Veintiocho: [Lumiere]
El cine era nuestra nueva base temporal. Éramos un numero más. Cinco contando la aparición levemente inesperada del padre de Lourdes. Tuvimos que utilizar todos los pocos recursos de primeros auxilios disponibles para evitar una desgracia aun mayor. Pronto deberíamos ir a saquear alguna farmacia para asegurarnos algunas provisiones. Cada vez quedaban menos negocios con provisiones útiles.
“Admiro la suerte que han tenido de encontrarse” fue una de las pocas cosas que pudo decir el padre de Lourdes mientras lo curábamos. “Admiro la puntería de tu amigo. Probablemente mi rotula nunca vuelva a ser la misma. Si es que logra cicatrizar.”
- Nada personal. – dice Pedro. – pero realmente temía que fueras uno de los que están limpiando la ciudad.
“Tuve que evitarlos también y estoy convencido que no tienen nada que ver con algo que en otro momento podríamos haber llamado gobierno. ¿Hace cuanto que los vengo siguiendo? Hace muchos días. ¿Por qué nunca entré en contacto con ustedes? Por temor a un supuesto contagio. Contagio que no existe. Lo tienes o no. Es una pequeña bomba de tiempo dentro de cada persona. Es cuestión de tiempo para que aparezca. Si, existen síntomas, pequeños avisos de que puede llegar a pasar.”
- La pérdida de recuerdos. – dice Pedro.
“Exactamente. – continua hablando el padre de Lourdes – un deterioro completamente acelerado de ciertas zonas del cerebro. ¿La causa? Teníamos algunas sospechas cuando estábamos trabajando en el laboratorio. Pero no llegamos a descubrir nada. De un día para otro tuvimos los primeros casos entre mis colegas. Un compañero terminó muriéndose luego de comerse ambos pies. Simplemente no nos dejaban matarlos. Teníamos que ver hasta donde llegaban. Luego tuvimos que ir encerrando uno a uno a nuestros colegas. Lo increíble era que en la sangre no tenían nada. Permanecía sin alteración alguna. El problema… está en otro nivel. Quedábamos dos, trabajando a contra reloj, prácticamente no volvía a mi hogar, y ella es testigo de eso. Yo terminé encerrando a mi ultimo compañero cuando me comentó que no podía leer una oración de corrido. Ya no quedaban celdas libres, por lo que decidí irme. Y aquí me tienen. ”
Le contamos del juego que llevamos adelante para hacer una especie de inventario de nuestros recuerdos. Nos dice que simplemente no sirve para nada. Que pueden mantenerse los recuerdos a largo plazo y desaparecer los recuerdos recientes, que podes olvidarte de algunas cosas, pero otras zonas del cerebro puede comenzar a desactivarse. Como entretenimiento está bien, pero dice que tiene cero utilidades. Con ese comentario, básicamente nos ha quitado esperanzas. Era como una salvaguarda a la hora de protegernos.
Es evidente que con la memoria que tengo, nunca voy a ser feliz. La felicidad completa es poder asumir, mediante un olvido, que la vida que poseemos ahora es mucho mejor. Pero esto, y el problema que se presenta ante la espantosa transformación que implica el olvidar, me ha sumido en una duda plenamente intolerable. Nos escuchamos, nos observamos. Y encima ahora, gracias a los consejos del padre científico de turno, descubrimos que nuestro juego de preguntas era un placebo. ¿Qué más nos debe faltar? ¿Es nuestra historia un callejón sin salida? ¿En que momento dejaré de hacer un racconto mental de nuestros días, para transformarme en un ser monopensante y autodestructivo?
La humanidad siempre se mantuvo viva, y ahora más que nunca, por la memoria. Salvación y condena al mismo tiempo. Era obvio que queríamos saber más. Estábamos llenos de preguntas. El padre de Lourdes quizás tendría algunas respuestas más. Pero su rostro no nos mostraba otra cosa más que un cansancio eterno. Se durmió con una mano en su rodilla. Y entre sueños murmuraba palabras que no llegaba a entender.


