Sobre Robert D. Paz

Martes 15 Julio 2008

“Tracé un ambicioso plan, consistía en sobrevivir”

Nacho Vegas

Me niego a usar la tercera persona para hablar de mí.
Convertir lo que tenía que ser una nota biográfica en una nota autobiográfica por la necesidad de escribirla en primera persona, me incomoda. Siempre desee que este ejercicio lo llevara a cabo un profesional al que no me unieran lazos de amistad o parentesco, pero no va a poder ser.

Mi madre suele recordarme que cuando la matrona me azotó en el culo, en lugar de llorar bostecé. No me extraña. Según los datos que constan en mi cartilla de nacimiento, llegué de madrugada, apenas sin molestar y en pleno día de la marmota. No creo en horóscopos ni predestinaciones, pero por algún motivo a veces me siento como Bill Murray en Atrapado en el Tiempo: viviendo una y otra vez ese día en el que unos cuantos chalados intentan adivinar la duración del invierno por el comportamiento de una marmota. De locos.

Al poco tiempo de nacer, los soviéticos mandaron al espacio la MIR y un tal Ridley Scott estrenó la mítica Blade Runner. Fue un fracaso de crítica y público. Antes de que cumpliera el año de vida, el gran Philip K. Dick murió sin conocerme y en España, el gris dejó paso al rojo y comenzó a oler a rosas.

Con cuatro años inicié mi etapa académica de la misma forma que la terminé veinte años después: somnoliento. Nunca he dormido correctamente. Se me dieron bien los estudios, aunque nunca fui el primero de la clase. Creo que para bien o para mal nunca he sido el primero en nada. Siempre me he dejado llevar cómodamente sentado en el vagón que va justo detrás de los primeros, de los mejores, de los listos, de los empollones, de los buenos jugando al fútbol, de los conquistadores. Yo no era de sobresalientes, era de notables. La mayoría del tiempo me he movido entorno al percentil veinticinco, a medio camino entre la medalla de oro y la mediocridad de los que están en mitad de la tabla.

Ya en el instituto y porque siempre hay una excepción a la regla, quedé primero en el certamen anual de cuentos que organizaba el departamento de lengua y literatura. Mi relato era realmente pésimo y todavía tengo dudas de si hubo más participantes. El cuento trataba de un pintor aficionado a la marihuana que terminaba hablando con uno de sus cuadros. Casi nada.

Los títulos incluidos en los planes de estudio estuvieron a punto de hacerme renegar de la literatura. No pude con La Celestina, El Quijote y demás obras excelsas que tienen tanta fama y calidad como poder para desmotivar a los jóvenes lectores. Pero apareció Baroja y más tarde Tolkien, y me enamoré para siempre de los libros. De ahí pasé a devorar en tiempo record las que probablemente son las treinta mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos, y al poco, me sorprendí a mi mismo leyendo a Murakami en el autobús y a Palahniuk antes de dormir.

Concluí mi periplo universitario con dos títulos académicos que mi madre exhibe orgullosa en su casa y puede que algún teléfono que recordar. A menudo me planteo regresar a las aulas como forma de perpetuar mi agonizante juventud.

A día de hoy he publicado en tres antologías de relatos y estoy a la espera de hacerlo en dos más. Precisamente son esos dos relatos de momento inéditos, los únicos que no me avergüenza mostrar. Soy sociólogo pero no ejerzo como tal lejos del teclado. Cuando no escribo me gano la vida como trabajador social, no sé si por necesidad, vocación o para encontrar argumentos para escribir mil y una novelas.

Según he leído, algunos días triplico el máximo de horas que se recomienda pasar conectado a Internet. En teoría eso me convierte en adicto. En la práctica eso me da igual. Adoro los libros en papel y tengo mis gustos fetichistas al respecto. Prefiero las ediciones de bolsillo, nunca quito la pegatina del precio y compro mucho material de segunda mano. Pero este gusto por el soporte papel no impide que también apueste por el soporte electrónico. Creo que la Red nos brinda la posibilidad de convertir la creación y la difusión literaria en un proceso colaborativo, sinérgico e interactivo. Creo que las letras son compatibles con los bits. Por ello y hasta que un avispado editor lo quiera, escribo y publico “en directo” una novela blog.

Como apunte final diré que sueño con poder vivir mientras viajo, pero la idea de enrolarme en un circo o barco mercante me acobarda. Adoro los golden retriever, el vino y las mujeres. Mis amigos dicen que si formara parte de una generación literaria sería el existencialista del grupo. Me gustaría tener una micra del sentido del humor de Kurt Vonnegut, algo del talento de Paul Auster y por qué no, recibir el premio Nobel de la paz un año antes que el de literatura.

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Posted by Robert D. Paz / Filed under:General
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