Informe de las horas que vendrán

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Veintiuno: [Filogénesis]

Tengo tantas cosas para decir que es posible que me quede sin palabras.
Somos el esfuerzo desesperado e inútil por intentar conectar con alguien.
La mirada perdida de los que se van, la transición que ocurre de un segundo a otro.
Nos sentamos a la orilla del río, somos el agua y el cadáver del enemigo que vemos pasar flotando
Así como aquellos que fueron dejando de ser humanos al ir perdiendo fugazmente sus recuerdos. Intentamos mantenernos vivos y concientes con todo aquello que nos fue construyendo.
Era el cumpleaños de Gabriel. Por mil razones me había guardado mi fecha, pero él decidió compartirla. No teníamos muchas opciones como para prepararle algo que se asemejara a una fiesta. Las perspectivas no eran muy buenas en tanto y en cuanto nos quedaba un litro de combustible para el generador. La radio moriría y con ella se llevaría la poca luz artificial de la que se podía disponer. Una vez que eso suceda, tendrá poco sentido permanecer en este lugar.

Gabriel se la pasaba escribiendo en un cuaderno. Pocas veces comentaba algo de lo que volcaba en el papel. Murmuraba algunas palabras mientras seguía con su tarea. Un día, plenamente llevados por la curiosidad le preguntamos. Escribe cosas que recuerda por temor a olvidarlas. Escribe tramas argumentales de historias que algún día piensa publicar. Es un gesto de esperanza. Teniendo en cuenta como se ven las calles, el regreso del mundo editorial es algo que parece poco probable, y demasiado lejos en términos temporales. Nos habíamos olvidado de reír. Tan pendientes de estar en silencio para no llamar la atención sobre nadie indeseable, que el silencio nos fue empujando a la amargura.

“Los extraterrestres invaden la tierra. Es una versión escatológica de El dia que paralizaron la tierra. Durante días impiden que toda la humanidad pueda cagar. Los extraterrestres dicen que debemos parar de contaminar el planeta, de tener guerras entre nosotros. De otra manera no nos liberaran. Mucha gente empieza a morir, Especialmente los más viejos. Pero nadie, por más que lo intente, puede cagar. Cuando los muertos siguen aumentando, se firma un documento intergaláctico de compromiso. La nave extraterrestre se aleja, y nos liberan de esa prisión fecal. Han pasado siglos, y es un chiste que se sigue contando en todas las reuniones de amigos interplanetarios.”
Risas. Eso es lo que nos va regalando. Momentos en los que nos olvidamos que vivimos lo que vivimos.

Finalmente, el momento en que la energía eléctrica llegó. Estaba sonando un tema de Creedence. Pedro se había despedido con pocas palabras, por si alguien estaba escuchando. En silencio fuimos juntados nuestras pertenencias, y encaramos el pasillo del edificio, con calma y paso seguro. Con algo de esfuerzo atravesamos la barricada, y la calle estaba poblada de ausencias. Los autos comenzaban a lucir tristemente abandonados. Algunos como tumbas tétricas de manufactura en líneas de producción. Ataúdes otrora rodantes ahora estancos. Pensaban llegar muy lejos y sin embargo, se quedaron. Chocados, enredados, abrazados entre si, en fusión violenta. Por más airbags, cinturones de seguridad y precauciones etcéteras que intentaban colocarles las automotrices, no hacían más que vender estuches de muerte. En un paso nivel, un tren detenido era una muralla, como una serpiente muerta. Recostada, yaciendo atragantada por un colectivo de la línea 163. Había sido su ultimo bocado hace tiempo y había quedado allí, esperando ambulancias, bomberos, o alguien que viniera a ayudar. Los vagones eran una colmena de enfermos dormidos. Una colmena esperando a ser alborotada.

“¿Cómo fue que no los vimos antes?” – dijo Pedro mientras intentaba bajar la voz – “No avancemos un paso más.”
La vista debía acostumbrarse a los ojos y el oído apenas recibía una alerta. Estábamos parados como cuatro condenados esperando el apunten-fuego.
Es muy interesante como un ser humano puede llegar a convertirse en un asesino serial. Como animales que éramos, y sin tener conocimientos avanzados de psicología, podría decir que conservamos apenas cuatro costumbres básicas de los animales. Comer, dormir, tener sexo y matar. El hombre, hasta lo poco que sabemos, es el único que mata por placer. Pero al nivel de las metáforas, y hablando de impulsos, uno podría decirle a otra persona, “te comería toda/o”, “esta para matarla”, pero no así con dormir. He ahí, donde el asesino reemplaza todo por la pulsión de matar. Mata porque no disfruta del sexo, mata porque no disfruta de la comida, mata porque no disfruta dormir. Como un animal, pero más humano.

Allí estamos. Frente a lo que puede ser un cargamento de seres que por instinto, por olvidos, por haber sido humanos en algún momento, sólo piensan en matar. Allí están, como larvas esperando ser despertadas. Creemos que escuchan más de lo que alguien normal podría. Somos los cuatro, esperando que pase la nada.

La realidad nos llama sonando en forma de celular.
Bajate ese ringtone horrible de algún lugar, que sonará en el momento más inoportuno.
Es la mochila de Gabriel. Sus celulares en forma de botellas tiradas al mar. Con mensajes viejos que buscan un paradero de alguien que ni siquiera llegaremos a conocer.
Suena. Y los despierta. Son ojos vacíos que nos miran desde la ventana de los vagones. Son tres, son cuatro, cinco, seis. Finalmente no los podemos contar, pero empiezan a caminar. Murmullan esas palabras que no llegamos a entender. El celular que no deja de sonar. Las chances dicen que puede ser una alarma. ¿Y si es alguien del otro lado, llamando?

Comienzan a avanzar con pasos tan errantes como seguros. Cruzamos la avenida corriendo, buscando algún escondite. Algún lugar donde poder apagar ese maldito celular. Una sirena a lo lejos viene a interrumpir nuestra huida. Nuestros perseguidores se confunden. Quedan estáticos en medio de la calle. Pareciera como si fueran a cortarla en forma de protesta. Flashback. Conservamos cosas de nosotros mismos por más que olvidemos como bestias. La ambulancia avanza con pocas intenciones de detenerse. Lourdes escucha la sirena y se estremece. Todo era básicamente tomado como una novedad. Estábamos en peligro, pero toda influencia fortuita que devenga en trágica modificación del entorno, se percibía como un movimiento poético. Pinceles de retazos humanos que trazan sobre el lienzo del asfalto con tonos carmesí un rorschach involuntario con un innecesario cuerpo artístico. Desde una posible vista aérea no podría sugerir otra interpretación más que la idea, la palabra, el temor a la inesperada muerte. Explícita en su destrucción, desde el volante se encapricha en ejecutar su sinfonía a la perfección. Por debajo de la sirena, uno podría adivinar que una risa placentera inunda la cabina, que detrás de esa sonrisa se esconde no la perversidad, si no la precisión asesina de un hombre dentro de sí. Frenó sobre su obra, y el conductor miró a ambos lados de la avenida. Buscándonos, y no para darnos una bienvenida.

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Comentarios

  1. Comentario por Wences | 2009/08/21 at 13:21:07

    Está fenomenal. Échale un vistazo a mis dos historias: http://calviva.blogspot.com y http://findestemundo.blogspot.com a ver que te parecen. Gracias.


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