Tres: [Reencuentro]
Intento ser lo más claro posible conmigo mismo. Las ideas caen sin preaviso, se instalan, se transforman en imágenes, evolucionan, desaparecen, son olvidadas, mueren. Recordar e intentar otorgarle a un suceso el honor de haber comenzado la debacle me resulta prácticamente imposible. Empezar por el comienzo no es una opción viable cuando es probable que no haya una sola causa. Que todas las causas sean un origen, que todos los efectos sean la realidad. Recuerdo haber estado en un ascensor, de esos que se rompen a mitad de camino. La alarma que no funciona, y una mujer que al sufrir claustrofobia termina rompiendo el espejo del ascensor de un cabezazo. Fue tan rápido que ninguno de los otros tres que estábamos allí la pudo detener. Dos reaccionamos y la levantamos del suelo mientras le empezaba a sangrar la frente. El tercero, de nombre Héctor para algunos, el Contador para la mayoría, sonreía como si lo estuviera disfrutando. Pero no estaba recordando puntualmente el hecho de que la mujer se hubiera automutilado. El sujeto que no hizo más que seguir sonriendo mientras la ayudábamos. Tenía la vista perdida, los ojos eclipsados. Trabajaba en el mismo piso que yo, y en ese momento su cara estaba inundada por la misma expresión que tenía cuando descubrió que Internet estaba llena de páginas porno. Luego de llamar una ambulancia, y de escuchar que no era el primer caso de características similares que atendían en el día, pude observar en uno de los enfermeros: la misma cara de pseudo-excitación mientras colaboraba cerrando la herida. Sin duda era mi mente inquieta, jugándome otra vez una mala pasada.
Tiempo después renuncié a ese trabajo. Tenía pensado tomarme un mes sabático, y luego no tuve que buscar más. Sobrevivir comenzó a ser el trabajo de todos los días.
Soñar es no perder el tiempo durmiendo. Es posible que dentro de poco piense lo contrario. Dormir es el placer adquirido de los muertos. Quizás algún día me equivoque. El arte de descansar atentamente es una habilidad que se aprende en muy poco tiempo, especialmente cuando es muy probable que lo último que hagas sea cerrar los ojos. Dormir en cuotas es un plan que queda muy cómodo. El precio a pagar es de muy bajo riesgo, seguridad garantizada, de no ser así, le devolvemos su cadáver.
Fue un sueño tan extraño como imposible de recordar. Pero sabía que esas imágenes habían estado ahí. Era la primera vez en mucho tiempo que había vuelto a dormir placenteramente.
Me desperté con la sensación de haber estado riéndome a carcajadas. Hace días que nada me brindaba motivos suficientes para divertirme. Me di vuelta, y seguí durmiendo. A la mañana siguiente, frente a mi edificio, tenía la primera visita en mucho tiempo. Boqueando, enredado en los alambres de la rambla, con sus ojos perdidos en mi ventana que permanecía cerrada hace meses, estaba el Contador, de nombre Héctor ahora para nadie. Había tropezado en la oscuridad, perdiendo el equilibrio, en una acción que claramente determinó que su cabeza diera contra el asfalto. Estuvo toda la tarde emitiendo sonidos poco entendibles, desangrándose lentamente. No había motivos ni razones para ayudarlo. Intentaba inútilmente librarse de esa estúpida trampa con sus dedos seccionados. Es muy posible que ya no formara parte de ninguna red social, de ninguna manada, de ninguna jauría, y mucho menos de un grupo como Desquiciados Anónimos. Al menos en ese momento, yo no estaba disfrutando de su dolor, y si así fuera, debería preocuparme. Antes de caer la noche el silencio fue mortal. Ya no se movía, ya no gemía, y parecía no respirar. Había sido un humano. Ahora no era más que un toque desagradable en el paisaje, esperando por los gusanos que vendrán, mientras yo sigo aquí, en mi perfecto aislamiento.


