Informe de las horas que vendrán

Novela Blog

“¿Me podés repetir la pregunta?” le digo a Pedro que está pasando revista a nuestros recuerdos para saber si nos estamos yendo o si aun estamos aquí.
“¿Cuántos años duró la segunda guerra mundial?” repite mirándome a los ojos.
Respondo, y quiero creer que está bien. Su cara no denota nada de nada, se lo ve cansado.
Mis pensamientos se debatían si estábamos compartiendo la habitación con un pirómano o con un rebelde nihilista sin causa alguna. ¿Reducir a cenizas un local de comidas rápidas para probar si su teoría era real?
“Entonces… ¿desde el primer momento fue intencional el incendiar por completo tu lugar de trabajo?” Gabriel me mira y sonríe. No logro distinguir si lo hace de puro maniático o intenta ser simpático.
“Fue casualidad. Me olvidé una freidora prendida durante toda la noche, y las alarmas no estaban funcionando. Desafortunadamente había algunas cosas inflamables cerca. Reconozco que después se hizo mucho más fácil…”

Todos hemos perdido algo. Gabriel sin padres, Pedro sin esposa e hijo, he dejado atrás familia y novia. Todos hemos perdido a alguien. Pero no extrañamos a nuestros muertos, los envidiamos. Íbamos vestidos de negro a los funerales, posiblemente igual que el cadáver dentro del cajón, con la esperanza de que nos confundan y nos lleven también. Pacientes, esperamos. Vivimos toda la vida esperando morir. Tengo en mi haber un desfile de doctores, psicólogos, todos con sus ecos pidiéndome que piense en positivo. Mi madre por otra parte incitándome a la lectura de incontables libros de autoayuda. Hoy esas páginas servirían para calentarnos la comida.

Hablamos sobre el origen de todo. Nos hemos vuelto por momentos monotemáticos, pero es lo que nos rodea. Hablamos de nuestros recuerdos donde todos están vivos, el pasado nos sonríe en fotos blanco y negro, hoy somos una mueca ni siquiera irónica.
“Entonces… de un día para otro la gente se volvió loca y comenzaron a atacar a los demás… y luego hubo un contagio y los que no estaban locos se volvieron así y todo fue una gran cadena y los que no estamos de esa manera debemos escondernos para evitar que nos maten…” Pedro sonaba tan tranquilo por la radio, que escucharlo de esa manera era poco acorde con la realidad. “¿Y todo eso vino de la nada? ¿No hay historia? ¿Cuál es el punto de sobrevivir con tantas imágenes imborrables? Hasta donde voy a tener que volver a soñar una y otra vez con mi mujer siendo empujada por mis manos a través de la ventana, luego de que intentará ahorcarme mientras pronunciaba un sinsentido de palabras interminables? ¿Quién me va a borrar eso? Hay veces que desearía ser como ellos. ¿Cómo? Ah si, me di cuenta que había empezado a olvidar, como si fuera un Alzheimer a velocidades asombrosas. En dos días, olvidó mi nombre y llegó a no reconocerme. Después de eso se puso violenta. Me despertó un día con sus manos en mi cuello, apenas podía respirar. La encerré en una habitación. Logró escapar tres veces, y las tres veces intentó matarme. Bailaba una música siniestra en su cabeza, murmuraba palabras como un mantra. No dejo de hacerlo mientras caía. Aun escuchaba sus gritos, no de dolor, cuando estaba allí en el suelo. Luego se la llevaron, la arrastraron por una de las calles. Es algo que apenas pude mirar. Quien sabe que habrán hecho, o porque tienen ese comportamiento. Eran la manada no dejando atrás al herido, eran los sospechosos no dejando atrás ninguna prueba.” Casi como un tic, toma el grabador en sus manos, da vuelta el cassete, aprieta play y el silencio entre nosotros se corta. La voz está a medio camino del humano y el animal. Es una garganta que hace gárgaras con su propia saliva. Las palabras no se llegan a entender. Son ráfagas, zapping vocal descontrolado. Dolor. Angustia. Vacío. Entre un hola y esos ruidos era evidente que todo estaba muy mal encontrado, descarriado, perdido.

Sigo creyendo que no existió ningún agente externo para que esto sucediera. Que la semilla de la destrucción es y será nuestro ser, o la ausencia del mismo.
“Deberíamos esperar a que venga alguien más y después intentar salir de la ciudad. Tendríamos que turnarnos para hacer llamados. Así fue como llegaron ustedes dos…”
De casualidad, le digo. Deberíamos decir la dirección del edificio donde estamos. Alguna dato preciso. ¿Qué podemos perder con todo lo que hay por ganar?
Empezamos con los mensajes cada una hora, indicando la dirección del edificio en el que estamos atrincherados. Al otro día, casualidad o no. La entrada del edificio estaba llena de seres murmurando, gritando y maldiciendo en su lenguaje de gárgaras.

He aquí nuestro pequeño proyecto. Una sencilla razón para despertarse por la mañana. Alguien en algún punto de la ciudad, posiblemente esté escuchando una radio, alguien vendrá, y saldremos camino hacia algún lugar, incluso si afuera está sucediendo lo mismo que acá.
“¿Recuerdan las primeras líneas del Martin Fierro?” Asi fue como una nueva ronda de preguntas empezó. Y muchos recuerdos, seguían intactos.

“Pobres” dijo Pedro mirando por la ventana.
Nos habíamos hecho nuestro lugar en el departamento-estudio-de-radio improvisado. Ninguno de nosotros dos hablábamos. El don de la palabra radiofónica era exclusividad de Pedro. Y desde que estábamos allí, no habíamos vuelto a escuchar la voz de su mujer diciendo “hola” desde la cinta.
Éramos algo exactamente así como tres desconocidos. Tres personas sin ninguna razón previa para encontrarse, que ahora compartían una habitación. Una tríada de perfectos desconocidos que no hacia otra cosa más que influir en el transcurso normal del tiempo. El tiempo no avanza, se arrastra al estar con dos personas desconocidas, y por más que parezca, no es una desventaja. No es que tuviéramos mucho que hacer, más que conocernos.

“¿Quién eras?”. La pregunta estaba dirigida a Gabriel, que se miraba las manos sentado en un rincón. El silencio indicaba claramente que estaba ordenando sus pensamientos, buscando algún lugar para empezar, tratando de encontrar aquel momento en que uno deja de vivir para empezar a ser algo, a ser alguien.

“Trabajé por primera vez a los 17 años, en un local de Mc Donalds alejado del centro. Era la única manera de tener dinero para mis gastos. Ya me habían dejado bien en claro mis padres que no iban a cubrir de ninguna manera los gastos que no estuvieran relacionados con mi educación. Disfrutaba del trabajo de una manera masoquista. Aunque Lo hacia lo suficientemente bien como para llegar a ocupar un puesto de virtual segundo encargado. Es decir, con muchas menos responsabilidades que un encargado que está por debajo del gerente, casi como un no tan principiante con mayores responsabilidades. De ahí que a mayores responsabilidades, mayores riesgos. Como cuando comencé a pensar que si el local se incendiaba, no lo iban a volver a abrir. Me equivoqué. Volvieron a instalar una replica exacta en el mismo lugar. Como si nada hubiera pasado. El negocio seguía siendo rentable. Por lo que lo intenté una segunda vez. Y de las cenizas surgió el mismo local. Y así seguí unas…”
“Unas seis o siete veces – corté el relato, una imagen se venía a mi cabeza – me enteré por haberlo leído en un diario que ya no recuerdo cual era. Nunca hubo muertos, sólo daños materiales.”
Pedro lo miraba como quien entiende pero quiere hacerse el idiota para no caer del todo en la situación.

“Todos pensaron que era una trágica casualidad. Lo extraño era que a medida que los incendios iban pasando, la cantidad de gente que visitaba el local era cada vez mayor. Aunque ya visitaban el nuevo local, o la cuarta o quinta versión del mismo. Por lo que mis ganas internas de destrucción no llevaban a otra cosa que a un exitoso implacable. Decidí que seguir insistiendo con esa táctica era inútil, por lo que renuncié.”

Pedro también tenía algo para decir.
“¿No fue en ese mismo local donde el manager o como se le diga, aniquiló a diez clientes, masacró a los seis empleados después de atrincherarse durante una hora?”
Ese tipo se situaciones se fueron dando cada vez más. Solían pasar desapercibidas en las primeras planas, mientras la atención se enfocaba más que nada en las notas estúpidas de color y la pelea por los inútiles espacios de un poder que ya no sirve.

“Es por eso que no me dijeron nada cuando renuncié. Habían pasado tres días desde que había renunciado. Mis padres estaban enojados aún. Recuerdo que vinieron a abrazarme. Fue la única vez que lo habían hecho en mucho tiempo. También fue la última.”

La única manera de que alguien pueda conocerte definitivamente es si esa otra persona fueras tú mismo. Nadie es tan auténtico como lo es en soledad. De la piel para afuera actuamos, usamos máscaras, acciones protectoras, midiendo nuestras actos como si de ello dependiera la existencia del mundo. A solas no se es otra cosa más que un ensayo de una obra que nunca llegaremos a estrenar. Aunque, más de una vez hemos aniquilado nuestra sinceridad. Todo eso ha caído cuando el telón cataclísmico dio comienzo a esta función. Un brindis por aquellos que deseaban el caos. Si es que quedan fuerzas para levantar las copas.

Escuchar el sonido del motor y la radio al mismo tiempo nos dibujó una sonrisa. Buscábamos a lo lejos alguna señal, y teníamos todo cerca, tan a mano, como si sólo tuviéramos que subir un piso y encontrar una habitación. Por fin conoceríamos a Pedro y su mujer, la voz en la radio y su compañía. Una pizca de humanidad entre tanto desconcierto. Subimos por la escalera, mientras que las distintas fuentes de sonido iban mezclándose. Se escuchaba el ruido del generador de fondo, la voz de Pedro por la radio, su mujer que volvía a saludar, algo de música, el ruido de nuestros pasos, la voz que se silencia. Una puerta que se abre, y en menos de un segundo allí está, recibiéndonos con un arma en la mano. Nos observa unos segundos y pregunta en que año se jugó el mundial en Argentina. La pregunta desconcierta. “En el 78”, dice Gabriel. “Vengan, acérquense”, nos dice Pedro guardando el arma. “No tienen recuerdos” dice, por eso la pregunta. “Solamente permanece lo más básico, algunos instintos, algunas características. ¿Los han observado?”. Recorro con mis ojos el estudio improvisado. Una silla, el micrófono, una consola, algunos cds desparramados sobre la mesa, una grabadora tipo reportero. La curiosidad de Gabriel me gana de mano. “Queremos conocer a tu esposa. Puedes decirle que salga de su escondite, que no somos un peligro”. No hacía falta conocer a Pedro desde hace mucho tiempo para notar que sus facciones se habían endurecido rápidamente. “Si fuera radio podría seguir mintiendo, pero ya que están aquí, sólo les puedo decir la verdad.”

Camina lentamente, hay un peso en su espalda, sus hombros no deben ser los mismos. “Perdí un hijo allí en la masacre del estadio y poco me queda del resto, poco resto me queda. Pero esto de la radio me ha mantenido vivo, con esperanzas de encontrar gente como ustedes.” Toma entre sus manos la grabadora, rebobina y reproduce. Una voz de mujer dice “Hola” y aprieta el stop. “Eso es todo lo que me queda de ella. Eso, y los recuerdos”. Pedro recibe un abrazo de Gabriel. Sólo digo: “Lo siento mucho”. Y él me dice que ya va a pasar, que todo, en algún momento, pasa.

La consigna a continuación no es otra que no preguntar más. Gabriel me mira con culpa. ¿Como íbamos a saber? Al menos ahora somos tres, y una voz que no puede hacer otra cosa más que saludar.

Es muy fácil determinar cuando la infancia comienza a arruinarse. Basta escuchar a esos niños preguntar por primera vez: ¿Qué hora es?, para saber que definitivamente han comenzado a caer en picada. De ahí a la adultez sólo hay tropiezos, que no dan paso a caminos libres, sino a otros tropiezos, choques en cadena, embotellamientos. La desgracia no es morir sin haber vivido lo suficiente, lo penoso es no morir a tiempo.

¿Qué hora es?, pregunto. Estuvimos corriendo como veinte minutos hasta que encontramos una casa abierta y desocupada. Gabriel abre la mochila y busca, revuelve, hasta que saca un celular, al azar, dentro de un montón de otros celulares. Lo enciende, espera. “Tiene batería todavía. Cinco de la tarde pasadas. Si de algo te sirve saberlo.” Le pregunto por qué lleva tantos celulares encima, si no le bastaría con tener uno solo. “Nunca se sabe cuando va a sonar alguno. Los que se mueren, sin batería los tiro. La mayoría tienen mensajes, son casi como botellas al mar. Nos encontramos en tal esquina, no te retrases. ¡Qué mierda! ¿Sabés qué está pasando? Muchos te quiero y mensajes desesperanzados de desencuentros. Son como mensajes arrojados a la deriva, a la espera de que alguien los encuentre. En este caso, yo.”

La radio. Pasadas las cinco. Siempre es una incógnita si allí en lo alto, donde sea que estén, si seguirán vivos. La enciendo y hay sólo estática, sin música, sin voces. Se han ido, los han matado, se han muerto, las opciones se multiplican. Nuevamente la estática, y la voz que regresa. “El equipo electrógeno a veces falla. Esta fue una de esas. Aun así, me sigo preguntando si alguien de verdad está escuchando, o estoy hablando al vacío sin sentido…” Te estamos escuchando, digo, y lo repito varias veces como si se tratara de un mantra. Gabriel me mira y dice tener una idea de cómo encontrarlos. Debemos encontrar un punto alto en la ciudad, un edificio del que se pueda observar todo, dentro del bolso tiene unos binoculares que harán el resto.

Llegar a la zona céntrica no fue una tarea para nada fácil. Esquivando diversos grupos, muchas veces debimos caminar varias cuadras de más con tal de llegar a nuestro objetivo. Irónicamente, el edificio al que queríamos llegar se llamaba Vigía II. En algún lugar de la ciudad también habría un Vigía I, y quizás un III también. Pero eso no importaba por el momento. Según Gabriel, la vista de ese edificio es la mejor de toda la ciudad, al no estar bloqueada por otros edificios grandes, el campo de vista es amplio y limpio. Otra de las raras veces en que de la II se ve mejor que la I. Pasar la barricada que bloqueaba la entrada no fue fácil, y mucho menos dejarla armada. Fue más ingenio que fuerza, pero logramos hacernos lugar para entrar. Al subir por las escaleras, escuchamos que nos habían visto entrar, y ya estaban en la puerta, con sus sonidos guturales y esas semi-frases sin sentido.

El piso nueve era nuestro nuevo refugio. A un paso de la terraza. La radio estaba en silencio, una nueva falla seguramente. Sería cuestión de esperar.
“Parece todo muerto desde aquí” dice Gabriel. Comenzamos a marcar los posibles candidatos a alojar nuestros amigos desconocidos de la radio. El primer censo arrojó unas quince posibilidades. Edificios de todo tipo y color, altura y tamaño. ¿Qué buscamos? Alguna luz, un destello, señales de vida. Más allá de intentar recibir, cada cierto tiempo usábamos el sol y un espejo para mandar mensajes hacia la nada. Más botellas al mar, sin saber a donde las iba a terminar llevando la corriente.
“¡Primer contacto!” dijo Gabriel. Y no resultó ser más que un ahorcado en un balcón mecido por el viento. La radio seguía captando estática. Ni música ni voces. Silencio de tumba. “Nada de nada. Sólo nuestro amigo el colgado. Mal por él.” ¿Cuántas veces había leído en las noticias sobre el marido que mataba a la mujer y luego terminaba suicidándose? Observaba al ahorcado en aquel balcón, preguntándome si no estaría frente a la presencia de Pedro, de la radio, y que debido a eso ya no podíamos escucharlo. Perder un hijo, quedarse sin comida, sin esperanzas, todo cae en un patético lugar común. Era eso, o el electrógeno que estaba fallando una vez más. Vigilamos el norte, y el sur, el audio también. La noche vino como vienen todas las noches. El sueño también. Después de unas latas a la hora de la cena, la tranquilidad de estar en algo así como una fortaleza nos dejó dormir placenteramente.

Apenas salía el sol, algunas horas después, y algo nos sobresaltó a los dos. “¿Escuchas eso?” dijo Gabriel aún sin poder despegarse de la voz somnolienta. Tanta coordinación al despertar sólo podía deberse a una alarma, o a un sonido completamente extraño a ese momento. Ciertas imágenes oníricas aún me poseían cuando me esforzaba por identificar el origen. Era un sonido mecánico, constante, cercano, viniendo desde abajo. Y la voz en la radio dijo: “Estamos de vuelta… ¿hay alguien que esté despierto a esta hora?”

Buscamos desesperadamente conectar con alguien. Ya no es tiempo de relaciones. Debes adoptar nuevamente el síndrome de la manada. Juntarse para sobrevivir. El modelo de familia está en retrogénesis, nos juntaremos, sin conocernos.

Estos son mis veinte años. A punto de entrar a una universidad, a cumplir el sueño frustrado de mis padres a quienes tuve que dejar encerrados en lo que era mi casa y escapar de que me maten, literalmente. Años amenazando, y finalmente fue una de las pocas promesas que estuvieron cerca de cumplir.

Era una promesa, como persona, como ser humano. No hice lo imposible por mantenerla, y lo posible estaba fuera del alcance de lo deseable.
Meses antes de entrar a la universidad, mis padres tuvieron una de esas intensas y acostumbradas discusiones que no tenían otro objetivo más que calentar la cena. Veinte palabras sin sentido y me miraban. Yo escuchaba como otras tantas veces, sin replicar, sin entrometerme. Estarían así durante unos 10 minutos aproximadamente, y luego, a cenar como si no hubiera pasado nada. Ese día algo andaba mal, extrañamente mal. La comida se enfriaba más de lo habitual luego de unos 40 minutos de discusión, y como siempre, no osaba interrumpir tan selecto ida y vuelta de palabras sin sentido. Lentamente había finalizado la comida y seguía escuchando que las frases habían dejado de carecer de sentido hace unos 5 minutos. Articulaban de una manera completamente inconexa. Al principio había resultado divertido escucharlos. Era como tener el televisor encendido en la televisión italiana, donde uno intuye que están diciendo, pero en el fondo no se entiende un carajo. Luego todo fue tornándose bastante perturbador, pensaba que no notaban mi presencia, pero al intentar levantarme de la silla, ambos se silenciaron. Al volver a la posición de sentado, seguían en su juego, y nuevamente silencio al intentar levantarme. Decidido a optar por el silencio me levanté de la silla dando unos tres pasos alejándome de la mesa. Otras tantas veces había escuchado esa frase, pero esa vez llegó a sonar particularmente real: “Si te levantas de la mesa te mato.” En otro momento tal vez hubiera regresado a mi lugar, pero no fue este el caso. Cerré la puerta de mi habitación mientras escuchaba el silencio que reinaba en el comedor. Luego vinieron detrás de mí. Empezaron por la puerta, golpeando con algún objeto que no podía llegar a reconocer. Escuchaba golpear dos manos, pero también había algo de metal. Sólo podía pensar en que luego de la puerta, el siguiente destino era mi cabeza. Intuición que le dicen. Cargué en mi mochila más nada que mucho, más poco que algo. Mientras mi cama trababa la puerta y los golpes no dejaban de escucharse, escapé por la ventana saltando sobre el techo del auto. Pero esta vez, sin cuidar demasiado si lo abollaba o no. Intenté hacer un puente para arrancar el auto sin las llaves, pero eso sólo funciona en las películas por lo que me tuve que ir caminando. Las casas, cada dos por tres, hervían por dentro. Era cuestión de parar la oreja y escuchar, no era nada metafórico decir que se estaban matando. Aquella fue la noche que todo estalló, aunque ya estaba muy latente desde hace tiempo.

Una de las pocas cosas que leía era el diario. Me divertía analizando las noticias, y cuando comenzaron a saltar tantos hechos violentos, uno tras otro, no me pareció una simple coincidencia. Quería estudiar psicología. No creo haberlo mencionado. Igualmente todo eso es cosa del pasado. El presente es muy distinto. ¿Mencioné que encontré un desconocido en una esquina? ¿Mencioné que estábamos corriendo? Eran tres, o podían ser cuatro. Uno de ellos, balbuceaba como si nos llamara por nombres que no eran los nuestros. Uno rengueaba, y el otro tenía los dedos de la mano derecha mutilados, seccionados, mordidos. Y ahora nos buscaban a nosotros. Era muy difícil verlos de día, pero hoy, debía existir la excepción.

“Debemos perderlos cuanto antes, no sabemos si con los gritos pueden aparecer más”. Seguían siendo personas, y eso era lo más preocupante. ¿Hasta que punto eran concientes de lo que estaban haciendo?

El sol sigue vigente en su contrapicado meridional. Mi brazo izquierdo raspa una pared plagada de graffitis obscenos. El desconocido, con rostro y todo, me sigue, ante las pocas posibilidades existentes. Veo su figura como si quisiera negarla, como si fuera un espíritu que sólo puede ser visto de reojo, como una sombra. Lleva un arma escondida, por la manera en que camina con una mano en la cintura. Posiblemente haya aprendido a usarla en estos últimos tiempos, como hemos aprendido tantas cosas. Debe tener unos 20 años, ha perdido la mirada en batallas anteriores. Es uno de esos tantos chicos que ya estaban preparados para afrontar los desquicios de un mundo apaleado. Ya desde el antes todo era la simple génesis de la nada. Cree haber vivido todo cuando posiblemente no haya pasado ni siquiera el prólogo de su vida. Nos han arrancado páginas con una inusitada violencia y esto ni siquiera tiene aspecto de nudo.

“Lo terrible de todo esto no es que el mundo se haya terminado, sino que terminemos de darnos cuenta de que sigue tal cual como era.”
Su voz suena real. Como la radio, como eran las personas antes. ¿Se supone que tengo que responder algo?
“Estoy buscando una transmisión de radio.” digo, sin mirar a quien le estoy hablando. “Sólo sé que están en lo alto de un edificio, para poder transmitir mejor”.
“Cada cual con su fortaleza” dice, y empieza a caminar acelerando el paso. “La mayoría de las veces es demasiado mental lo mío. Pero rara vez me equivoco cuando creo que nos están vigilando, como ahora. Desde allá.” Señala una ventana sumida en la oscuridad. Una ventana como ojos negros que miran a la calle, atentos, vigilando. Y dentro, si se pudiera escuchar, hay una respiración, un murmullo, dedos mutilados. “Si quisieran podrían salir. Nada los detiene, pero no lo hacen la mayoría de las veces. Me atacaron un par de veces, y hasta creo que tuve que matar a uno. No estoy seguro. Hace tiempo que no estoy seguro, ni de nadie ni de nada ni de todo. Me llamo Gabriel, y detesto que me digan Gabi.

Atrás quedaron las charlas banales sobre música, sexo y fútbol. Su voz parece cansada, ni siquiera es un eco de alguien que debería estar eligiendo que hacer con su futuro, y sin embargo, parece un soldado inexperto al que lo han mandado al frente porque no queda otra posibilidad. Lo escucho hablar, y suena como yo hace algunos años. Acelero el paso, lo hago instintivamente al notar que comienza a hacerlo él.
“Espero que estés en estado. Porque ahí vienen.”

La única relación sincera posible con una persona es con uno mismo. El resto es una masa incomprensible de pensamientos, secretos, distintos pareceres, ideas cambiantes, imágenes mentales, impulsos incontrolables. De la frontera de la corteza cerebral hacia adentro, todo es control. Es por eso que el estar en contacto con otras personas siempre fue problema. Están allí, observándote. Y sin razón alguna, podrían saludarte o intentar matarte. Y en cierta manera no hay diferencia entre las dos acciones.
Ahí estoy yo, en las mismas calles que solía recorrer evaluando mis voces internas y pensamientos, ahora escuchando la voz que me dice que “no voy a llegar muy lejos”.
En un primer momento pensé que la voz era un delirio interior repentino. Tanto tiempo tratando de alcanzar un equilibrio entre sobrevivir al tener que sobrevivir, y la angustia de la soledad de estar encerrado en un departamento en extremo cárcel, en metáfora ataúd, me había empujado finalmente al delirio. Antes agorafobia contenible y querida, ahora esquizofrenia punzante en un momento en el que de tenerla, no haría más que sintonizar con todo el mundo y pasar desapercibido.

“Digo que no vas a llegar muy lejos solo.”

Es entendible que me quiera acompañar. No puedo estar sin mí un solo minuto del día.

Sin embargo, no soy yo que me estoy mirando.

[Rod Stewart suena de fondo]
[Silencio]
[Silencio]

Comienza a sonar otra melodía. No logro identificarla.
La voz en la radio. La voz que es Pedro.

“Logramos salir. La calle estaba despejada. No había nadie alrededor. Caminamos unas pocas cuadras. Recordábamos que había una casa de música, y logramos llegar hasta el lugar sin ser vistos. Cargamos con unos veinte discos variados, por lo que si alguien sigue escuchando, ya no serán torturados siempre con lo mismo. Hemos encontrado algo de comida también. Les daría la dirección en donde estamos, pero tengo miedo de que nos encuentren y nos lleven. Daría el número telefónico pero las líneas siguen muertas y así estarán por un largo tiempo. Las noches son calurosas y se escuchan cosas raras por allí. No salgan por las noches, es un consejo de amigo. ¿A dónde irían si pudieran escapar?”

Muy lejos.

“Algún día la comida se acabará. Lo pudrible se pudrirá y el hambre hará que vengan por nosotros, por ustedes.”

Muy lejos.

“Otra vez me estoy poniendo pesimista. Los dejo con algo de nueva música. Música que posiblemente diga mucho más o mucho menos de lo que pretendo.”

[A Great Day for Freedom - Un Gran Día para la Libertad - Pink Floyd]

Salir. Caminar bajo la luz del sol que no se detiene ante las pocas nubes. La mochila pesa más de lo debido tras no haberme olvidado de cargar nada. Ni mis miedos, ni mis pensamientos. Aún debo tener unas seis horas de luz para tener éxito. No salir por las noches fue el consejo de amigo. Sí, la radio va conmigo. Muchos años han pasado desde que las familias se juntaban frente a uno de estos aparatos a escuchar sus radionovelas favoritas. Ahora yo me encuentro solo, persiguiendo mi historia. Pienso que fue una buena idea cargar en el carrito de viaje el generador de electricidad. Será lo primero que dejaré si alguien, o algunos me retan a una carrera imprevista, pero mientras tanto, la luz irá conmigo a todas partes.

Un oído libre, el otro ocupado por el susurro de la música en la radio. El entorno se vuelve sobre sí mismo y forma capas de realidades múltiples. El estar conciente del caminar complica el andar. Cada esquina es un panorama completamente distinto. Primero debería encontrar una disquería y luego el edificio. En mi memoria hay unas tres, a la vista ninguna. ¿Y si tengo la mala suerte de encontrarme con alguien indeseable? Ese miedo ya lo tenía de antes. Lamento confesármelo. La mayoría de las personas ya venían siendo indeseables antes de que se volvieran… definitivamente detestables y peligrosas. El grado de atención y vigilancia me traiciona. Paso por alto ciertos resquicios en los que las sombras juegan a ser chinescas. Sobre mi mismo me sobresalto al escuchar lo inesperado. No la música en mi oído derecho, no el silencio en mi oído izquierdo, si una voz que me dice:

“Así no vas a llegar a ningún lado”.

El placer inentendible por la decadencia y la destrucción. El regocijo por esos momentos de desconcierto. La certeza de saber que todo lo establecido había sucumbido bajo el implacable avance del terror urbano. Pocos eran los menos que iban quedando. Lamentos nocturnos al pasar, ecos de recuerdos de la normalidad. La perpetua sensación del momento de aquello que no ha acontecido pero va a suceder. Y por sobre todas las cosas, delirios.

[Rod Stewart deja de sonar]
[Ruido de micrófono que se acomoda]
[Estática]

“Una vez más. Tal vez para ningún oído, tal vez para muchos. Escuchan mi voz y me llamo Pedro. Como el trago, como Picapiedras, como El Grande. Y no quiere decir nada que haya hecho la relación de mi nombre en ese orden. No soy un erudito, pero tampoco un ignorante.”

[Silencio]

“El micrófono no los capta. Pero mis oídos si. De nuevo están en la puerta del edificio. Algunos gritan como si fuera lo último que tuvieran que hacer en sus vidas.”

Dejo la radio a un lado. Bajo el volumen, me acerco a la ventana con la intención de escuchar esos mismos sonidos que deberían venir de la calle. A lo lejos, están a lo lejos. Pero sospecho que son demasiados los focos sonoros como para identificar uno en particular. Subo el volumen nuevamente, y vuelvo al rincón.

“…decir que si tengo calle. Mis ojos tienen llagas. Se terminó la época en que era enfermero en una guardia de urgencias médicas. Los últimos tiempos, los últimos y definitivos tiempos fueron demasiado para alguien que creía haberlo visto todo. Así fue como empezaron a llegar las primeras víctimas. No eran las situaciones comunes de los pacientes de madrugada que se transforman en anécdota de sobremesa. Estuvo esta mujer, de unos sesenta años que había sido atropellada en una esquina. En una situación normal no hubiera pasado de una cadera fracturada, poco más, poco menos. Desafortunadamente el conductor no escapó dejándola abandonada en esa esquina. Detuvo su auto, caminó hasta donde estaba ella y comenzó a torturarla con patadas en las costillas hasta que alguien lo detuvo. Según los testigos, parecía estar disfrutando de ese momento tan morboso.”

[Silencio]

Sin duda era la misma cara que pude ver en el ascensor. Destellos de sadismo, explosiones de masoquismo en bucles, la reencarnación del eslabón perdido entre la inteligencia y el desgarramiento del antiser humano.

[Estática]

“Mucho antes del episodio del Estadio… las morgues no daban abasto. Le temíamos a algo que no sabíamos si existía. Aun así, temíamos que fuera contagioso. Creíamos que le habían puesto algo al agua, pero parecía una idea propia de un pasquín paranoide. Ahí están gritando de nuevo. Me pregunto si saben que estamos aquí. He visto lo que le hacen a las personas cuando son capturadas, y ni siquiera mi trabajo en la guardia del hospital me preparó para algo así. Los dejo con Rod. Es hora de comer algo.”

[Estática]
[Comienza a sonar Rod Stewart]

La posibilidad de encontrar a esta gente en una gran ciudad como la que sobrevivo es nula. Algo tengo que hacer con la vida que me queda. La otra que tenía ha dejado de existir por obra y gracia del caos imperante. Esa vida se fue, y yo sigo vivo de otra manera.

La voz en la radio.

“Este soy yo y no otro más, transmitiendo con un equipo que usurpé de una radio a la que llegué por casualidad al escuchar la voz de Rod Stewart una y otra vez. Hago esto por no tener otra cosa más que hacer. ¿O acaso podemos hacer otra cosa? Está funcionando con un equipo auxiliar, por lo que si dejan de escucharme es que algo está fallando. No puedo decirles donde estoy para que ninguno de esos grupos de salvajes me encuentre. ¿Han intentado escapar de unos 20 de esos? Sólo les digo, si es que alguien está escuchando, que es todo un privilegio tenerme aquí. Especialmente para mí, y para mi esposa que está conmigo. ¿Por qué no saludas para que sepan que estás aquí?”

“Hola”

“Probablemente eso sea todo lo que escuchen de ella. Definitivamente es una mujer de pocas palabras. Lo opuesto a este caballero en exceso charlatán, y sé que me escucharán hablar. ¿Qué más puedo hacer en un mundo en el que sólo me ha quedado mi esposa y mi boca? Bien, dejen de pensar en chanchadas. Si es que alguien está escuchando.”

[Silencio]

“El recuerdo de nuestro hijo estará siempre presente. Diego, dondequiera que estés, nuestro saludo. Fue una de las tantas víctimas de la estampida humana que se produjo hace un año. Nadie podrá olvidar aquel día. Si lo que quedaba del gobierno no hubiera organizado ese refugio en el Estadio Nacional, quizás hoy estaría vivo. Dentro de la masa de gente agolpada en las tribunas y dispersa en el campo de juego, estaban esos pocos que no tardaron en atacar a los demás. Fue de noche, y en la oscuridad fue difícil escapar. Dios… deberíamos estar en su lugar y él hablando aquí. Siempre decía que cuando fuera grande quería ser locutor o periodista deportivo. La gente corría en todas direcciones, los gritos llegaban a ensordecerte. Al otro día el panorama era aterrador. Muertos por asfixia, pisoteados, amalgamados en los pasillos, en las escaleras. Lo que quedaba de la policía intentaba impedir el paso de los sobrevivientes. A lo lejos se seguía escuchando algún que otro grito. No paraban de repetir que no había sobrevivientes, pero sólo pensaban en contener la situación. Por la noche vimos salir algunas personas entre las rejas de entrada. Teníamos la esperanza de que nuestro hijo apareciera, pero sólo vimos aquellas personas que a duras penas podían caminar. Gritaban, con dolor, avanzaban hacia el perímetro establecido por la policía que no dudo en disparar. Caían unos tras otros bajo la innegable orden de las balas. Otros seguían avanzando ciegos de dolor y furia. Algunos policías lograron escapar, otros no tuvieron tanta suerte. Golpeados, pisados, pateados, mordidos, terminaron igual que muchos dentro del Estadio. Nosotros, encerrados en un noveno piso. Estábamos a salvo.”

[Silencio]
[Estática]

“Tanto ustedes como yo estamos buscando lo mismo. Una maldita respuesta.”

[Silencio]

“Lamento que el único disco sea el de Stewart. Así que lo escucharán a él mientras no tenga ganas de hablar.”

[Silencio]
[Empieza a sonar un tema de Rod Stewart]

Apago la radio. Escuchar otra voz, con algo de cordura me hará bastante bien. De alguna manera hay que intentar llegar a algún lado. Yo también quiero al menos, una respuesta.

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