la cantidad de cosas que comienzas a dejar de lado cuando lo que prima es la supervivencia. Hablamos de recuerdos como un acto reflejo. La memoria es un acto de Fe. Creemos que hay un pasado que existió. Confiamos en que lo sucedido son hechos que nos anteceden. Que hay desgracias que no se volverán a repetir, que lo malo siempre ha quedado atrás. Mientras tanto, el compartir recuerdos más que un acto involuntario de mentirse a si mismo se ha transformado en una credencial de supervivencia. Lourdes quiere olvidar, pero no podrá ni en mil años. Gabriel quiere recordar hasta determinado momento en que sus padres intentaron matarlo, y Pedro tiene algunas fotos mentales de su esposa que quiere olvidar.
Es mediodía. Pedro tiene un reloj que todavía funciona y el sol está bien a lo alto. Pasábamos las horas en silencio. A veces, Pedro se lanzaba con sus monólogos frente al micrófono. Tenemos la esperanza de que alguien siga escuchando, mientras el combustible del generador se va agotando.
Es la voz de Pedro, como si la escuchara por la radio, pero delante de mi.
“El dilema de la política siempre fue la transformación de la realidad. No cambiarla, si no transfórmala a su medida, en improbables estadísticas, para que los medios puedan rumiar los restos y hacerle digerir a las personas el resultado final de todas esas acciones. Cómplices de un crimen que nadie juzgó, el gobierno entregaba la información que se le antojaba y los periódicos, la televisión y también la radio, publicaban lo que les parecía menos adecuado para la percepción del ciudadano medio común sin ningún sentido. Siempre se estaba en riesgo por las elecciones que vendrían, y los calendarios no hacían más que sumirnos en un estado permanente de expectativa y angustia.
Es de común acuerdo que todo empezó hace aproximadamente un año. Fue 2008 y para cuando había que festejar el año nuevo, en las calles se seguían escuchando tiros en vez de fuegos artificiales. Me pregunto si los Mayas habrían escrito algún apartado en su calendario finito acerca de esto.
Desapariciones de personas, cuerpos que nunca más volvieron a aparecer, el reclamo de justicia, y la información que no hacia más que apabullar. Muchos comenzaban por perderse. Los encontraban en la calle y los encerraban en psiquiátricos. Resultó alarmante cuando la población empezó a crecer de manera desmedida. “Un signo de los tiempos” decían los especialistas. Transformaron a los hospitales en caldos de cultivo, y los pasillos en batallas campales. Los limites desbordaron, y pronto ni las puertas pudieron contenerlos. Aun recuerdo las imágenes de un canal de televisión, los gases lacrimógenos intentando contener lo incontenible. La inhumanidad de lo presenciado, el avance de lo absurdo por las calles…”
“Ese fue el día de la balacera en la 9 de Julio…”- escuchar la voz de una mujer en la habitación seguía siendo algo inesperado para nosotros. ¿Hace cuanto que no escucho la palabra “balacera”?
“Las imágenes en la televisión resultaron muy chocantes. Toda esa gente avanzando por la calle, interrumpiendo el tráfico en la hora pico, saltando sobre los techos de los autos. Al principio creyeron que era una protesta o algo preparado. Es posible que alguno haya pensado que estaban filmando una película. Formaron un cordón policial a la altura del obelisco. Muchos conductores se bajaron de los autos ante los ataques. Los golpearon, los pisotearon. Eso acobardó a muchos que no se atrevieron ni a salir a mirar que pasaba.” Era muy posible que Lourdes haya estado allí, observándolo todo.
“Insistían en que eran hechos aislados. Cosas que pasan, hechos que suceden, y sin embargo, la realidad no hacia más que repetirse como si de dos espejos enfrentados se tratara. Los dejo con algo de música, por si alguien todavía está escuchando.” Después de cerrar el micrófono, Pedro pone la música al aire para que la escuchen muchos, algunos o nadie.
“Estamos muy seguros aquí. Pero opino que deberíamos irnos. Avanzar. Cambiar de locación. ¿Cuánto tiempo va a pasar hasta que nos quedemos sin alimentos?” – digo algo así, sin recibir respuesta.
El miedo a lo nuevo por sobre lo malo conocido. ¿Qué puede ser peor que no hacer nada? Nuevamente los gritos en la calle nos recuerdan que no estamos solos. Al menos, somos cuatro. Un buen número para desplazarse.


