Informe de las horas que vendrán

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Veintidos: [Expiación]

Sigue sonando. Como las voces en mi cabeza. Atiende el celular de una vez por todas, lo encuentra entre cadáveres en su mochila. Lo típico hubiera sido que Gabriel dijera “Hola”, pero sin embargo se quedó en silencio.
“Deberías decir algo” le digo. Sigue en silencio, con cara de no escuchar nada del otro lado. “¿Quién es?” dice, y sigue pareciendo como si no escuchara nada. “¿Quién es?” vuelve a repetir, y se queda en silencio escuchando.
Se escuchan palabras, murmullos eléctricos. Cara expectante, no asiente ni niega. Escucha, como si tuviera que prestar mucha atención. “¿Y por qué me estas contando esto?” dice Gabriel. “Cortó.” Y sigo pensando que es cuestión de tiempo para que las centrales y las torres dejen de funcionar. Otro pequeño salto hacia una verdadera incomunicación. No dejamos de observar la ambulancia, detenida a unos metros de esa masacre pintada de diversos tonos de rojo.
“En el teléfono. Me han dicho que están limpiando la ciudad, y probablemente las ciudades. Que están matando todo lo que encuentran a su camino. Y todo es todo. Esos, nosotros, los demás.”
“¿De donde te llamaba? ¿Te dijo?” pregunto Pedro, sin dejar de mirar la ambulancia.
“No lo dijo, en ningún momento. Simplemente describió lo que estaba sucediendo.”

“Necesitamos esa ambulancia” dijo Pedro, y al instante le pidió prestada la pistola a Gabriel. Abrió la puerta del local donde estábamos escondidos y encaró al calle con decisión. Desde donde estábamos era difícil observar la posición del conductor. Tampoco se podía saber si estaba armado. Al acercarnos, se podía escuchar la música que venia escuchando. Nada reconocible, pero melodía al fin. El conductor estaba arrodillado junto a uno de los cadáveres, murmurando algunas palabras. Parecía estar rezando. Sus dedos se entrelazaban con furia, se sonaba los dedos de una manera completamente masoquista.

“Duele. Especialmente si dejo de hacerlo.”
Nos escuchaba, pero no prestaba atención a nuestra presencia. Éramos las voces en su cabeza. Sus ojos inyectados en sangre no miraban ni veían. “Si dejo de hacerlo…” repetía una y otra vez, mientras seguía torturándose las manos. “¿No van a detenerlo?” dijo Lourdes llamando nuestra atención. Extrañamente el hombre se detuvo. Sus manos eran un completo desastre. En un segundo buscó abalanzarse sobre ella, y Pedro lo detuvo con una certera patada en la cabeza. Se revolcaba en el suelo, pero sin mostrar señas de dolor. Volvió a incorporarse para intentar un nuevo ataque. Esta vez no fue un golpe lo que lo detuvo, sino un tiro en la pierna. Ya no hablaba, no murmuraba, y los sonidos resultaban más familiares que antes. Un poco más animales. Quedó arrodillado en el suelo, sangre fresca sobre la sangre fresca anterior, colores sobre colores. Nos subimos a la ambulancia y con alivio comprobamos que arrancaba sin problemas. La sirena también, y costó un par de segundos adivinar como se apagaba. Arrancamos sin destino fijo. Dejábamos detrás los restos de una persona explorando brutalmente los límites del no dolor. No era difícil adivinar lo incomprobable en experiencia propia. El dolor en ellos es inverso. Se infligen castigo o sufrimiento para dejar de sentir un tormento que no llegamos a comprender. Hemos visto convertirse a una persona conciente, capaz de conducir un móvil, en alguien que fluctuaba en un estado intermedio entre esas larvas y nosotros. Es posible que en algún momento entendamos que nos sucede. Mientras tanto, andamos. Mientras tanto, están limpiando la ciudad y espero que no nos encuentren.

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