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Treinta y uno: [Residencia]

Llegar a un nuevo lugar produce una de esas sensaciones que podrían definirse como únicas. No es vagancia de metáfora,, es que por más que uno se esfuerce, llegar a un lugar al que nunca se ha visitado es como llegar a un lugar nuevo. Y punto. Tantas imágenes mentales me había hecho durante el pasado sobre los hospitales psiquiatricos en general, ante el miedo de terminar internado ante un poco probable quiebre mental, que recorrer este psiquiatrico en particular resultó a priori una experiencia agradable. Los detalles escabrosos arruinaron luego la experiencia.
En contra posición con el desastroso mundo exterior, los pasillos y las habitaciones de todas las plantas no eran lo que esperábamos. Parecía como si se hubieran ocupado de que todos y cada uno de los puntos del lugar estuvieran confortablemente impolutos.
“Luego de que se desató la crisis” empezó a hablar el padre de Lourdes “fue mucho más fácil trasladarnos aqui que mover a los sujetos de estudio a nuestro laboratorio”.
Comenzaron a estudiar a aquellos que ya tenían patologías declaradas. Creyendo que allí estaba el centro de la cuestión. Una manera de limpiarle las culpas a aquellos aparentemente sanos. La primera vez que tuve una mascota, fue un perro. Dos años vivió. “No critiquen de antemano cuando vean a los que aun tengo encerrados, ya entenderán cuando les muestre porque lo hago”.
Eran celdas. Una al lado de la otra. Dentro de ellas había personas como nosotros. Sanas en su apariencia. Miraban tan perdidos como confusos. “Ya verán, ya verán” no paraba de repetir el padre de Lourdes.
Antes no queríamos venir. Dudábamos. Y ahora estábamos disfrutando de una comida como no lo hacíamos hace mucho tiempo. El placer de comer algo que no provenga de una lata era algo que practicamente teníamos olvidado. “Coman tranquilos que tenemos reservas para largo”. El silencio era total. Sólo interrumpido por el sonido de los cubiertos al chocar. “Tenemos agua de pozo, por lo que tampoco nos va a faltar”. El papel de anfitrión al padre de Lourdes le caía bien. Ella no se sentaba a su lado. La nueva situación a Gabriel le caía bien, y estaba sentado junto a él, disfrutando de la comida.
No había más gente en el lugar. A excepción de los que estaban encerrados. Algunos habían sido colaboradores del padre de Lourdes, y no encuentro por ningún lado su nombre. No lo recuerdo. ¿Lo habrá dicho? Y nuevamente la duda constante, la insistencia inconsciente de que algo en mi cabeza está cambiando. Ya no sólo es la experiencia de haber afrontado el vivir la libertad de ausencia de encierro. Físico en mi departamento, mental en mis pensamientos. No sueño. Hace días. No hay realidad de la que escaparse si estás tan dormido como despierto. En un perchero junto a una puerta, hay colgado un guardapolvo blanco con una identificación. Miguel Recalde. Y su foto. Levemente actualizada. Los últimos meses lo han tenido a mal traer. Es y no es el mismo que era. Los meses que han pasado lo han alejado notablemente de esa imagen. Un poco a todos nos ha pasado. No es que se pueda hacer mucho por la imagen cuando lo que más te preocupa es la vida. ¿En que estaba pensando? Que debería dormir.
Me despierto. Desayunamos. Liviano. No es cuestión de abarrotarse ante la ausencia de escazes. Nuestra habitación era especial para dejar afuera todos aquellos sonidos que venian interrumpiendo mi sueño en los últimos meses. Eso y la ansiedad por saberme despierto luego del descanso. Y no vagando sin conciencia entre otros seres sin pasado, ni presente, ni futuro. Seres cuya memoria ya no existe. Cuyo pasado es una existencia negada. Siempre creí que de esa manera íbamos a vivir sin preocupaciones, sin tener que solucionar conflictos del pasado. Sin tener motivos de revancha, de venganza, sin historias de rencor. Pero aqui estamos, en nuestra nueva celda de lujo. Cambiamos cine por psiquiatrico, algo definitivamente en nuestras prioridades no anda bien. O si. ¿Cuantas veces habíamos visto los fragmentos de películas? Lo suficiente como para que se vuelvan predecibles. Como algunos movimientos nuestros. Como algunas cosas que cuento. Como algunas palabras que digo. Miguel Recalde. Padre, ¿científico? Y ahora nuestra supuesta salvación. ¿Pero salvación de qué?

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  1. Referencia by BlogESfera.com | 2011/02/20 at 13:21:42

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