El Sendero de la Venganza 5/5

20 de Abril, 2010

- ¿Qué demonios me cuentas?.
– Si, en menos de quince minutos, el mundo que conoces se ha ido por el desagüe.

– Dímelo sin tapujos- le exigió Felicia, sentada en la cama de la enfermería. Tenía un ojo y la mitad de la boca cubierta de apósitos, ambas piernas enyesadas hasta la rodilla y su espalda le enviaba pequeños pero constantes latigazos de dolor.
– Bueno, nada que la cirugía no pueda arreglar y ya de paso te podías retocar otras cosas…
- No bromees con eso- le reprochó. – Dime lo que sepas de la situación en el planeta.

- ¿De verdad quieres oírlo? La doctora ha dicho que sería mejor para tu recuperación que no te sometiera a estrés.
- ¡Como si se me para el corazón otra vez! ¡Quiero saber la verdad!
– Pues eso no lo sabremos hasta que podamos llegar a la superficie y para eso necesitamos un trasbordador. Lo que te puedo decir ahora es que dos tercios de la población de la tierra han muerto o esa es la estimación con la que trabajamos. Los que quedan se enfrentan a un invierno nuclear mientras no se pose el polvo. La temperatura ha descendido ya que la luz del sol no puede atravesar esa densa barrera. Los que sobrevivan a eso, serán afortunados.

- ¿Y ahora donde vamos?.
– Os dejaremos en Selene. Allí esta todo preparado para comenzar con la reconstrucción.
- ¿Crees que nos volveremos a levantar después de esto?.
– Si, confío en la gran capacidad de adaptación del ser humano. ¿Qué quieres que te diga? Soy un optimista patológico- sonrió. En su corazón, en un lugar oscuro y frío, al que rara vez prestaba atención, moraba otro sentimiento – Y su infinita sed de venganza. Eso hará que se mantengan calientes durante esta noche eterna y soporten las mayores calamidades con tal de alcanzar su objetivo final.

De nuevo en el puente, el navegante preguntó- ¿Qué oyes?- Sacudió el hombro a Miko, que tenía los cascos puestos.
– Esto- y apretó el botón para que se pudiera oír aquella amenaza.
– ¡Os habéis metido con el planeta equivocado! ¡Terminaremos por daros caza y os exterminaremos como a perros! ¡Como a simples cucarachas!
– Está en todas las frecuencias, parece que lo está mandando uno de los cazas o quizás lo hagan desde la tierra, quien sabe.

“Quien resiste, vence” Persio, poeta romano.

El sendero de la Venganza 4/5

20 de Abril, 2010

– Yo me he criado en orbita al planeta o en cargueros como este, nunca he estado en la Tierra. ¿Qué me importa a mí que tenga un cráter más o menos?
– ¡Pues ahora nunca la conocerás como era!- le replicó airada.

Su pareja la sujetaba, mientras el delgado tripulante se iba. Allí, en aquel planeta que algunos llamaban hogar, más rocas espaciales surcaban el cielo. La India arrasada, ardiendo por un costado e inundada por el otro. En Oriente medio el terror venido del cielo había hecho callar las armas, pero no los reproches.
A continuación le vino el turno del viejo mundo. Los mayores daños los sufrió Europa central, entre la frontera de Polonia y Alemania, ahora había una nube de polvo que trepaba hasta la atmósfera superior. Una mujer, rubia y con el pelo sujeto en una cola de caballo se cubrió los ojos ante el nuevo resplandor. Luego preguntó, aunque ya se temía la noticia:
- ¿Dónde ha sido esta vez?

La mujer rusa se acercó, la estrechó con fuerza mientras movía la cabeza afirmativamente. Sus lágrimas se entrelazaban y no se sabía cuando comenzaban las de una y acababan las otras. Reykiavik era ahora un erial de asfixiante vapor de agua, mezclado con lava ardiente de las múltiples erupciones volcánicas.

Por el oeste ya se intuía el nuevo mundo, donde comenzaron a llegar toda clase de fragmentos ígneos. Los cientos de lagos de Canadá se multiplicaron, mientras en Brasil la selva tropical hervía en una marea de fuego imparable. Colombia recibió un impacto en la costa del Pacífico y se sucedieron los terremotos. En pocos minutos, había podido contemplar la agonía de un planeta habitado por miles de millones de almas.

- ¿Cuál es la misión ahora?- Pregunto Net.
– Rastrearemos estos desperdicios hasta encontrar supervivientes y luego dejaremos a esta gente en Selene. Miko, te necesito en el puente. Debemos encontrar algo entre tanta chatarra metálica.
– Ya voy- se la escuchó sollozar por el micrófono. Cuando se sentó en el puesto de radar, su cara era una máscara hierática, como marcaba la tradición japonesa, aunque su mono olía al incienso que se quemaba ante los altares de los antepasados. Después de un momento de flaqueza, había regresado la mujer profesional que todos admiraban.

– El mejor homenaje que podemos hacer a nuestros seres queridos, es traer a los que podamos a un lugar seguro. Si tus padres estuvieran aquí, sería lo que te dirían.
– Si, capitán- fue su lacónica respuesta.
– Capitán, hay dos señales a las diez, rumbo nord-noroeste. Giro de treinta grados.
– Pues vamos allá. Miko, vigila los restos, si nos alcanza estamos muertos- La señal se fue haciendo cada vez más fuerte y contemplaron una luz naranja parpadeante.

– Net, extiende el brazo de recuperación. Si les queda tanto aire como batería, el rescate se quedará en un relato macabro.
- ¿Qué haces tu aquí?- la chirriante voz del especialista sacó a Net de su concentración. Mientras manipulaba los mandos del brazo telescópico, ignoraba a Abecedario, que acababa de salir de la cama. Vestía pantalones cortos y una camiseta usada.
– Estoy recuperando dos cápsulas de la estación central.
- ¿Han tenido algún problema?
– Si. Ahora ya no existe. Solo es un cinturón metálico a la deriva.

El sendero de la Venganza (Prologo 3/6)

7 de Abril, 2010

Hola, de nuevo, ha pasado mucho desde que no actualizo la novela blog, tanto que ya ni me acuerdo. Me pongo a ello de inmediato. Un saludo amigos visibles, invisibles y neutros.

– Yo me he criado en orbita al planeta o en cargueros como este, nunca he estado en la Tierra. ¿Qué me importa a mí que tenga un cráter más o menos?
– ¡Pues ahora nunca la conocerás como era!- le replicó airada.

Su pareja la sujetaba, mientras el delgado tripulante se iba. Allí, en aquel planeta que algunos llamaban hogar, más rocas espaciales surcaban el cielo. La India arrasada, ardiendo por un costado e inundada por el otro. En Oriente medio el terror venido del cielo había hecho callar las armas, pero no los reproches.
A continuación le vino el turno del viejo mundo. Los mayores daños los sufrió Europa central, entre la frontera de Polonia y Alemania, ahora había una nube de polvo que trepaba hasta la atmósfera superior. Una mujer, rubia y con el pelo sujeto en una cola de caballo se cubrió los ojos ante el nuevo resplandor. Luego preguntó, aunque ya se temía la noticia:
- ¿Dónde ha sido en esta vez?

La mujer rusa se acercó, la estrechó con fuerza mientras movía la cabeza afirmativamente. Sus lágrimas se entrelazaban y no se sabía cuando comenzaban las de una y acababan las otras. Reykiavik era ahora un erial de asfixiante vapor de agua, mezclado con lava ardiente de las múltiples erupciones volcánicas.

Por el oeste ya se intuía el nuevo mundo, donde comenzaron a llegar toda clase de fragmentos ígneos. Los cientos de lagos de Canadá se multiplicaron, mientras en Brasil la selva tropical hervía en una marea de fuego imparable. Colombia recibió un impacto en la costa del Pacífico y se sucedieron los terremotos. En pocos minutos, había podido contemplar la agonía de un planeta habitado por miles de millones de almas.

- ¿Cuál es la misión ahora?- Pregunto Net.
– Rastrearemos estos desperdicios hasta encontrar supervivientes y luego dejaremos a esta gente en Selene. Miko, te necesito en el puente. Debemos encontrar algo entre tanta chatarra metálica.
– Ya voy- se la escuchó sollozar por el micrófono. Cuando se sentó en el puesto de radar, su cara era una máscara hierática, como marcaba la tradición japonesa, aunque su mono olía al incienso que se quemaba ante los altares de los antepasados. Después de un momento de flaqueza, había regresado la mujer profesional que todos admiraban.

– El mejor homenaje que podemos hacer a nuestros seres queridos, es traer a los que podamos a un lugar seguro. Si tus padres estuvieran aquí, sería lo que te dirían.
– Si, capitán- fue su lacónica respuesta.
– Capitán, hay dos señales a las diez, rumbo nord-noroeste. Giro de treinta grados.
– Pues vamos allá. Miko, vigila los restos, si nos alcanza estamos muertos- La señal se fue haciendo cada vez más fuerte y contemplaron una luz naranja parpadeante.

– Net, extiende el brazo de recuperación. Si les queda tanto aire como batería, el rescate se quedará en un relato macabro.
- ¿Qué haces tu aquí?- la chirriante voz del especialista sacó a Net de su concentración. Mientras manipulaba los mandos del brazo telescópico, ignoraba a Abecedario, que acababa de salir de la cama. Vestía pantalones cortos y una camiseta usada.
– Estoy recuperando dos cápsulas de la estación central.
- ¿Han tenido algún problema?
– Si. Ahora ya no existe. Solo es un cinturón metálico a la deriva.

El Sendero de la Venganza (Prologo 2/5)

19 de Julio, 2009

El capitán tiró delicadamente de los mandos y se fue alejando del muelle espacial. La Pegaso no se podía comparar en nada aquella maravilla de la ingeniería centauriana. Era pequeña y rechoncha. Su frente era una esfera que rotaba sobre un eje para obtener gravedad. A partir de allí, era una larga superestructura de aspecto industrial donde se alojaban la propulsión iónica, la antena de comunicaciones y los depósitos de combustible.

Le habían incorporado algunos paneles rectangulares de duraluminio, para mejorar la protección contra los micro-meteoritos, lo que le daba un aspecto de piña inacabada. Cuando regresaran a Deimos, deberían ajustarlos de nuevo para no perderlos, como había pasado durante el atraque a la estación.

La nave centauriana estaba lejos, su escolta regresaba y sucedió algo que nunca había visto. El arco trasero de la nave diplomática comenzó a girar de forma hipnótica y expulsó una nube de partículas color zafiro, inmediatamente después se disipó y aparecieron un ciento, miles de meteoritos, propulsados por pequeños motores-cohete, que los hicieron atravesar el vacío en un parpadeo. Las naves, mas pequeñas y ágiles, las vieron pasar a su alrededor como balas asesinas.

– ¡La estación!- exclamó el capitán de la Pegaso, mientras pulsaba los pedales para aplicar la mayor potencia posible a los propulsores de maniobra y cambiar el rumbo.
- ¿Qué pasa?- Gritó el navegante que rodó por los suelos. Entraba en ese momento por la puerta, al comenzar su turno.
– Aplícate con el ordenador y traza una trayectoria directa de regreso. Si colisionamos contra la Luna, te mataré yo antes.

El hombre del pelo rapado se limitó a pedir datos al ordenador por el micrófono y señaló en la pantalla táctil una línea que los llevaba sin escalas hasta la estación.
Desde lejos, se veía cómo aquellos híbridos asesinos los golpeaban como una tormenta salvaje de granizo.

Los depósitos, con sus largos brazos mecánicos, saltaron por los aires, arrastrando consigo grandes trozos de la instalación espacial, que se unían a la mortal lluvia. Las agujas de la estación, donde se desarrollaba la mayor parte de la actividad humana, habían crecido en su día como los rascacielos en la tierra.

Ahora, ante sus ojos, se iban fragmentando, separándose del anillo de atraque donde se veía como se perdía poco a poco la atmósfera y la vida de aquel grueso anillo. Algunas cápsulas parecieron escapar, pero eran demasiado pequeñas para que supusieran un alivio en aquel sombrío día.

Los choques se veían desde la orbita como pequeñas columnas de polvo color crema, se iban sucediendo simultáneamente, en el sentido en que la oscuridad de la noche cubría la tierra. Comenzó en Vanuatu y en las dispersas islas del Pacífico sur. Mucho se temían que en estos momentos debían ser arrasadas por titánicas olas.

Desde la órbita, no se podía apreciar con tanto detalle, solo grandes masas blancas y azules que engullían aquellos diminutos puntos en el océano.

El Sendero de la Venganza

13 de Julio, 2009

Antes que nada, gracias sufridos lectores. Lo que váis a leer a continuación es un amago de ciencia ficción belica, que a diferencia de lo que habeis sufrido hasta ahora tiene una perspectiva más naval. La he desarrollado a partir del siguiente relato que escribí para un monografico del apocalípsis. Espero que os guste.

Prologo El día de las lágrimas innumerables

- Control de vuelo, aquí Pegaso, pedimos permiso para desatracar.
– Manténgase a la espera- la autoritaria voz femenina no correspondía al tono habitual de Felicia. – El vector de aproximación debe quedar libre para la nave del embajador de Centauri.
- ¿Cómo han ido las negociaciones?-le preguntó con tono rutinario.
-¿Cómo crees?- su voz se notaba fatigada.- Pero ¿tú donde has estado los últimos tres meses?
– De camino aquí, después de descargar materiales y personal en Marte. Las cosas no pintaban bien cuando salí.
– Pues no están mejor ahora…

El sonido se cortó, la nave del embajador, una aerodinámica lanceta, de morro afilado y enmarcada en sus extremos por dos estructuras que recordaban a ruedas de carro, interfería en las comunicaciones. Sus colores eran vivos, morado, verde y gris claro, formado un diseño de manchas superpuestas, que recordaba a un cuadro moderno o a un calamar atrayendo a su amada.

Se escuchó a un centauriano hablar en su lengua. No precisaba entender el significado de las palabras para notar su tono arrogante y ofensivo. Le transfirieron la operación a una controladora de origen centauri, que le dio en su propio idioma las instrucciones para acoplarse al trasbordador que llevaba al embajador Rao a la órbita.

El capitán centauri le dirigió una ultima puya diciendo algo que sonó como Ak-Ak y que a punto estuvo de responderle con un “y tu hijo de…” que indicaba el mucho tiempo que ya llevaba entre los humanos la empleada de la estación. Varios cazas de las fuerzas de defensa terrestres escoltaban a la nave. A su lado, las pequeñas y toscas naves, de color plateado, parecían motas de polvo en un inmenso cielo tricolor.

– Tenéis un canal de vuelo libre, ¿Qué carga lleváis ahora?
– Déjame consultar- hizo como si comprobara el manifiesto de carga y le contestó – Maquinaria pesada y un grupo de científicos nórdico- rusos. Gente muy entrañable, créeme. Sobre todo después de la segunda botella de vodka.
– Que te sea leve, Alex. Estación central corta.
– Pegaso fuera.

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5 de Julio, 2009

Y llegamos al fin, gracias por estar por ahí y a ver si dispongo de mas tiempo para ofreceros algo mas constante.

- Así que si no os ha asustado todo esto, es hora de ponerse a trabajar en serio. ¡Adelante!, los diez quilómetros hasta el cerro del diablo no se hacen solos y con todo el equipo, incluida la tienda de campaña y el saco.

Así que la primera marcha casi fue la última. En el barracón, todos, incluso los que se creían en buena forma, estaban desfondados y aún no les habían dado armas, lo que se añadiría a los cuarenta kilos de equipo. Al tirarse sobre la cama, a Cuadrado le pareció reconocer a alguien un par de literas mas allá, que se ataba los cordones de las botas.

- ¿Cómo te has librado de la marcha? Porque es la primera vez que te veo, aunque yo te conozco… Aquel hombre se dirigió a ellos y les miró de una forma extraña, con superioridad
– Sañudo ¿eres tu de uniforme?-exclamó Miguel Cisneros que entraba por la puerta con un bolsa de hielo en el hombro.
Pedro Sañudo señaló una uve invertida en su manga y les respondió

- A partir de ahora os dirigiréis a mi como cabo Sañudo, reclutas-la voz era cortante exclusivamente profesional- Os instruiré en manejo de explosivos y ocuparé el puesto de cabo de pelotón, ¿alguna pregunta? Los dos compañeros se miraron asombrados, tragaron saliva y se cuadraron.
- No señor- le respondieron olvidándose que habían estudiado y formado parte del mismo equipo de Lacros.

– Una última cosa-se aproximó a ellos, les lanzó una mirada y les replicó- ¿Os he acojonado o no?-les sonrió y torció una ceja, para demostrarles que todo aquello era una comedia- ¿Cómo habéis sido tan idiotas como para asomar por aquí vosotros dos? ¿Qué ha sido de la liga universitaria?.

– La han cancelado por falta de patrocinadores-le anticipó Sergio-Todos se están volcando en la guerra y los que quedamos no llenábamos los estadios. ¿Y como es que estás tu aquí?.
- ¿Ya no os acordáis de mi rodilla?-le respondió palmeando su articulación.-la prótesis no me permitía seguir jugando y la ingeniería que escogí era un carrera demasiada cara para podérmela permitir sin la beca deportiva.
– Más te hubiera valido haberte venido con nosotros aquel día y no coger el metropolitano-se lamentó Miguel.

– No, para nada-le respondió- Eso mismo pensé yo al recibir el alubión de malas noticias que siguió al accidente. La recuperación fue dura y solitaria, tuve mucho tiempo para darle vueltas pero me sirvió para desprenderme de todo lo que no me hacía falta y una de esas cosas fue la necesidad de compadecerme de mi mismo. Yo hice lo que hice porque era lo correcto y los demás se pueden ir al infierno.
- ¿Y el hombre que sacaste se salvó al final? Oí que era un borracho que pegaba a su mujer.
– No, murió en el hospital, pero su familia todavía me envía cartas de vez en cuando en agradecimiento. De ellos y de otros que creen que me deben la vida.

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24 de Junio, 2009

Libro 1. Lo que dejamos atrás.
Malaespina, Campamento Bernardo de Gálvez
Continente abisal, otoño, seis meses d.P

El camión recorría una carretera cenicienta todavía a medio hacer, donde sudorosos operarios se esforzaban para ampliar los dos carriles. Superaron a una apisonadora y la conductora los saludó dentro de su cabina, sería de su edad y vestía una camiseta blanca y un peto de color azul claro. Los dos amigos silbaron apreciativos y ella les lanzó un beso, con la cara cubierta de aceite industrial.
- ¿Has visto eso?-le dijo Sergio Cuadrado a su amigo Miguel Cisneros.
– Si, y espero encontrarla en mi primer permiso. No sabía que había chicas en esta desolación. Las escasas comunidades habitadas en el continente Abisal estaban concentradas en la costa sur, la dirección opuesta a la que se dirigían. Sobrevivían explotando los ricos afloramientos minerales o con el abastecimiento de los mismos, aunque todavía no eran autosuficientes.

Allí donde miraban solo había llanuras negras, jaspeada con una ocasional deyección de piedra pómez aislada. Las bocas de los volcanes se veían a lo lejos, muy hacia el interior, un paraje si cabía más lunar que el que los rodeaba. El resto de los hombres que se sentaban en el camión no eran tan entusiastas como ellos y se sentían en la necesidad de alentarlos. Al final de la carretera, se encontraron con una estructura rectangular, vallada con altas rejas metálicas, que se ponían a toda prisa. Había un puesto de control en la entrada y el convoy en el que iban pasó sin problemas el reconocimiento de la policía militar. Descendieron de los camiones y fueron dirigidos al barracón de intendencia sin muchas explicaciones. Tras entregarles un uniforme y todos los artículos que precisarían durante el entrenamiento, formaron delante de su sargento instructor, un hombre algo y grueso, de piel rosada por el sol, con el pelo afeitado y mandíbula cuadrada, de la que rebosaba una incipiente papada. No los miraba con ningún aprecio, la verdad.

– ¿Esto es lo mejor que puede ofrecer un planeta tan poblado como este?-se quejó a voz en cuello.-Muchos de vosotros no pasareis el entrenamiento básico, os lo aseguro ahora, así que si queréis contribuir al esfuerzo de la Unión, os ofrezco el teléfono de una fábrica donde precisan personal-alzó delante de ellos un folleto con el logotipo de color plateado de Industrias pesadas de Malaespina, el lugar donde muchos de sus padres trabajaban diariamente- Montan camiones como el que os ha traído hasta aquí, entre tullidos y abuelos. De este modo no me haréis perder el tiempo- Los miró de uno a uno y no le devolvieron la mirada, se limitaron a perderla entre los barracones a medio montar o la interminable extensión de la pista de obstáculos.
– Se os ha traído a este lugar infernal para endurecerlos y convertiros en la 113º compañía de la caballería aérea. Una vez que terminéis el entrenamiento, seréis capaces de llegar al campo de batalla desde cualquiera de las plataformas de las que contamos, sean transportes de tropas Hércules, helicópteros o cualquier cosa que vuele y tenga motores ¿entendido? Deberéis sostener el combate por vosotros mismos, sin tener en cuenta nada más que lo que podáis cargar sobre vuestra espalda y a vuestro compañero. Si estas exigencias os parecen demasiado duras, podéis marcharos ahora, si lo hacéis después, seréis considerados desertores y os darán caza como a animales. Muy buenos tenéis que ser para regresar con vida a vuestras casas desde aquí. Solo hay un vuelo semanal con el continente principal y como habéis podido ver, está muy vigilado.

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21 de Junio, 2009

– Eso espero. Ya hemos perdido a un teniente y no se que oficial se podría arriesgar a venir con nosotros.
– Uno que esté loco- le replicó.
– Si, de esos me conozco unos cuantos.

A Ramírez, después de enderezarle la pierna y enyesársela, la metieron en una camilla, junto a otros cuatro heridos, que como bandejas, eran puestos en rieles en el helicóptero.
Cerraron las puertas y los sanitarios se quedaron en medio, apoyados sobre ellas, comprobando las constantes. Uno de los heridos, comenzó a perder el color de golpe, expulsó sangre por la boca y los sanitarios intentaron la reanimación cardiaca, sin éxito. – Haber aguanto hasta aquí para nada- pensó la soldado con congoja en el corazón. No iba a llorar, porque no era su estilo, pero si que se le puso un nudo en la garganta cuando le taparon la cara con la sábana.

La otra parte era la más dura-pensó el sargento. Poco a poco, se fueron llenando las bolsas negras de los muertos en acción. Algunos costaba reconocerlos, otros parecía como si la parca los hubiera cogido dormidos y continuaban con esa cara plácida. Prefería no pensar en los amigos que había dejado atrás, mejor-reflexionó-, en los que continúan conmigo, aunque cada día eran menos.

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9 de Junio, 2009

- ¡Que bajo has caído, cabrón!- El sargento Sañudo golpeó los barrotes con el puño. Le amenazó agitando un dedo, recordando a los camaradas gaseados por él
– Tienes suerte de que estés ahí encerrado, porque te iba sacar del pellejo los amigos perdidos por tus nubes de venenos.
- ¡Me obligaron!-se justificó- ¡No quería morir!
- ¿Y sabes cuantas vidas te has cobrado, enloqueciendo a los tuyos con químicos? Deberían matarte ahora, porque comparado con lo que vas a pasar en la cárcel, será como la cocina del Infierno.

– Por otro lado, también tenemos a estos- señaló a un par de Fenn, desprovistos de más ropa que un mono de color amarillo limón y unas chanclas blancas. Uno de ellos parecía una mujer, sus curvas la delataban aunque ninguno de los dos podía encontrar aquella criatura atractiva. Tenía una cruel sonrisa, despectiva, que enmarcaba unas facciones desprovistas de emoción. Sin cabello ni orejas y con aquel tono de piel claro, que recordaba a alguna especie porcina. El otro, con el rostro congelado en una máscara de indignación, se expresaba en su idioma en un tono alto, dando manotazos en el aire. Manchas púrpuras, de pequeño tamaño y de forma oblonga, comenzaban en su sien y se perdían por el cuello, destacando sobre todas las cosas.

– Estos dos son los oficiales de mayor rango que hemos capturado hoy, los transportarán junto al profesor Neumeyer para juzgarlos por crímenes de guerra. Que no te engañen su apariencia, ella dirigía la policía política, encargada de vigilar a los disidentes y derrotistas y ese venerable anciano de allí, en el comandante militar de este sector. Ha dirigido las operaciones militares desde que llegamos aquí. Lo ha intentado ocultar, pero su huella genética lo ha delatado. Ya queda menos para que podamos regresar a casa.
– Es bueno saberlo - le contestó mientras descendía por la escalera - Esta vez hemos aplastado su columna, ya no volverán a levantar cabeza.

– “Eso llevan diciéndolo desde que salimos de Miseria” - le replicó imitando su voz - Yo solo quiero ponerme en movimiento para la siguiente misión, mi sangre hierve de actividad- Le sonrió con cara de loco.
– No sabía que tenías tanto interés en los blancos templos de los fennitas. Quizás quede alguno en pie cuando lleguemos a la capital. Si no se rinden antes. He oído que hay movimiento entre los militares descontentos en retaguardia y podrían deponer al directorio regente.
– ¡Tú deliras! Estos fanáticos persistirán hasta que solo halla muerte y cascajos a su alrededor. Y aún así, intentarán con su último aliento llevarse a alguien por delante.

Oscurecía cuando llegaron los helicópteros de evacuación. No se distinguían de los que los trajeron hasta allí. Sus puertas se abrieron y salieron los sanitarios con las cabezas gachas. Las guardias se seguían a rajatabla, mientras grupos de heridos abandonaban el improvisado hospital de campaña. Los más graves iban primero, entre ellos, destacaba una mandíbula cuadrada, era lo único que no estaba cubierto de vendas, el sargento se acercó y le preguntó al sanitario que soportaba la camilla.
– Si, es el mayor. Parece que tiene un severo trauma craneal y una cadera rota. Le hemos sedado y nos lo llevamos para que lo opere un neurocirujano.
- ¿Sabéis como ocurrió?
– Parece que mientras rescataba a un herido, un obús le explotó muy cerca, llenándole la cabeza y la espalda de metralla. Pero se pondrá bien, para continuar dándote ordenes.

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8 de Junio, 2009

Así era, de los tanques, sujetos todavía por las correas, colgaban cadáveres en diferente estado de conservación. Retorcidos en extrañas posturas, se juntaban los que ya eran sobre todo huesos hasta los que comenzaban ahora a descomponerse. En varios habían introducido a dos sujetos, que se habían golpeado hasta la muerte intentando huir de aquella locura química. Sus forzosas posturas y los numerosos golpes así lo atestiguaban. No era preciso observar las marcas sanguinolentas en el cristal de aquella cuba.

– Todo para asegurarse la efectividad de la niebla verde - continuó el comando - Hasta ayer mismo la han estado produciéndola en masa y los transportes están llenos de depósitos que la contienen. Pero no te he mostrado lo más horrible que ha sucedido aquí. Aún hay algo más.

Salieron de aquella cámara de horrores y recorrieron un corto tramo de pasillo. Luego subieron una escalera metálica, fijada con pernos a la estructura exterior del edificio.
El comando golpeó la puerta metálica tres veces y se abrió una rendija, por la que asomó un par de cañones.
– Dejarnos pasar. Ya tendréis otras ocasiones para matarnos.
- ¿Qué nos traes?- Le respondieron.

El cabo Rubio miró en su mochila y les ofreció algo que hacía tiempo que no veían, un embase grande de helado, que parecía a punto de derretirse.
- ¿No tienes cerveza?- Preguntó el otro centinela.
De su brazo colgaba el brazalete de la policía militar. Algunos habían llegado en helicóptero para custodiar a los prisioneros y habían sustituido a los supervivientes en aquellas tareas. La evacuación de los heridos debía esperar todavía, lo que les escocía bastante.

Aquellos individuos tenían el pelo cortado al rape, bajo las gorras del mismo tejido del uniforme. Vestían armaduras corporales ligeras e iban armados con pistolas y porras que colgaban del cinturón. Había un par de escopetas sobre una mesa de guardia, donde un tercer hombre hacía un solitario, sin dejar de mirar al frente.
– Lo siento soldado, no se permite beber alcohol estando de servicio. ¿Ahora podemos pasar?
– Si, pero no por mucho tiempo. Esperamos el relevo dentro de poco.
– Nos iremos enseguida, créeme. No era lo mismo encontrarse entre unidades de combate que entre aquellos aficionados, que caían fácilmente en la relajación, como veía ahora.

Aquella habitación era un pequeño recibidor y al fondo se veían una serie de jaulas de grandes dimensiones. Había dos, una enfrente de la otra y en medio, un ancho pasillo que permitía moverse a varios hombres cómodamente. Tras los barrotes, algo o alguien se movía.
– ¡Ha sido todo un error!, yo no debo estar aquí. ¡Suéltenme!, ¡no soy un animal!- Hablaba perfectamente y sin ninguna clase de acento, como rasposo sonido que tenían las amenazas escuchadas en la oscuridad de Miseria. No podía ser un Fenn.
– Este traidor ha estado colaborando en la fabricación de armas químicas para el Imperio. Es más, tenemos pruebas de que él es el responsable del proyecto.

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1 de Junio, 2009

– Los polímeros son un material estratégico para continuar la guerra y esta era la única pista por donde podían escapar. ¿Qué hay más importante para el enemigo que continuar con la guerra?
– Pues saldrás de dudas si me acompañas.
Los dos antiguos compañeros de estudios caminaron en silencio por el dédalo de tuberías y depósitos cilíndricos, hasta llegar a un edificio cuadrado y anodino entre varias instalaciones mayores. A vista de pájaro, era indistinguible del pavimento, su color era el mismo que todo lo que le rodeaba, gris armada. La puerta de seguridad de la entrada estaba fuera de los goznes.

Observó que también ellos estaban heridos, aunque no se quejaban. Aquel edificio en particular parecía haber sido tomado por la fuerza. Las puertas interiores tenían las sombras de los explosivos y cientos de papeles se acumulaban por todas partes. No veía los cuerpos de los Fenn muertos, pero si el rastro de sangre y sesos que seguía a un combate encarnizado. Pasaron por delante de alguna clase de oficina, tenía los cristales rotos y un archivador metálico tirado por el suelo, que escupía fichas escritas en caracteres incomprensibles. Junto a ellos, equipos informáticos que desafiaban a su somero análisis, continuaban milagrosamente funcionando, emitiendo un sonido sordo y bajo.

– Ese es trabajo de inteligencia- pensó. Que se ganen el pan como todos. Atravesaron un largo pasillo, pintado de colores suaves, las paredes tenían amplios ventanales que permitían ver un jardín muy cuidado. Lo verde crecía sobre ligeras cañas de bambú y piedras de un color blanco claro, colocadas como sustrato, completaban aquel inusual paisaje. Al otro extremo había una entrada y a la izquierda, un corto pasillo. Al atravesar el umbral que ponía fin a aquella imagen tan idílica, comprendió que motivo tenía todo aquello.

La estancia en la que se encontraba estaba en la penumbra, iluminada por algunas lámparas que habían dejado los comandos. Cubriendo una pared, había depósitos de paredes de cristal, como los de los acuarios, que iban del suelo al techo. En el primero, astillado por alguna explosión, se podía ver un puñado de pequeños objetos blancos y lisos, que se mantenían juntos gracias una serie de tiras de grueso cuero marrón. En las paredes del recipiente, había depositado un polvillo de color verde, que solo difería de la patina del oxido en el color.

– ¿Eso es lo que creo que es?
– Si- le contestó con un leve cabeceo.- Por eso quiero que lo veas con tus propios ojos. No que te lo cuenta otra persona.
– ¡Cerdos!, ¡animales! Cada día que pasa, me dan más motivos para despreciarlos.
– Pues no has visto lo peor.

Levantó la cercana lámpara lo más posible y fue repasando uno por uno aquellas innombrables cámaras de terror. A medida que avanzaban, los restos eran de mayor tamaño y el polvo verde más numeroso hasta que llegaron al final.
– Primero experimentaron con perros, luego con monos y grandes simios. En la última fase, recurrieron al ganado. Creía haberlo visto todo en Miseria, pero se ve que aún tendré más motivos para asquearme, antes de llegar al final de esto.
– Pero aún hay más. La otra pared está reservada a la especie humana.

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26 de Mayo, 2009

El obús del tanque silbaba sobre sus cabezas y convertía su hermano metálico en un amasijo de metal ardiente. Al poco rato, sin embargo, él también se iba a reunir con su creador. Estalló mientras intentaba otro disparo. Era el fin de aquel tanque y de la resistencia de los Fenn. Desmoralizados y hartos de intentar forzar aquella entrada sin obtener resultados, se daban la vuelta y probaban a dar un rodeo. No quedaban ya muchos, quizás una docena, muy baqueteados. Solo esperaban salir como fuera de aquella bola de barro infecta. No les salió bien la maniobra.

Mientras intentaban poner rumbo a casa, los cogió fuego de costado, que los hizo darse la vuelta como un juguete tirado por un gigante aburrido. Un grupo de ruidosos y mortales tanques Cortes, disparaban a la carrera, acortando la distancia con sus metálicos congéneres. En pocos minutos, los diezmados tanques eran hogueras a campo abierto.

Los primeros Cortes llegaron a las posiciones de la compañía y se encontraron con una sorpresa. Las tripulaciones los miraban incrédulos, como si contemplaran una nueva raza alienígena desconocida.
Dulce se echó a sus brazos y a punto estuvo de aplastarlo con su abrazo. Eran una chica menuda, pero cuando se emocionaba, podía dar un buen susto.
- ¿Nos daban por muertos?- Repitió el sargento Sañudo.
– Si- el capitán Torrecilla se limitó a secarse de nuevo el sudor con cara compungida- El escuadrón de la fuerza aérea que bombardeó las naves de transporte aseguró que no había ninguna actividad en las proximidades del complejo y asumimos que habían muerto todos.
– Pues casi lo logran, créame. ¿También tienen problemas con las comunicaciones?
– Si, parece que durante la batalla naval se han destruido los satélites que nos prestaban ese servicio. Se reanudará pronto, pero mientras tanto, estamos a oscuras.

Los tanques establecieron un perímetro defensivo mientras los heridos eran llevados al interior del complejo. En las abandonadas oficinas de la empresa, se instaló el hospital de campaña. Todo el que pudiera caminar por su propio pie, colaboró al traslado y los carristas repartieron sus suministros médicos ante la necesidad de plasma, morfina y vendas estériles.

Al fin, el ajetreo del día entonó el canto del cisne, el sargento Sañudo salió a airearse un poco y a beber la poca agua que le quedaba. La última gota resbaló perezosa por su garganta y por el rabillo del ojo vio como una sombra se le acercaba.
– Seas quién seas, acércate. Hoy no estoy de humor para persecuciones- Con el fusil encarado y un único cargador, movía la cabeza a la izquierda para indicar al extraño donde quería que fuera.
– Se ve que ya no reconoce a los amigos, Sargento- El Fantasma no había abandonado su uniforme de camuflaje, aunque ahora, las tonalidades de su disfraz eran mucho más oscuras y metálicas.
– ¡A ti se te ha reblandecido el seso con el calor!. Acercarte así a alguien, estando en guerra… ¿Qué nueva sorpresa tienes para mi?
- ¿Quieres saber porque este lugar es tan importante para los Fenn?- Le preguntó enigmático.

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23 de Mayo, 2009

La infantería Fenn, por su parte, estaba atascada en aquel cuello de botella y debido a la amplitud del frente, eran incapaces de avanzar de forma decisiva, los restos de la compañía frenaban sus asaltos frontales y pronto los tanques asumieron la iniciativa de nuevo, pasando por encima de los cuerpos de sus compañeros, que como cucarachas, chirriaban estridentes bajo sus ruedas. Barreras de fuego aplastaban los últimos reductos de la castigada compañía, mientras eran recibidos con un nutrido fuego de granadas que los dejaba en donde estaban hacía pocos minutos.

El sargento miró otra vez por encima de su posición al sentir una gran vibración en el suelo, como si se tratase de una estampida de animales salvajes. Algo se acercaba, ruidoso y pesado, la nube de polvo era ya visible. Esperaba que esta vez fuera de los ruidosos y pesados que le gustaban, los suyos.
- ¿Buenas noticias?- Preguntó doc. Le faltaban manos para contar a los que había atendido y le sobraban para el recuento de su material.
– Puede. Depende de quién sea el que levante el polvo.

Sin previo aviso, las cosas se aceleran de mala manera, a los Fenn les entraron las prisas por acabar la partida y sus cañonazos eran cada vez más indiscriminados. Los cuerpos de sus compañeros volaban por los aires al mismo tiempo que los de sus enemigos. Los sanitarios movían a los heridos como podían hasta la retaguardia, que era también la última línea de defensa, ya no había nada más. Lo siguiente era correr hasta la valla y probar suerte en el complejo.
- ¡Pegaros a los tanques!- Gritó Sañudo mientras salía de su refugió hasta el montón de chatarra que era la tortuga que tenía delante de él.

Sus hombres lo siguieron y fueran de ruina en ruina hasta llegar hasta el blindado que tenía medio borrado un símbolo que recordaba una esfera atravesada por una cruz. Ahora solo quedaba la mitad izquierda y pronto no quedaría ni eso. Era quién dirigía la carga, por lo que si lo inutilizaban, quizá su terca resistencia se vendría a bajo. Eran cuatro contándolo a él, los dirigió a otros puestos para que lo cubrieran mientras el preparaba algo diferente.

Las granadas volaron nuevamente. Alguno de aquellos tanques se quedaron inmovilizados, pero otros ya no caían en la misma trampa y los encaraban con su grueso blindaje frontal, por donde las granadas eran poco menos que fugaces fuegos artificiales.
- ¿Dónde está el sargento?- preguntó Cuadrado mientras se retiraba a sus refugios de chapa.
– No lo sé- le contestó un soldado tan verde como él- Se habrá quedado atrás.
Miraron los dos a su espalda al mismo tiempo y contemplaron como un solitario soldado saltaba sobre un tanque y dejaba algo sobre una rejilla de ventilación de forma cuadrada. La ametralladora resonó inútil al encontrarse en un punto muerto y aquel soldado lo sabía. Se movió con rapidez y buscó refugio. La munición Fenn se limitó a atravesar futilmente el aire.
– Ese está loco.
– ¡Tu calla y cúbrelo!

Dispararon sin pensarlo y atrajeron el fuego del tanque que dirigió su cañón hacia ellos. El soldado regresó hasta sus posiciones y les indicó que se fueran de allí con señas.
- ¿Cómo?- insistía el otro, pero Cuadrado ya lo intuía y lo sacó de allí a rastras.

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18 de Mayo, 2009

- ¿Hay algún motivo por el que no se ha distribuido este material al resto de las divisiones?- Preguntó el sargento a Polvorilla, con los ojos muy abiertos y esperando una explicación.
– Estas granadas tienen una carcasa muy ligera, para que aceleren a gran velocidad y puedan atravesar los blindajes sin mayor complicación. Sin embargo, el envoltorio no deja de ser demasiado frágil y su carga es muy instable al contacto con el aire- reconoció moviendo los ojos.
– Lo entiendo, que no le den a un montón de ellas o saldremos volando.
– Di mejor que os consumiréis como teas. Contienen alguna clase de sal de magnesio que reacciona con el aire. Inflama todo lo que se encuentra a su alrededor, pero ya lo verás si sobrevives a esto. No envidio a esos cabrones.

La joven echó a correr cuesta arriba. En la puerta lo esperaba alguien que alargó el brazo y la coló de nuevo en su interior, donde se perdieron. Era bueno saber que también ellos podrían hacerlo, aunque no todos lo lograrían con tanta ligereza como aquella extraña muchacha.
– Vamos, repartir las granadas.

No llegaban para resolver sus problemas por si solos, pero le parecía más seguro que confiar en una hipotética rendición. Aunque la unidad entera se amotinaría ante aquella orden y bien sabía que incluso si aceptaban era una forma más cruel de condenarse a muerte. Hacía ya mucho tiempo que no escuchaba la voz del mayor por los cascos, pidiendo información actualizada con disparos de fondo y sabía que a partir de ahora, sería a quien todos mirarían para tomar alguna decisión, por ser el sargento más veterano. Lo que no le permitía aliviar su cargada espalda.

Los proyectiles fueron pasando de mano en mano y los lanzadores esperaron a que dieran la orden. Estelas rojas salieron de sus armas y alcanzaron las tortugas, que se quedaron inmóviles hasta que estallaban las recargas de sus armas. Aún así, su ímpetu no se frenó, otros soldados Fenn, con sus plateadas armaduras, saltaron sobre aquellas ruinas inmóviles y llegaron a sus posiciones para morir bajo sus balas. Se comportaban como hormigas que acababan de encontrar una familia de picnic en el campo. Ahogados por su número, solo habían retrasado el desastre que se avecinaba.

Los tanques tortuga ya no se acercaban con tanta audacia si no que esperaban fuera de su campo de tiro. De vez en cuando, descargaban sus cañones sobre sus posiciones, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
- ¡Recuento de munición!- Gritó sobre la algarabía reinante.
– Menos de la que me gustaría- respondió el soldado Cuadrado, que tenía una mano vendada como una momia.
– Este tambor y el de reserva- respondió el cabo Fajardo, que se había negado a descansar, sostenía la posición con el arma de uno de los caídos, del que prefería no recordar el nombre. Los otros informaban a viva voz y la situación en conjunto era difícil pero sostenible.

Al menos por otros cinco minutos. La división no respondía a sus llamadas, quizás hubiera interferencias o simplemente se habían ido a tomar un café, fuera como fuera, la ayuda no llegaría del cielo esta vez.

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18 de Mayo, 2009

- Fantasma- fue lo único que logró hacer salir de su garganta seca.
- ¿Lo hizo un fantasma?- Le contestó extrañado.
– El Fantasma- le contestaron a coro los allí reunidos, algunos heridos que esperaban atención, otros, reclutas que disparaban de forma descuidada. El interfecto debía ser uno de los reemplazos mas jóvenes porque para aquella compañía solo existía alguien que merecía tal mote.

La línea comenzaba a desmoronarse y eran pocos los que aún mantenían la sangre fría.
A lo lejos, se veía una silueta delgada que corría en su dirección desde el complejo, llevaba dos maletas colgadas de las manos y la cabeza agachada, no parecía uno de los suyos, ni les demostraba simpatía alguna. Se agachó junto al sargento y abrió las cajas. En ellas había granadas, de cuarenta milímetros, con una cinta roja a su alrededor.
– Polvorilla ha llegado. Les dejo los regalos y me voy corriendo- dijo a través de su intercomunicador.
– Roger, gracias polvorilla- otra vez la familiar voz del Fantasma hacía acto de presencia. Fantasma observó la situación por el tele-objetivo de su rifle y descubrió a un par de Fenn que se acercaban furtivamente por un costado, eludiendo el fuego de los exhaustos infantes, que se agolpaban como cucarachas tras las débiles planchas metálicas.

La cosa estaba difícil, avanzaban separados, uno delante del otro. Debía hacer dos disparos, aunque el primero podría alertar al superviviente. Desechó esa imagen y respiró profundamente. Luego expulsó el aire despacio, al mismo tiempo que presionaba dos veces el gatillo. El silenciador anuló cualquier referencia sonora y las horas que había pasado oculto en el bosque, en su búsqueda de pájaros, era una garantía respecto a la visual, lo que implicaba que solo lo verían si quería.

La tensa trayectoria atravesó el casco de la armadura del más retrasado, salpicando con su densa sangre al que iba un paso por delante. Este se giró y en un parpadeo, antes incluso que el muerto perdiera la vertical, otra bala se abría camino por el débil blindaje de su cuello y alcanzaba su objetivo, algún punto entre la garganta y el cerebro. El centurión Fenn apoyaba su espalda en la amarillenta chapa, en un último acto de rebeldía, pero eso tenía fácil solución.

- ¿Qué nos traes?
– Granadas Infierno. Todas las que nos quedan, así que utilizarlas con cuidado.
- ¿Con eso pretendes acabar con un tanque?- dijo alguien.
- ¿Me presta su arma, sargento?
– Ahora mismo.
La joven cargó el lanza granadas y apuntó al tanque más cercano, que en eses momentos remataba la jugada, dos contenedores más a la izquierda. Sus gruesas ruedas aplastaban bajo su peso los restos de una construcción prefabricada. La granada salió a gran velocidad, girando sobre si misma y perforó el blindaje, pero no hubo explosión, de momento.

Se escucharon una sucesiva ristra de detonaciones, de resonancia metálica, débil y sorda, como tracas de feria debajo de un cubo. Entonces, el tanque se detuvo. Salía humo del agujero y el reconocible olor a carne quemada, que aun no siendo humana, apestaba igual.

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11 de Mayo, 2009

Se produjo una pequeña explosión, un débil destello pirotécnico pero nada más. La ametralladora giró implacable y lo alcanzó de lleno en el pecho.
Cayó a plomo sin que nadie le prestara una mano. Su mecánico exterminador continuó con su avance, pasando por encima de sus piernas inertes y aplastándolas, salpicando de astillas de hueso y sangre aquellos inmensos rodillos negros.

Subidos a los contenedores, tumbados de estómago, los soldados les arrojaban granadas y los pocos cohetes que todavía les quedaban y luego, saltaban a cubierto, dañando, pero no consiguiendo parar a los tanques que seguían arrojándolos de sus posiciones. Algunos de ellos estaban parados, inútiles para moverse y se limitaban a barrer las posiciones con sus cañones mientras las tropas avanzaban bajo su fuego.

El cabo Fajardo, encaramado a la cubierta de un prefabricado y protegido por varios colchones puestos a modo de sacos terreros, cubría la retirada de sus compañeros aunque sus balas solo lograban retrasar a los infantes. Los blindados le trataban con absoluta indiferencia.

Uno de ellos, el que estaba más avanzado, disparó al contenedor y lo redujo a chatarra mientras intentaba huir saltando, el metal incandescente lo rodeaba. No llegó a incorporarse si no que se arrastró apoyado en los brazos mientras se veía cercado por los infantes que se acercaban a campo abierto. Alguno caía bajo el fuego para luego levantarse, implacables y fríos.

La espalda le dolía como si hubiera parado un rayo con ella y las piernas las encontraba pesadas, igual que hechas de plomo. Su ametralladora estaba inutilizada, demasiado lejos. Palpó su chaleco, buscando su pistola. Desenfundó y le quitó el seguro. No le sería de gran utilidad contra aquellos cocolisos blindados, pero a él solo le hacía falta una bala.

Pensó un momento en su familia, en su esposa y sus hijas, a las que apenas veía y apretó la mandíbula en un nuevo esfuerzo por moverse. No llegó a alejarse siquiera un metro, pero no podía dejarse morir sin haberlo intentado. Tomó su arma, oscura y pesada, entre sus dos manos y disparó al primero de ellos a la junta de la rodilla. El infante blindado reculó un segundo pero continuó su mortal avance. No sabía que cara había puesto pero seguro que se estaba carcajeando de él, dentro de su cascarón metálico. No hicieron nada, se limitaron a acortar la distancia, como un sádico juego del gato y el ratón.

Agotó su cargador intentando hacerles retroceder y cuando iba a dispararse para evitar ser capturado vivo, el flamante líder del grupo se cayó de espaldas, con un disparo en la frente. Antes de que rebotara en el suelo, un segundo disparo alcanzó al Fenn de la izquierda y sin tiempo a recuperarse de lo insólito de la situación, el tercer miembro del escuadrón de la muerte caía cual saco de cemento, abatido como un pichón al vuelo.

Los tres en un parpadeo y con un orificio en la cabeza perfectamente centrado.
- ¿Lo ha hecho usted?- Le preguntaba el soldado que lo arrastraba hasta una posición más protegida. No sabía de donde había salido pero era agradable que fueran otros los que te cargaran. Ya no quedaban muchos sitios donde ocultarse y la carrera de los tanques continuaba implacable. Lo dejaron con la espalda apoyada en un contenedor, mientras su rescatador disparaba, sacando tímidamente el arma por una esquina.

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4 de Mayo, 2009

– No, he visto a gente con esta herida correr maratones - mintió el sargento. - ¿Dónde está el sanitario?
– Doc está ocupado, señor. Me temo que no será su único paciente.
– Pues veamos que tenemos aquí- Rasgó la pernera del pantalón y examinó los orificios de entrada y salida que, como alfileres, atravesaban su piel. Contó tres, aunque no debían haber afectado a ninguna arteria importante, porque no había mucha sangre, solo un hilillo rojo oscuro. El hueso estaba roto por varios sitios, por los que asomaba. No podía mantenerse de pie por si misma y necesitaría anti-bióticos, con una herida abierta en medio de aquella insalubre esquina del mundo.
- No se está recreando en esto ¿verdad?- Le preguntó mientras apretaba los dientes.
– No muchacha-el sargento mayor sonrió con amargura- no eres mi tipo. Yo las prefiero con curvas- La joven se sonrojó ante el comentario. No era culpa suya si no había desarrollado más.

Sacó una venda del botiquín de la joven y abrió el envase con los dientes, mientras con las manos hacía presión sobre la herida. Los otros estaban ocupados manteniendo el fuego así que solo contaba con sus dos manos para la presión. Echó sobre la herida un sobre de antibióticos para prevenir la infección y fijó el apósito autoadhesivo con una mano.

Lo apretó tan fuerte como pudo pero no tenía con que inmovilizarlo así que se limitó a aplicar una ampolla de morfina y señaló a uno de los soldados.
– Acompáñala hasta retaguardia, que la atiendan mejor allí. Nosotros te cubrimos.
La chica se apoyó en el hombro de su compañero y les lanzó una última mirada, como si temiera que nunca los volvería a ver. Cada poco, se movían a la siguiente línea, apoyados por las secciones de asaltos, que más acostumbrados a tomar posiciones que a defenderlas, se limitaban a seguirlos sin hacer preguntas.

Mucho tiempo debía transcurrir mientras iban de una barrera de contenedores a otra, aunque tenían la impresión que se había congelado para otros, puesto que el apoyo esperado no llegaba nunca. Una estela blanca en el cielo los llenó de esperanza. Varios bombarderos de la flota hacían un vuelo de aproximación. Parecía que iban a descargar sus bombas y les librarían de sus penalidades, pero no era así.

Pasaron de largo y al poco rato, se escucharon los silbidos de su sofisticada carga y después, contundentes explosiones que hicieron retumbar la tierra. Pero a su alrededor, había los mismos tanques y algunos infantes menos, todo gracias a su propio esfuerzo, no a los amigos del aire. Un denso humo negro se desprendía a su espalda, creando una columna que se elevaba hasta el cielo. Fuese lo que fuese, no podían esperar ninguna clase de ayuda.

Los tanques asumían en control del terreno, haciendo que los infantes reculasen definitivamente, ante su obvia inoperancia. Giraban sus torretas a un lado y a otro, intentando alcanzar a alguno de sus enemigos, que esperaban ocultos en sus puntos ciegos. Su gran tamaño, ahora resultaba una ventaja, puesto que era difícil acertar a sus puntos débiles, medio encajados en aquellas estrechas avenidas de tierra. Porque un tanque tortuga no era un camión pesado y ellos lo sabían.

Los dejaron pasar mientras preparaban algo con que frenar su avance. Situado en el extremo del contenedor, un solitario artillero con un S.A.M, disparó su misil a la torreta.

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28 de Abril, 2009

Cambió el tambor y escupió otra vez, no sería por su culpa, que aquellos apestosos cochinos se largasen por la puerta de atrás.

Mutilados, se arrastraban por todos los lados, como robots frenéticos por alcanzar algún lugar desconocido. Pero eso no frenaba los cañoneos que comenzaron a afinar la puntería. Los soldados habían reforzados sus posiciones empleando las colchonetas como aislamiento, pero aún así, aquellas cajas de lata eran una trampa mortal, por lo que esperaban fuera de ellas, agachados, a que llegasen los tanque tortugas. Las manos estaban sudorosas e inquietas, los hombres se miraban los unos a los otros y se daban palmadas en los hombros para animarse.

Las cortinas de fuego se concentraban en barrer la escasa cobertura de los contenedores, para que las tropas, que comenzaban a descender, se encargaran de limpiar el paso, arriesgando al mismo tiempo sus vidas, a mayor gloria del imperio.

Los hombres se estaban portando bien. Cada bala disparada era un blanco enemigo, lo que reducía su número de forma considerable y se replegaban a la siguiente posición sin que tuviera que decirles nada, como un baile largamente aprendido. Pero eso no bastaba para ganar la batalla y regresar con vida a casa. Si no aparecían los carros en treinta minutos o apoyo aéreo, que nivelase las cosas, se verían abocados a hincar la rodilla y replegarse al interior del complejo, porque, a pesar de que eran más que ellos, no contaban con nada lo suficiente pesado para ocuparse de los tanques aparte de algunos S.A.M y se agotarían primero que los tanques a destruir.

Contempló la cuesta arriba, desprovista de ninguna protección y una alta valla, electrificada para alejar a los curiosos; mejor era no llegar a ese extremo. Cambió el cargador con un movimiento mecánico y disparó una ráfaga en el pecho a uno de aquellos infantes plateados, que se desplazaban en grupos de tres por el medio y medio de la carretera de tierra. Su víctima se cayó al suelo de inmediato pero continuó moviendo los miembros, como si fuera víctima de un ataque epiléptico y expulsando de forma intermitente balas por el arma incorporada al brazo. Otro más apareció por el mismo sitio y el soldado Cuadrado le disparó, alcanzándole en una pierna, pero siguió como si nada, con los huesos del muslo al aire.

– ¡A la cabeza o al pecho! - repitió en voz alta Cuadrado.- No hace falta que me lo vuelva a decir- Iba a asomarse otra vez y el sargento lo retuvo, tirando de él por las correas de la armadura. Las balas del Fenn atravesaron el aire como un enjambre metálico, justo delante de su nariz.
– Espera a que no dispare - le advirtió. Se escuchó un clic, como de un mecanismo mecánico atascado.- ¡Ahora! -Y salieron simultáneamente de detrás del contenedor. Acabaron con el soldado imperial y llegaron a la carrera hasta el siguiente. Se pararon para cubrir a los que venían detrás. Uno de los soldados que los seguía tropezó y le alcanzaron en la pierna derecha cuando rodaba por el suelo.
– Mantener el fuego, yo voy a por Ramírez.
A su espalda los hombres dispararon sin parar, haciendo que los infantes plateados tuvieran que dejar su presa o cubrirse entre las ruinas de los contenedores, que comenzaban a parecer coladores cuadrados. La agarró por debajo de las axilas y tiró por ella hasta ponerla a resguardo.

- ¿Es muy grave?- Preguntó.

La promoción perdida 49/62

25 de Abril, 2009

– Miraré por ahí, señor- Al poco rato regresó con un par de ellos, apestosos como todo lo que había por allí.
– Llévalos hasta la tercera línea y que los cubran con tierra, es una solución rustica pero ganaremos tiempo contra la infantería.
- ¡Ya llegan!- Gritó uno de los centinelas, parecía las palabras que todos esperaban para regresar a sus puestos.
– “Negros como el infierno y espesos como la hierba”- pensó el sargento.
Pronto se descubriría si eran pocos para cumplir aquella misión y si llegaría a ver impreso su título. Observaba a aquellas moles acercarse y detectó una clase distinta de vehículo que no le encajaba, entre todos los que había visto.

Los retrasados y numerosos, eran aquellas familiares tortugas blindadas, que levantaban polvo a la cola de la formación, a los que se habían encaramado todos los infantes armados que podían, como inmensas garrapatas blindadas; encabezados por unos vehículos que nadie había visto hasta ahora. Eran rectangulares, con pasarelas de rejilla, encaramadas a los lomos de aquella bestia; donde iban colgados más soldados con sus armaduras, hasta un número de diez en cada lado. El frente, parecía un inmenso globo blanco, preparado para expandirse como un inmenso airbag, al primer golpe. Tenían ocho ruedas, cuatro a cada lado y la cabina no se apreciaba desde allí, aunque si una pequeña aleta, que parecía una antena de comunicaciones. Le recordaba a un camión al que se le había dado la vuelta y había cuatro de ellos en cabeza de la formación. No llevaban armas visibles, pero eso no quería decir que no les aguardase alguna sorpresa.

– Son transportes de tropas - informó al cabo Fajardo, que le miraba interrogante - Los han debido construir con chasis de camión, pero no han entendido los planos.
– Bueno, eso me anima mucho- Escupió al suelo y juró entre dientes. Subió al techo de una de aquellas casas prefabricadas y ajustó una vez más las colchonetas atadas que le servían de parapeto. Su gesto era fatalista, como si hubiera descartado una victoria de última hora. – Nos llevaremos unos cuantos por delante- pensó mientras apilaba la munición que le daba un cargador de artillería. Era un soldado joven, novato. Apenas conocía a los reemplazos y prefería no encariñarse con ellos. Siempre eran los primeros en caer.

La vanguardia de aquellos extraños vehículos entró en la línea de la muerte como una exhalación, con sus compañeros sobre sus pasos. Como una exhalación también, botaron unos metros hacia el cielo por un segundo, proyectándose los cuerpos de los soldados sobre sus compañeros, que dispararon sin muchos resultados a los contenedores vacíos. Estos reventaban como si fueran palomitas de maíz y eran igualmente inofensivos. Las tropas supervivientes avanzaron desorientadas, cayendo en la trampa del alambre de espino. Este se tensó y se clavó a la altura de la rodilla. Solo servía para hacerles perder el equilibrio, pero los ponían en franquicia para rematarlos en el suelo con poco riesgo. El soldado Cuadrado se encontró a uno así y le disparó en la nuca. Se revolvió, moviendo los brazos y le disparó una ráfaga que acabó con él, definitivamente.

El cabo Fajardo, encaramado a un contenedor, disparaba a los que intentaban por todos los medios, salir de su cárcel metálica y solo conseguían eludir el calor directo del fuego no la muerte. Su “sierra” sembraba la munición que acababa con ellos. A uno, medio atontado todavía y con la armadura a cachos le alcanzó en el pecho, algo más arriba del esternón y se dobló hacia atrás como si fuera de papel de aluminio.

Lo siento

25 de Abril, 2009

Hola, hace demasiado tiempo que no pongo nada por aquí y seguramente os preguntaréis si tengo una buena causa, tengo que decir que si a medias. Hace cosa de dos meses, mi hermano me cambió el disco duro y por el camino, se me estropeó la conexión y tuve que arreglar muchas otras cosas antes de ser funcional otra vez, mas por cabezonería que por otra cosa. He aprovechado para añadir algunas cosas en el texto, añadiendole alguna página más y así será. Un saludo y una disculpa.