“¿Me podés repetir la pregunta?” le digo a Pedro que está pasando revista a nuestros recuerdos para saber si nos estamos yendo o si aun estamos aquí.
“¿Cuántos años duró la segunda guerra mundial?” repite mirándome a los ojos.
Respondo, y quiero creer que está bien. Su cara no denota nada de nada, se lo ve cansado.
Mis pensamientos se debatían si estábamos compartiendo la habitación con un pirómano o con un rebelde nihilista sin causa alguna. ¿Reducir a cenizas un local de comidas rápidas para probar si su teoría era real?
“Entonces… ¿desde el primer momento fue intencional el incendiar por completo tu lugar de trabajo?” Gabriel me mira y sonríe. No logro distinguir si lo hace de puro maniático o intenta ser simpático.
“Fue casualidad. Me olvidé una freidora prendida durante toda la noche, y las alarmas no estaban funcionando. Desafortunadamente había algunas cosas inflamables cerca. Reconozco que después se hizo mucho más fácil…”
Todos hemos perdido algo. Gabriel sin padres, Pedro sin esposa e hijo, he dejado atrás familia y novia. Todos hemos perdido a alguien. Pero no extrañamos a nuestros muertos, los envidiamos. Íbamos vestidos de negro a los funerales, posiblemente igual que el cadáver dentro del cajón, con la esperanza de que nos confundan y nos lleven también. Pacientes, esperamos. Vivimos toda la vida esperando morir. Tengo en mi haber un desfile de doctores, psicólogos, todos con sus ecos pidiéndome que piense en positivo. Mi madre por otra parte incitándome a la lectura de incontables libros de autoayuda. Hoy esas páginas servirían para calentarnos la comida.
Hablamos sobre el origen de todo. Nos hemos vuelto por momentos monotemáticos, pero es lo que nos rodea. Hablamos de nuestros recuerdos donde todos están vivos, el pasado nos sonríe en fotos blanco y negro, hoy somos una mueca ni siquiera irónica.
“Entonces… de un día para otro la gente se volvió loca y comenzaron a atacar a los demás… y luego hubo un contagio y los que no estaban locos se volvieron así y todo fue una gran cadena y los que no estamos de esa manera debemos escondernos para evitar que nos maten…” Pedro sonaba tan tranquilo por la radio, que escucharlo de esa manera era poco acorde con la realidad. “¿Y todo eso vino de la nada? ¿No hay historia? ¿Cuál es el punto de sobrevivir con tantas imágenes imborrables? Hasta donde voy a tener que volver a soñar una y otra vez con mi mujer siendo empujada por mis manos a través de la ventana, luego de que intentará ahorcarme mientras pronunciaba un sinsentido de palabras interminables? ¿Quién me va a borrar eso? Hay veces que desearía ser como ellos. ¿Cómo? Ah si, me di cuenta que había empezado a olvidar, como si fuera un Alzheimer a velocidades asombrosas. En dos días, olvidó mi nombre y llegó a no reconocerme. Después de eso se puso violenta. Me despertó un día con sus manos en mi cuello, apenas podía respirar. La encerré en una habitación. Logró escapar tres veces, y las tres veces intentó matarme. Bailaba una música siniestra en su cabeza, murmuraba palabras como un mantra. No dejo de hacerlo mientras caía. Aun escuchaba sus gritos, no de dolor, cuando estaba allí en el suelo. Luego se la llevaron, la arrastraron por una de las calles. Es algo que apenas pude mirar. Quien sabe que habrán hecho, o porque tienen ese comportamiento. Eran la manada no dejando atrás al herido, eran los sospechosos no dejando atrás ninguna prueba.” Casi como un tic, toma el grabador en sus manos, da vuelta el cassete, aprieta play y el silencio entre nosotros se corta. La voz está a medio camino del humano y el animal. Es una garganta que hace gárgaras con su propia saliva. Las palabras no se llegan a entender. Son ráfagas, zapping vocal descontrolado. Dolor. Angustia. Vacío. Entre un hola y esos ruidos era evidente que todo estaba muy mal encontrado, descarriado, perdido.
Sigo creyendo que no existió ningún agente externo para que esto sucediera. Que la semilla de la destrucción es y será nuestro ser, o la ausencia del mismo.
“Deberíamos esperar a que venga alguien más y después intentar salir de la ciudad. Tendríamos que turnarnos para hacer llamados. Así fue como llegaron ustedes dos…”
De casualidad, le digo. Deberíamos decir la dirección del edificio donde estamos. Alguna dato preciso. ¿Qué podemos perder con todo lo que hay por ganar?
Empezamos con los mensajes cada una hora, indicando la dirección del edificio en el que estamos atrincherados. Al otro día, casualidad o no. La entrada del edificio estaba llena de seres murmurando, gritando y maldiciendo en su lenguaje de gárgaras.
He aquí nuestro pequeño proyecto. Una sencilla razón para despertarse por la mañana. Alguien en algún punto de la ciudad, posiblemente esté escuchando una radio, alguien vendrá, y saldremos camino hacia algún lugar, incluso si afuera está sucediendo lo mismo que acá.
“¿Recuerdan las primeras líneas del Martin Fierro?” Asi fue como una nueva ronda de preguntas empezó. Y muchos recuerdos, seguían intactos.


