El Sendero de la Venganza (Prologo 2/5)
19 de Julio, 2009El capitán tiró delicadamente de los mandos y se fue alejando del muelle espacial. La Pegaso no se podía comparar en nada aquella maravilla de la ingeniería centauriana. Era pequeña y rechoncha. Su frente era una esfera que rotaba sobre un eje para obtener gravedad. A partir de allí, era una larga superestructura de aspecto industrial donde se alojaban la propulsión iónica, la antena de comunicaciones y los depósitos de combustible.
Le habían incorporado algunos paneles rectangulares de duraluminio, para mejorar la protección contra los micro-meteoritos, lo que le daba un aspecto de piña inacabada. Cuando regresaran a Deimos, deberían ajustarlos de nuevo para no perderlos, como había pasado durante el atraque a la estación.
La nave centauriana estaba lejos, su escolta regresaba y sucedió algo que nunca había visto. El arco trasero de la nave diplomática comenzó a girar de forma hipnótica y expulsó una nube de partículas color zafiro, inmediatamente después se disipó y aparecieron un ciento, miles de meteoritos, propulsados por pequeños motores-cohete, que los hicieron atravesar el vacío en un parpadeo. Las naves, mas pequeñas y ágiles, las vieron pasar a su alrededor como balas asesinas.
– ¡La estación!- exclamó el capitán de la Pegaso, mientras pulsaba los pedales para aplicar la mayor potencia posible a los propulsores de maniobra y cambiar el rumbo.
- ¿Qué pasa?- Gritó el navegante que rodó por los suelos. Entraba en ese momento por la puerta, al comenzar su turno.
– Aplícate con el ordenador y traza una trayectoria directa de regreso. Si colisionamos contra la Luna, te mataré yo antes.
El hombre del pelo rapado se limitó a pedir datos al ordenador por el micrófono y señaló en la pantalla táctil una línea que los llevaba sin escalas hasta la estación.
Desde lejos, se veía cómo aquellos híbridos asesinos los golpeaban como una tormenta salvaje de granizo.
Los depósitos, con sus largos brazos mecánicos, saltaron por los aires, arrastrando consigo grandes trozos de la instalación espacial, que se unían a la mortal lluvia. Las agujas de la estación, donde se desarrollaba la mayor parte de la actividad humana, habían crecido en su día como los rascacielos en la tierra.
Ahora, ante sus ojos, se iban fragmentando, separándose del anillo de atraque donde se veía como se perdía poco a poco la atmósfera y la vida de aquel grueso anillo. Algunas cápsulas parecieron escapar, pero eran demasiado pequeñas para que supusieran un alivio en aquel sombrío día.
Los choques se veían desde la orbita como pequeñas columnas de polvo color crema, se iban sucediendo simultáneamente, en el sentido en que la oscuridad de la noche cubría la tierra. Comenzó en Vanuatu y en las dispersas islas del Pacífico sur. Mucho se temían que en estos momentos debían ser arrasadas por titánicas olas.
Desde la órbita, no se podía apreciar con tanto detalle, solo grandes masas blancas y azules que engullían aquellos diminutos puntos en el océano.